Lía Salcedo es una joven enfermera a cargo de los cuidados de Bautista Alcázar, un magnate que termino en coma debido a un accidente. Lo que no esperaba es que esa primera noche, el padre de Bautista pusiera una droga en la habitación con la intención de que su protegida, Renata, lograra quedar embarazada, pero, quien termino pasando la noche con Bautista fue Lía.
Así que lo que parecía un trabajo simple, se vuelve algo más peligroso, viéndose envuelta en disputas familiares, con la madre de Bautista tratando de protegerlo y su padre intentado que Renata conciba un hijo de Bautista usando cualquier medio para lograrlo. Mientras que Lía también lidia con su propia familia que quiere venderla. Pero, en medio de todo esto, se descubre que Lía está embarazada y Valeria la madre de Bautista, aprovechara esto para dejar fuera a Horacio y Renata.
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Capítulo 11
Capítulo 11
Renata no volvió a gritar que Bautista se había movido.
Al contrario. Desde la mañana siguiente, actuó como si aquella mano quieta de la noche anterior hubiera sido una respuesta suficiente: con ella, nada; con Lía, todo se estaba desordenando.
Lía la encontró en el pasillo del ala médica, impecable, con un vaso de jugo en la mano y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Dormiste acá otra vez.
—Trabajo acá.
—Qué palabra cómoda.
Lía quiso pasar, pero Renata se movió apenas y le cortó el camino.
—No te confundas. Un embarazo confirmado no te vuelve esposa.
—No estoy confundida.
—Mejor. Porque cuando Bautista despierte, si despierta, va a necesitar gente que no le haya mentido.
Lía sintió el golpe. No por Renata. Por Bautista, que estaba del otro lado de la pared, sin poder negar ni aceptar nada.
—Entonces rece para que despierte rápido —dijo—. Así nos saca a todas de la duda.
Renata apretó el vaso hasta que el plástico crujió.
En el cuarto, Bautista había oído lo suficiente.
La frase de Renata se le quedó clavada. “Gente que no le haya mentido.” Todos le mentían. Su madre por necesidad, su padre por cobardía, Renata por miedo a perder lugar, Lía por supervivencia. La diferencia era que Lía mentía con vergüenza. Los demás, con costumbre.
Esa tarde, Valeria llevó a Lía al comedor principal.
No fue una invitación. Fue una declaración de guerra servida con café.
Horacio estaba en la cabecera, Don Atilio a su derecha, Renata junto a él. Ramiro llegó último, con una sonrisa de quien entra a una cancha donde cree tener hinchada.
Lía quiso sentarse lejos.
Valeria le señaló la silla a su lado.
—Acá.
El murmullo del personal bajó de golpe.
Don Atilio miró el vientre plano de Lía.
—Tanta ceremonia por algo que ni se ve.
Valeria untó una tostada con una calma peligrosa.
—La ciencia no necesita que usted vea nada.
Horacio carraspeó.
—Padre solo quiere prudencia.
—Padre quiere un heredero sin admitir que Bautista sigue vivo.
El silencio fue seco.
Ramiro se inclinó hacia Lía.
—¿Y si nace nena? Digo, para no ilusionar al clan.
Lía sintió que se le cerraba la garganta.
Valeria dejó el cuchillo sobre el plato.
—Si nace nena, va a valer más que vos desde el primer llanto. Si nace varón, también. El problema de esta familia no es el sexo del bebé, Ramiro. Es la cantidad de hombres inútiles opinando sobre cuerpos ajenos.
Daro, que pasaba con una jarra, tosió para esconder una risa.
Don Atilio golpeó el bastón.
—¡Valeria!
—¿Qué? ¿También quiere revisar el útero de Lía con el bastón?
Lía bajó la cabeza. No por sumisión. Porque si miraba a alguien, se le iba a escapar una carcajada nerviosa y después iba a llorar.
Renata no dijo nada. Eso fue peor. Observaba a Lía como quien espera que el vidrio se rompa solo.
Después del almuerzo, Julián le entregó a Lía un sobre.
—Nuevas indicaciones de seguridad.
—¿Más?
—Las de antes no alcanzan.
Dentro había horarios de traslado, sectores prohibidos y una regla escrita en mayúsculas: “NO CAMINAR SOLA”.
Lía leyó la frase y pensó en jaula.
—¿También hay horario para respirar?
Julián, que rara vez reaccionaba, levantó apenas la vista.
—Si fuera por la señora Valeria, sí.
—Qué tranquilidad.
—No es para controlarla a usted. Es para saber a quién culpar si algo falla.
La respuesta fue tan fría que casi la calmó. En la Quinta, descubrir que alguien pensaba en consecuencias concretas era una rareza.
En el cuarto de Bautista, la tiró sobre la mesa.
—Felicitaciones. Tu familia acaba de convertirme en paquete sensible.
Bautista habría querido decirle que obedeciera. Que no se hiciera la valiente. Que Ramiro no era un chiste.
Ella se sentó junto a la cama.
—No pongas ese silencio de patrón. Ya sé que tengo que cuidarme.
Él no había hecho nada, pero igual se sintió descubierto.
Lía sacó una birome y escribió al dorso de la hoja: “llamar a Bruno, no ir sola, no discutir con Ramiro, no comer nada que traiga Renata”.
Daro, al leer por encima, chasqueó la lengua.
—Te falta “no creerle a gente con sonrisa de catálogo”.
—Eso entra en Renata.
—Bien resumido.
Bautista oyó su propio nombre quedarse fuera de la lista y no supo si sentirse aliviado o excluido.
Más tarde, cuando Daro salió a buscar medicación, Valeria apareció en la puerta.
—¿Puedo?
—Es su casa.
—No te pregunté eso.
Lía asintió.
Valeria entró y se quedó mirando a Bautista. No lo tocó. La fuerza de esa mujer siempre parecía hecha de distancia.
—Cuando era chico, si se enfermaba, no avisaba. Se encerraba y seguía estudiando. Decía que perder un día era dar ventaja.
Lía miró al hombre inmóvil.
—Suena a él.
—Suena a la cárcel donde lo criamos.
La frase quedó flotando.
Lía no encontró una respuesta elegante.
—Igual salió bastante mandón.
Valeria soltó una risa mínima, casi un accidente.
—Salió Alcázar. Eso no siempre es una virtud.
—Podría corregirse.
—Si despierta, decíselo vos. A mí no me hace caso desde los trece.
Valeria se recompuso casi enseguida.
—No repitas eso.
—No escuché nada.
—Aprendés rápido.
Cuando se fue, Lía se quedó un rato sin hablar.
Después le acomodó la manta a Bautista.
—Tu mamá te espera aunque lo disimule horrible.
Bautista lo sabía.
Lo que no sabía era cómo volver.
Esa noche intentó mover el dedo.
No para Renata. No para los médicos. Ni siquiera para Valeria.
Para cerrar la mano sobre la de Lía cuando ella volviera a tocarlo.
Nada.
La frustración le cayó encima como cemento húmedo.
Lía, dormida en el sillón, se movió apenas y murmuró algo inentendible.
Bautista escuchó ese sonido mínimo en la oscuridad.
Había algo absurdo en encontrar calma ahí, en una respiración ajena, cuando afuera todos medían sangre, herencia, apellido y conveniencia. Pero el cuarto, por unos minutos, dejó de parecer una sala médica.
Pareció un refugio mal armado.
En esa casa todos exigían señales.
Ella, por una vez, solo respiraba cerca.