Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos
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CAPÍTULO 11 La cautiva
Ana Laura no logró dormir aquella noche.
Las imágenes de las últimas semanas se mezclaban una y otra vez dentro de su cabeza.
La nota encontrada en el orfanato.
El apellido Montenegro.
La mirada llena de lágrimas de Valentina.
La frialdad de Ramiro.
Y aquella frase que seguía clavada en su corazón.
"Tú estabas muerta para nosotros."
Se incorporó en la cama y observó la oscuridad de su habitación.
Afuera, la mansión Ventura permanecía en silencio.
Por primera vez desde que había comenzado su búsqueda, sentía que estaba cerca de la verdad.
Tan cerca que casi podía tocarla.
Y eso la aterraba.
Porque también comenzaba a comprender que alguien estaba dispuesto a impedir que la descubriera.
A varios kilómetros de allí, en la mansión Echeverría, Ramiro observaba por la ventana de su despacho.
La ciudad dormía.
Pero él no.
Emilio estaba sentado frente al escritorio, sosteniendo una copa de licor.
—Estás preocupado —dijo el joven.
Ramiro no respondió.
—Es una simple muchacha.
—No.
La voz de Ramiro sonó fría.
—Es una amenaza.
Emilio soltó una carcajada.
—¿Por qué? ¿Porque apareció una hija perdida?
Ramiro giró lentamente el rostro.
—Porque si empieza a hacer las preguntas correctas, todo se derrumbará.
La sonrisa desapareció del rostro de Emilio.
—¿Crees que sabe algo?
—Todavía no.
—Entonces acabemos con esto antes de que lo descubra.
Ramiro guardó silencio.
Aquellas palabras eran exactamente las que él estaba pensando.
—No podemos cometer errores.
—Nunca los cometo.
Ramiro lo observó.
—Ese es precisamente el problema.
Emilio sonrió.
—Déjamelo a mí.
El silencio que siguió fue suficiente.
No necesitaban decir más.
Ambos habían entendido lo mismo.
Ana Laura debía desaparecer.
Sin embargo, había alguien más escuchando movimientos que no debía escuchar.
Jared llevaba días vigilando discretamente la mansión Echeverría.
No porque confiara en Ramiro.
Sino porque jamás lo había hecho.
Cuando vio salir aquella noche a uno de los hombres de seguridad de la propiedad y reunirse con Emilio en un estacionamiento apartado, decidió seguirlos.
Y lo que escuchó cambió todo.
—La muchacha sale todas las mañanas.
—Perfecto.
—¿Qué hacemos cuando esté sola?
Emilio sonrió.
—La suben al vehículo.
—¿Y después?
—Después ya no será problema nuestro.
Jared sintió cómo la sangre se congelaba en sus venas.
No necesitó escuchar más.
Sabía exactamente lo que significaba.
Conocía hombres como Ramiro.
Sabía cómo resolvían los problemas.
Y Ana Laura acababa de convertirse en uno.
A la mañana siguiente, Ana salió temprano de la mansión Ventura.
Necesitaba despejar la mente.
Había acordado encontrarse con Jared más tarde para revisar algunos documentos relacionados con la familia Montenegro.
Pero antes quería caminar.
Pensar.
Respirar.
No se dio cuenta de que dos vehículos la seguían.
Ni de que varios hombres observaban cada uno de sus movimientos.
Caminó por una avenida poco transitada.
Luego atravesó una pequeña zona arbolada que conectaba con el centro de la ciudad.
Y fue entonces cuando sintió algo extraño.
La sensación de que alguien la observaba.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
No vio nada.
Sin embargo, el presentimiento permaneció.
Aceleró el paso.
Y el miedo comenzó a crecer.
Porque ahora sí escuchaba pasos.
Pasos que no eran los suyos.
Giró nuevamente.
Nada.
Pero el corazón comenzó a latirle con violencia.
Sacó el teléfono.
Intentó llamar a Jared.
La llamada no llegó a completarse.
Una mano cubrió su boca.
Otra la sujetó por la cintura.
Ana soltó un grito ahogado.
Intentó golpear.
Patear.
Morder.
Pero el hombre era demasiado fuerte.
—¡Suéltame!
Su voz apenas salió.
