Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capítulo 6 - Primeros pasos
La sala de juntas del Grupo Bravo de Saravia estaba en completo silencio cuando los tres hermanos tomaron sus lugares.
Cristóbal ocupaba la cabecera de la mesa, con la misma postura firme de siempre. A su derecha estaba Alejandro. A su izquierda, Nicolás, que hojeaba unos documentos con aparente calma, aunque su mente ya estaba analizando posibles escenarios.
Junto a ellos, en la mesa extendida, se encontraban algunos de los principales ejecutivos del grupo: el director financiero, el gerente de expansión y el director de relaciones con inversionistas. Todos esperaban la señal del CEO para comenzar.
—Bien —dijo Cristóbal, cerrando su carpeta—. Empecemos.
El director de relaciones con inversionistas fue el primero en proyectar los documentos en la pantalla.
—El fondo europeo ha confirmado su interés en participar en el proyecto de expansión internacional. Sin embargo, solicitan renegociar ciertos términos de control operativo y retorno de inversión.
Alejandro tomó la palabra de inmediato.
—El área legal ha finalizado la revisión preliminar de los contratos. No existen cláusulas de riesgo ocultas, pero he solicitado blindaje adicional en materia de gobernanza corporativa, especialmente para evitar injerencias externas en la toma de decisiones.
Cristóbal asintió.
—No vamos a ceder control.
—Ya lo he dejado establecido en los borradores —respondió Alejandro con firmeza—. El grupo mantiene la mayoría operativa en cualquier escenario.
El director financiero abrió su carpeta.
—En términos económicos, la inversión del fondo permitiría triplicar la capacidad de expansión en los próximos cinco años. El retorno proyectado es alto, pero dependerá de mantener estabilidad en los proyectos actuales.
Cristóbal lo observó con atención.
—¿Riesgos?
—Moderados si se mantiene el control estratégico actual —respondió el CFO.
Nicolás giró ligeramente en su silla.
—En innovación, ya tenemos listos los sistemas de integración para los nuevos complejos residenciales. Automatización de seguridad, eficiencia energética y gestión digital completa. Esto es lo que hace atractivo al grupo frente a inversionistas extranjeros.
El gerente de expansión intervino.
—Ya tenemos identificados los tres primeros mercados: Europa del Este, Medio Oriente y parte de Norteamérica. La entrada sería progresiva.
Cristóbal entrelazó los dedos.
—Quiero expansión, pero no improvisación.
—Todo está estructurado por fases —aseguró el gerente.
Alejandro abrió otra carpeta.
—El punto crítico será la negociación con el fondo. Intentarán aumentar su participación a cambio de más capital.
Cristóbal no dudó.
—No.
El silencio en la sala fue inmediato.
—No vamos a vender control del grupo —repitió con voz firme—. Inversión sí. Dominio, no.
El director financiero asintió lentamente.
—Entonces debemos reforzar la propuesta de valor.
Nicolás apoyó los codos sobre la mesa.
—Y demostrar que no necesitan dirigirnos para ganar.
Cristóbal los miró uno por uno.
—Exactamente.
La sala quedó en silencio unos segundos.
No era tensión.
Era estrategia.
Cada uno de los presentes sabía su rol dentro de aquel engranaje perfectamente estructurado.
Alejandro, la estabilidad jurídica.
Nicolás, la innovación.
El equipo ejecutivo, la ejecución.
Y Cristóbal, la decisión final.
—Si esto sale como está planeado —dijo finalmente—, el Grupo Bravo de Saravia alcanzará más mercados.
Hizo una pausa breve.
—Y crecerá más como grupo global.
Nadie respondió de inmediato.
Todos entendieron el peso de esas palabras.
Alejandro cerró su carpeta.
—Estamos listos.
Nicolás sonrió apenas.
—Siempre lo estamos.
Cristóbal se levantó.
—Entonces vamos a demostrarlo.
Y la reunión continuó, no solo como un intercambio de cifras y estrategias, sino como el inicio de un salto que cambiaría para siempre el destino del imperio Bravo de Saravia.
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En su diminuto departamento, Miranda encendió la computadora portátil con la misma frialdad con la que analizaba cualquier estrategia.
El espacio era reducido, casi incómodo, pero para ella no era más que un punto de transición. Nada en su vida era permanente, salvo sus objetivos.
Abrió su currículum.
Lo revisó una última vez sin emoción, como si no se tratara de su propia vida..
Lo adjuntó a un correo electrónico y escribió el destinatario sin dudarlo:
Grupo Bravo de Saravia.
No era casualidad.
Era parte del plan.
El mismo plan que aún no tenía forma completa, pero que ya había comenzado a moverse en su mente desde la primera vez que vio el nombre de Cristóbal en televisión.
Presionó “enviar”.
El sonido del clic llenó el silencio del cuarto.
Miranda no sonrió.
Solo cerró la computadora.
Se levantó y caminó hacia la pequeña ventana del departamento.
—Paso uno… listo —murmuró para sí misma.
No sabía aún qué puesto obtendría.
No sabía a quién tendría que enfrentarse dentro de esa empresa.
Pero sí sabía algo con absoluta certeza:
El Grupo Bravo de Saravia era la puerta.
Y ella acababa de tocarla.
......................
Minutos después, el teléfono vibró sobre la mesa.
Un nuevo correo.
Miranda lo abrió de inmediato.
Asunto: Proceso de selección – Grupo Bravo de Saravia
Su mirada recorrió el mensaje con rapidez.
Había sido contactada.
El texto era breve, directo y formal: su perfil había sido preseleccionado y la invitaban a una entrevista presencial al día siguiente.
Miranda no reaccionó de inmediato.
Se quedó unos segundos en silencio, observando la pantalla como si solo confirmara que todo estaba funcionando como debía.
Luego cerró el correo.
—Funcionará… —murmuró para sí misma.
Se levantó de la silla con calma.
No era sorpresa.
Era confirmación.
El primer movimiento había sido aceptado.
Y ahora el plan comenzaba a tomar dirección.
......................
Sin perder un segundo más, corrió al diminuto armario abrió las puertas y observó su ropa en silencio.
Un par de blazers comprados en tiendas de segunda mano.
Blusas sencillas.
Pantalones de tela que había usado durante la universidad y las prácticas.
Un único vestido negro que reservaba para ocasiones especiales.
Todo estaba limpio, bien cuidado y perfectamente planchado.
Pero nada transmitía la imagen de la mujer que quería ser.
Frunció ligeramente el ceño.
—No sirve...
Sabía que la primera impresión podía abrir puertas... o cerrarlas para siempre.
Y si iba a presentarse en el Grupo Bravo de Saravia, no podía hacerlo vistiendo prendas que, aunque impecables, evidenciaban su humilde situación.
Necesitaba proyectar elegancia.
Seguridad.
Éxito.
Aunque todavía no los tuviera.
Recordó el cheque que había recibido al salir de la empresa de los Cifuentes.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.
—Supongo que invertir en mí es el primer paso.
Tomó su bolso, guardó la tarjeta bancaria y salió del departamento.
No iba de compras por vanidad.
Iba a adquirir una nueva imagen.
Porque, si quería llegar hasta Cristóbal Bravo de Saravia, debía empezar por verse como una mujer que pertenecía a su mundo... aunque, por ahora, solo fuera una apariencia.
El documento prenupcial de separación de bienes.
Nicolás no creé en ti
Valentina tampoco creé en ti y hará lo que sea por defender a su hermano de tus garras.
Cristóbal te la llevastes a tú casa y ella no va a desaprovechar esa oportunidad.