Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 11 – ENTRE DUDAS Y CERTEZAS
El amanecer trajo consigo una brisa tibia y extrañamente silenciosa, como si la ciudad hubiera decidido pausar su caos habitual solo para regalarles un instante de paz. Camila despertó con una mezcla contradictoria de calma e inquietud. La noche anterior en la exposición había sido perfecta en su sencillez, pero el corazón no siempre necesita razones lógicas para empezar a temblar.
Al revisar su celular, esperando quizás un saludo de Leví, se encontró con algo que le heló la sangre: un mensaje de un número desconocido.
"Ten mucho cuidado, Camila. Él no es quien dice ser. No dejes que la luz te ciegue ante su verdadera oscuridad".
Su respiración se agitó en el acto. No respondió; no podía. Pero la duda se instaló en su pecho como una espina invisible, pequeña pero persistente, que pinchaba con cada latido.
Horas después, en la oficina, Camila intentó enfocarse en los informes, pero su mente era una traidora experta. Una y otra vez, el mensaje anónimo se repetía en su cabeza como un eco distorsionado.
Lo que empeoraba la situación era el vacío. Esa mañana, Leví no le había enviado ninguna señal. Ninguna nota sobre el escritorio, ninguna flor, ni siquiera un breve "¿cómo amaneciste?". Solo un silencio sepulcral que dolía mucho más que cualquier palabra hiriente. El contraste entre la intensidad de anoche y la indiferencia de hoy la estaba consumiendo.
Incapaz de aguantar más la incertidumbre al terminar su jornada, sus pies la llevaron casi por instinto al parque donde solían encontrarse. Lo vio a lo lejos, sentado en la banca de siempre, bajo el mismo roble que guardaba sus secretos de adolescentes.
Pero Leví no estaba solo. Una mujer —increíblemente elegante, segura de sí misma y totalmente desconocida para Camila— hablaba con él con una intensidad febril. Ella sonreía y soltaba risas ligeras que llegaban hasta donde Camila estaba escondida. Él, en cambio, mantenía una expresión gélida, casi defensiva.
Camila no se acercó. Se quedó petrificada, observando la escena con el pecho apretado por una presión insoportable. No eran celos lo que sentía; era un miedo puro y primario. No temía por lo que veía, sino por lo que no lograba entender. Dio media vuelta antes de que él pudiera notar su presencia, deseando con todas sus fuerzas no haber salido de casa esa tarde.
Esa misma noche, cuando la oscuridad ya lo envolvía todo, alguien tocó a su puerta. Camila supo quién era antes de abrir.
—¿Podemos hablar? —preguntó Leví en cuanto ella abrió la puerta. Su voz no tenía la seguridad arrolladora de siempre; sonaba desgastada, casi humana.
Ella no respondió enseguida. Dio un paso atrás para dejarlo pasar y se sentaron frente a frente en el sofá. El silencio entre ellos se volvió denso, pesado, casi irrespirable.
—¿Quién era ella, Leví? —preguntó Camila al fin, yendo directo a la herida.
—Mi hermana —respondió él con una firmeza que la desarmó—. La misma persona que me alejó de todo y de todos hace años por intereses familiares... pero que ahora dice que quiere enmendar lo que rompió. Aunque yo no le creo nada.
Camila lo miró fijamente, buscando una grieta, una señal de engaño. No vio mentira en sus ojos, solo un cansancio infinito. Pero la espina del mensaje seguía ahí, clavada y punzante.
—Y el mensaje que recibí esta mañana... —empezó a decir ella con voz temblorosa.
—Lo sé. Yo también recibí uno parecido —la interrumpió Leví antes de que ella terminara—. Alguien no quiere que esto funcione, Camila. Alguien de mi pasado se está encargando de envenenar el aire. Pero no pienso dejar que interfieran, no está vez.
Se levantó y se acercó a ella despacio. No intentó tocarla, respetando su espacio, pero se sentó a su lado lo suficiente para que ella sintiera su calor.
—Te dije que no me iría, y lo sostengo con mi vida... incluso cuando las sombras deciden regresar por nosotros.
Camila lo observó con los ojos cargados de preguntas que aún no se atrevía a formular. Una cosa quedó clara esa noche: algo mucho más grande y peligroso se movía a su alrededor en la oscuridad. Algo que pondría a prueba más que sus palabras bonitas.
Tal vez —solo tal vez— el amor verdadero necesitaba atravesar la tormenta más violenta para demostrarse a sí mismo que era capaz de resistir.