El pánico explotó dentro de ella.
No sabía quiénes eran.
Pero sabía exactamente por qué estaban allí.
Ramiro.
Emilio.
Habían ido por ella.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Un vehículo apareció a toda velocidad.
Frenó bruscamente junto al grupo.
Los hombres se giraron sorprendidos.
Y la puerta del conductor se abrió de golpe.
Jared.
Ana apenas tuvo tiempo de reconocerlo.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Un golpe.
Un grito.
Otro golpe.
Jared atacó sin dudar.
Los hombres intentaron responder.
Pero no estaban preparados para él.
En cuestión de segundos la pelea se volvió caótica.
Ana logró soltarse.
Retrocedió.
Asustada.
Confundida.
Uno de los hombres sacó un arma.
Y el corazón de Jared se detuvo.
Porque entendió algo terrible.
Aquello ya había ido demasiado lejos.
No estaban intentando asustarla.
Iban a eliminarla.
Definitivamente.
Jared golpeó al hombre antes de que pudiera apuntar.
Luego tomó a Ana del brazo.
—¡Ven conmigo!
—¿Qué?
—¡Ahora!
—¡Jared!
—¡Corre!
La arrastró prácticamente hasta el vehículo.
Ana seguía sin entender.
—¿Qué está pasando?
—No hay tiempo.
—¡Explícame!
—¡Sube!
Ella intentó resistirse.
Pero otro de los hombres comenzó a acercarse.
Y el miedo terminó por decidir por ella.
Subió.
Jared arrancó inmediatamente.
Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto.
Y el automóvil salió disparado.
Durante varios minutos ninguno habló.
Ana intentaba recuperar el aliento.
Su corazón parecía querer salir de su pecho.
—¿Quiénes eran? —preguntó finalmente.
Jared no respondió.
—¡Jared!
—Lo sé.
—¿Qué sabes?
—Que iban por ti.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Quién los envió?
Silencio.
Demasiado silencio.
—Dímelo.
—No puedo demostrarlo.
—¡Pero lo sabes!
Jared apretó el volante.
—Sí.
Ana cerró los ojos.
Ramiro.
Emilio.
No necesitaba escuchar los nombres.
Ya los conocía.
Una hora después, Ana comenzó a notar algo extraño.
El paisaje ya no era la ciudad.
Ni siquiera los suburbios.
Era una carretera aislada.
Rodeada de montañas.
—¿A dónde vamos?
Jared no respondió.
Ella se incorporó en el asiento.
—Jared.
Silencio.
—¿A dónde vamos?
—A un lugar seguro.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué lugar?
—Uno donde no puedan encontrarte.
Las alarmas comenzaron a sonar en su cabeza.
—Detén el coche.
Jared continuó conduciendo.
—Jared.
—No.
—Detén el coche.
—No puedo.
Ana lo miró.
Y por primera vez vio algo extraño en sus ojos.
Determinación.
Pero también culpa.
—¿Qué estás haciendo?
Jared tragó saliva.
—Protegiéndote.
—No te pedí que lo hicieras.
—Lo sé.
—¡Entonces déjame bajar!
—No.
La palabra cayó como una piedra.
Ana sintió cómo el miedo regresaba.
Más fuerte.
Más profundo.
—Jared...
—Escúchame.
—¡No!
—Si vuelves a la ciudad te matarán.
—Eso no te da derecho a secuestrarme.
El silencio llenó el vehículo.
Porque ambos sabían la verdad.
Eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.
Jared estaba llevándosela.
Contra su voluntad.
Y aunque lo hacía para salvarla...
seguía siendo un secuestro.
Ana lo observó.
Con rabia.
Con decepción.
Con incredulidad.
—Confié en ti.
Aquellas palabras golpearon a Jared más fuerte que cualquier puñetazo.
Pero no detuvo el vehículo.
Porque en aquel momento estaba convencido de una cosa.
Era mejor que Ana Laura lo odiara.
A verla morir.
Y mientras el automóvil desaparecía por una carretera solitaria, ninguno de los dos imaginaba que aquel viaje cambiaría para siempre el destino de ambos.
Porque Ana Laura acababa de convertirse en cautiva.
Y Jared acababa de cruzar una línea de la que ya no habría regreso.