Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?
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El peso de la corona de oro
La quietud que se instaló en el ala principal tras la retirada de Maximiliano era tan densa como la bruma que devoraba los rosales del jardín exterior. Mía permaneció sentada en el borde de la cama king-size, pasando las páginas del libro ilustrado con una calma fingida mientras Leo, arrullado por el murmullo constante de su voz, se iba quedando profundamente dormido. El pequeño camión de bomberos resbaló de las manos del niño, quedando depositado sobre las sábanas de hilo egipcio como el último testigo de una jornada que había comenzado con el pánico de una inspección judicial y terminaba con un pacto silencioso en la penumbra residencial.
Mía cerró el volumen de mitología marina con delicadeza, arropó al pequeño y se puso de pie. Caminó hacia el gran ventanal del dormitorio, sintiendo que el platino del anillo de compromiso le enfriaba el dedo anular. Al mirar su reflejo en el cristal empañado, la imagen que le devolvía el espejo ya no era la de la psicóloga independiente que sobrevivía en los márgenes de la ciudad; era la silueta de la prometida de un titán, una mujer atrapada en una red de oro y estrategias corporativas que amenazaba con asfixiarla.
La puerta interna que conectaba su habitación con el pasillo del despacho se encontraba entornada, dejando escapar un hilo de luz dorada. Sabiendo que el descanso era una quimera para ambos, Mía cruzó el umbral con pasos silenciosos, decidida a enfrentar al hombre que sostenía los hilos del tablero.
Maximiliano estaba de pie junto a su escritorio de caoba. Se había desabrochado por completo los puños de la camisa blanca, y el vaso de whisky que sostenía en la mano derecha permanecía intacto, reflejando los destellos de la lámpara de banquero. Su rostro, usualmente una máscara inexpresiva de control absoluto, mostraba las líneas del cansancio y de una tensión que la victoria de la mañana no había logrado mitigar.
—No deberías estar despierta, Mía —declaró él, sin mirarla. Su barítono profundo sonó ronco, vibrando en el silencio del despacho como un trueno lejano—. El martes es la audiencia definitiva ante el juez de distrito. Necesitas estar entera para sostener el informe de Harrison.
—Tampoco deberías estar despierto tú, Maximiliano —replico Mía, avanzando hasta detenerse al otro lado del escritorio—. Ganamos la inspección residencial. La doctora Henderson firmará una recomendación favorable absoluta. ¿Por qué sigues mirando el horizonte como si la tormenta no hubiera terminado?
Maximiliano dejó el vaso sobre la madera pulida con un golpe seco que cortó el aire. Se giró hacia ella, y sus ojos gris acero brillaron con esa intensidad febril y posesiva que siempre le cortaba la respiración a la joven. El aroma a tabaco caro, madera antigua y su perfume magnético envolvieron el espacio, reduciendo la distancia lógica entre el jefe y la empleada.
—Porque Vanessa no va a detenerse en el informe de una asistente social, Mía —siseó el billonario, rodeando el escritorio con pasos lentos y pesados, como un depredador que acorrala a su presa—. Mi equipo de seguridad en el centro de la ciudad me ha confirmado que su bufete de abogados está presionando a los directores del albergue de la zona sur. Quieren los registros médicos de tu ingreso. Quieren demostrar que tu vulnerabilidad financiera te inhabilitaba para asumir un cargo residencial de alta gerencia en el Grupo Vance. Quieren convertir tu pasado en un arma de destrucción masiva contra nuestra fusión con los inversionistas asiáticos.
Mía levantó la barbilla, negándose a dar un solo paso atrás ante la imponente silueta del magnate que la cubría bajo su sombra. Sus ojos castaños se encendieron con esa dignidad inquebrantable que tantas veces había agrietado el hielo del CEO.
