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Capítulo 16
Capítulo 16 — En casa de los Del Valle nadie me va a proteger
Valeria Montes esperó a que la abuela terminara de acomodar a todos antes de acercarse a Adrián Del Valle.
—Adrián —dijo, con la voz cuidadosamente medida—, ¿tú sabías que el remedio que me daban estaba adulterado?
—¿Qué disparate es ese? —Adrián Del Valle frunció el ceño, y por un instante pareció genuinamente alarmado—. Vale, jamás permitiría que nadie te hiciera daño. Fue un error de la farmacia del médico, ya lo aclararon.
Un error del médico. Claro. Era la versión que Mónica Salazar había repetido toda la mañana, con esa mansedumbre de gata que se lame las garras después de arañar.
—El médico se equivocó al preparar la receta —había dicho Mónica Salazar, apretándose el pañuelo contra el pecho como si ella fuera la ofendida—. Yo solo la traje de la farmacia. ¿Cómo iba a saber lo que había dentro? Vale, hija, no vayas a pensar mal de tu suegra.
Y nadie la contradijo. Nadie en aquella casa quiso mirar más allá de la explicación cómoda. Porque mirar más allá significaba admitir que, bajo el mismo techo, alguien había intentado matar al bebé que ella llevaba dentro.
Valeria Montes lo entendió entonces con una claridad fría, definitiva. En la familia Del Valle no había víctimas ni culpables: solo apariencias que sostener. La abuela, que la quería más que nadie, había optado por el silencio; por la paz de la casa, por el buen nombre del apellido. La verdad era un lujo que ningún Del Valle estaba dispuesto a pagar.
Esa mañana, la abuela había reunido a todos en el salón grande. A Daniela Ruiz, la esposa de Bruno Del Valle, que andaba pálida y quejosa desde hacía días, le deslizó un brazalete de oro en la muñeca «para calmar el susto». A Patricia Robles le prometió, con palabras dulces y vacías, que pensaría en apartarle una participación de las acciones cuando llegara el momento. Repartió consuelos como quien reparte caramelos a niños que lloran, para que dejaran de llorar. No para que sanaran.
Y a Valeria Montes le entregó las escrituras de la villa.
Un documento grueso, sellado, con su nombre impreso en la primera página. Una villa que valía una fortuna, puesta a su nombre. La abuela se lo dio con ternura, tomándole las dos manos entre las suyas.
—Vale, esto es tuyo. Para que tengas un lugar donde estar tranquila con el niño.
Valeria Montes lo recibió con una sonrisa agradecida, y por dentro comprendió exactamente lo que era. No un regalo. Un precio. El precio de su silencio. La casa a cambio de que no preguntara, de que no armara escándalo, de que se tragara lo ocurrido y siguiera siendo la nuera perfecta que sostenía la fachada.
Está bien, pensó, guardando las escrituras en el bolso con cuidado. Me quedo con la villa. Y también me quedaré con todo lo demás, a su debido tiempo.
Aprendería a cobrar en la misma moneda con que le pagaban.
Regresaron a la casa vieja al caer la tarde. Adrián Del Valle conducía en silencio, lanzándole miradas de reojo, como si buscara la manera de tender un puente que él mismo había demolido. Valeria Montes miraba por la ventanilla, la mejilla apoyada en la mano.
—Vale —dijo él al fin—, deberías descansar más. El médico dijo que el primer trimestre es delicado.
Ahora le importaba el trimestre. Ahora que ella cargaba lo único que él necesitaba de ella.
Al entrar en la habitación, Valeria Montes sintió de verdad la náusea trepándole por la garganta. El embarazo tenía sus miserias reales, y aquella tarde el estómago se le revolvió con violencia. Pero, en lugar de correr al baño, se giró despacio hacia Adrián Del Valle, que se había acercado a quitarle el abrigo con una solicitud nueva y torpe.
Y vomitó sobre él.
Sobre la camisa impecable, sobre las manos que se le extendían. Adrián Del Valle dio un salto hacia atrás con una exclamación ahogada, los brazos abiertos, sin saber qué hacer con el desastre que le corría por el pecho.
—¡Vale!
—Perdón —dijo ella, llevándose el dorso de la mano a los labios, los ojos húmedos de un modo que podía leerse como vergüenza o como cualquier otra cosa—. No lo pude evitar. El olor de tu colonia… últimamente me revuelve todo.
No era mentira. El olor de él le daba asco. Todo él le daba asco. Solo que ahora podía permitirse el lujo de que se le notara, y llamarlo síntoma.
Adrián Del Valle se quedó mirándola, con la camisa arruinada y una expresión que ella no supo descifrar del todo. No había en él la irritación que habría esperado hace un mes. Había, en cambio, algo parecido a la lástima. A la ternura, incluso. La miraba pálida y temblorosa, con la mano en el vientre, y por un segundo cruzó por su rostro un destello de algo casi humano.
—No importa —dijo él, quitándose la camisa—. Estás enferma. Descansa.
Enferma, pensó ella. Qué palabra tan generosa para el asco.
—Adrián —murmuró, dejándose caer en el borde de la cama con un suspiro cansado—, creo que voy a necesitar dormir sola una temporada. Las náuseas me despiertan a cada rato, doy vueltas, no quiero molestarte. Y el médico dijo que en estos meses conviene no… ya sabes. Por el bebé.
Él vaciló. Ella supo que quería protestar, que la costumbre de tenerla disponible tiraba de él como una cuerda. Pero contra el argumento del bebé no había nada que oponer. El bebé era intocable. El bebé era, ahora, la única cosa de ella que él valoraba.
—Como quieras —dijo—. Yo me instalo en el cuarto de al lado.
—Gracias. Eres muy comprensivo. —Y le sonrió, dulce, agotada, perfecta.
Cuando la puerta se cerró tras él, Valeria Montes dejó caer la sonrisa como quien deja caer una máscara pesada. Se recostó en la cama fría, ancha, ahora enteramente suya, y respiró hondo por primera vez en todo el día.
Una habitación propia. Un muro entre ella y él. Un pequeño reino recuperado, palmo a palmo.
Lo que no vio fue lo que ocurría en el ala este de la mansión, donde Patricia Robles, sola en su cuarto, contemplaba el brazalete de oro que la abuela le había dado a Daniela Ruiz y no a ella, y sentía el resentimiento pudrirse en su interior como fruta olvidada. La promesa de las acciones era humo. Siempre había sido humo. Todo en aquella casa se lo repartían los dos grupos de accionistas de la familia, y a ella le dejaban las migajas y las palabras dulces.
Y ahora, encima, esa Valeria Montes embarazada, dueña de una villa, favorita de la abuela, con un heredero en el vientre que lo cambiaría todo.
—Ese niño —susurró Patricia Robles a la penumbra, con una calma que daba más miedo que cualquier grito— no debería nacer.
En otra ala de la casa, Mónica Salazar marcaba un número en su teléfono. Esperó a que la voz al otro lado respondiera y bajó el tono hasta convertirlo en un hilo.
—Doctor Ortega. Necesito que le haga una revisión a mi nuera. Una revisión completa. —Una pausa—. Y quiero una muestra. De la sangre del bebé, si es posible. Hay que confirmar una cosa.
Colgó, y se quedó mirando la pared con los ojos entrecerrados, como si a través de ella pudiera ver el vientre de Valeria Montes y lo que crecía dentro.
Necesitaba saber de quién era ese niño.