—Mi pasado en el albergue no es un delito, Maximiliano —dijo ella, y su respiración agitada rozó la tela de la camisa del hombre—. Estaba allí porque no tenía un techo, no porque mi mente estuviera dañada. Si tu exesposa quiere llevar mis registros ante el juez, que lo haga. El juez verá que una mujer sin recursos logró que tu hijo rompiera un mutismo de catorce meses, mientras que tus millones y tus especialistas de Europa solo producían informes vacíos y gráficos de barras. No le tengo miedo a sus carpetas legales.
Maximiliano la observó detalladamente, devorando cada facción de su rostro con una fascinación oscura que rayaba en la obsesión. Lentamente, extendió su mano grande y fuerte, y con una suavidad tortuosa que hizo que a Mía se le acelerara el pulso de golpe, apoyó los dedos largos en la línea de su cuello, subiendo hasta acariciar su mejilla cálida. El contacto físico envió una descarga eléctrica directa a la espina dorsal de la joven.
—A veces olvido lo peligrosa que eres, Mía Thorne —susurró el billonario, acercando su rostro milímetro a milímetro hasta que sus respiraciones se mezclaron en la penumbra del despacho—. Tienes una pureza que no se puede comprar con ninguna cifra de mi cuenta corriente, y una fiereza que me hace querer quemar este maldito contrato solo para asegurarme de que nunca salgas de esta mansión. Si ellos intentan usar tu historia para humillarte en el tribunal, soy capaz de comprar la cadena de prensa entera para enterrar sus nombres bajo el lodo de la bolsa de valores. No voy a permitir que te toquen.
—Este compromiso se construyó para salvar a Leo, Maximiliano, no para que te conviertas en mi dueño —respondió Mía en un susurro desbocado, sintiendo que sus piernas flaqueaban ante el magnetismo insoportable del hombre—. El anillo en mi mano es una armadura de oro frente al juez, pero si esa armadura se transforma en una jaula donde decides qué parte de mi vida se esconde y qué parte se exhibe, me la voy a quitar antes del martes.
Maximiliano no retiró la mano. Sus dedos se deslizaron hacia el cabello castaño de la joven, anclándola a su cuerpo en un agarre posesivo que eliminó cualquier espacio entre ellos. La tensión que había crecido desde el beso en el piso cuarenta y la catarsis en la biblioteca alcanzó un punto de no retorno. Era un juego de poder donde el rey de hielo estaba entregando su corona frente a la única mujer que no temía su invierno.
—Ya no puedes quitártelo, Mía —sentenció el magnate con el barítono ronco, y sus ojos grises se oscurecieron con una promesa salvaje—. El mundo entero ya sabe tu nombre. Los inversionistas de Londres han validado tu posición y mi hijo te ha elegido como su ancla. Estás unida a este linaje por un pacto que va más allá de las leyes de Harrison. Si la jaula es de oro, entonces nos encerraremos en ella los dos, porque no pienso dejarte ir a la intemperie jamás.
La distancia pareció desvanecerse por completo en medio de la penumbra. Maximiliano inclinó la cabeza y sus labios buscaron los de ella en un roce cargado de una pasión contenida y un control destrucido, pero el sonido vibrante de un teléfono satelital sobre el escritorio de caoba rompió el hechizo justo a tiempo. El deber corporativo y las alarmas del imperio reclamaban su atención una vez más.
Maximiliano se alejó con un movimiento rápido, recuperando su máscara de piedra en un abrir y cerrar de ojos, aunque su respiración seguía siendo irregular. Tomó el dispositivo, escuchando las palabras apresuradas de Harrison desde el otro lado de la línea.
Mía dio un paso atrás, llevando una mano a sus labios encendidos, intentando estabilizar su pulso desbocado. Miró el diamante que brillaba en su mano izquierda y comprendió, con una claridad aterradora, que la audiencia del martes no sería solo el fin del litigio por la custodia de Leo; sería el inicio de una guerra donde la niñera que había llegado de la calle tendría que aprender a reinar en un imperio de hielo que ya se había derretido por completo bajo sus pies. El precio de la corona de oro era alto, y la tormenta final apenas estaba por comenzar.