Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 11
Me desperté antes de que la luz del sol lograra filtrarse por los pesados ventanales del ático. El silencio en la habitación era absoluto, roto únicamente por la respiración acompasada de Azkarion a mi espalda. Sentir su brazo rodeando mi cintura, pesado y posesivo incluso en sueños, me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. La noche anterior había sido un campo de batalla donde nuestras pieles hablaron un lenguaje que mi mente todavía se negaba a traducir. Me sentía ultrajada por mi propio deseo, avergonzada de la facilidad con la que mis defensas se habían desmoronado bajo el peso de su cuerpo y la urgencia de sus manos.
Me removí con cuidado, tratando de zafarme de su agarre sin despertarlo. No quería enfrentarme a sus ojos grises en la cruda claridad de la mañana; no quería ver el triunfo que seguramente brillaría en ellos tras haberme arrebatado no solo mi firma, sino también mi voluntad en la oscuridad. Pero Azkarion no era un hombre que durmiera profundamente. En cuanto me tensé, su agarre se hizo más firme y sentí su aliento cálido en la nuca.
—¿A dónde vas, Alexa? —su voz era un gruñido bajo, ronco por el sueño y cargado de una intimidad que me hizo apretar los dientes—. El día todavía no ha empezado para el resto del mundo.
—Para mí empezó en cuanto abrí los ojos y recordé dónde estoy —respondí, logrando finalmente sentarme en el borde de la cama, cubriéndome con las sábanas de seda que resbalaban con una suavidad insultante—. Lo de anoche no cambia nada, Azkarion.
Escuché cómo se incorporaba detrás de mí. No necesitaba mirarlo para saber que estaba desnudo y que no sentía ni un ápice de la vulnerabilidad que me consumía a mí.
—Lo de anoche lo cambió todo —sentenció, y sentí sus dedos rozando la cicatriz invisible que el contrato había dejado en mi alma—. Ahora sabes que me deseas tanto como yo a ti. Puedes envolverte en tu odio todo lo que quieras, pero tu cuerpo no miente.
Me puse de pie de un salto, envolviéndome en la bata que yacía en el suelo, y me giré para encararlo. Él estaba allí, recostado contra el cabecero de cuero negro, luciendo como un dios caído que disfrutaba de su propia condena. La luz mortecina de la madrugada le daba un aspecto irreal, casi etéreo, si no fuera por la dureza de su mandíbula.
—Tu arrogancia es lo único que supera a tu falta de escrúpulos —siseé—. Me usaste, destruiste a mi familia y ahora pretendes que nuestra... relación sea real. Eres un estratega, Azkarion. Solo estás asegurándote de que el activo que compraste no se rebele.
Él se levantó de la cama con una parsimonia que me puso de los nervios. Caminó hacia mí, ignorando mi retroceso, hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos.
—Si quisiera un activo dócil, habría comprado a cualquier otra —dijo, atrapándome entre su cuerpo y el ventanal—. Te quiero a ti porque eres la única que me mira como si fuera capaz de matarme. Y después de anoche, sé que preferirías morir antes que admitir que te sentiste viva entre mis brazos.
Me dejó allí, con el corazón martilleando contra las costillas, y entró en el baño sin mirar atrás. El sonido del agua golpeando el mármol fue la señal para que yo saliera de esa habitación como si fuera un edificio en llamas. Bajé a mi propio cuarto, me encerré y me restregué la piel bajo la ducha hasta que me dolió, tratando de borrar el rastro de su perfume, de sus labios, de la forma en que su nombre había escapado de mi boca en medio del delirio.
A las nueve de la mañana, la fachada de la asistente perfecta estaba de vuelta. Me puse un traje de falda lápiz en color gris ceniza, el cabello recogido en un moño tan tirante que me obligaba a mantener la cabeza alta. Bajé al comedor y lo encontré revisando su tableta mientras tomaba un café solo. No hubo mención a la noche anterior, ni a la confesión en el despacho, ni al fuego en el ático. El CEO de DArgent había vuelto al trabajo, y esperaba que yo hiciera lo mismo.
—Tenemos una reunión con los abogados de la fusión Miller en diez minutos —dijo sin levantar la vista—. Se han filtrado rumores de que tu padre está intentando recomprar algunas de sus antiguas acciones con dinero de origen desconocido.
El café que acababa de probar se me amargó en la lengua.
—¿Mi padre? Eso es imposible. Él no tiene ni un centavo que no venga de ti ahora.
Azkarion levantó la mirada, y sus ojos eran dos piezas de metal frío.
—Exacto. Lo que significa que alguien le está dando dinero por debajo de la mesa para desestabilizar mi posición. Alguien que sabe que él es tu punto débil y, por extensión, el mío.
—¿Tú tienes puntos débiles, Azkarion? —pregunté con sarcasmo—. Pensé que eras de acero inoxidable.
Él dejó la tableta sobre la mesa y se inclinó hacia delante, su mirada clavada en la mía con una intensidad que me hizo removerme en la silla.
—Lo soy, Alexa. Hasta que algo que considero de mi propiedad se ve amenazado. No me importa el dinero, pero me importa que utilicen a un Hills para intentar golpearme. Investiga a los contactos de tu padre de los últimos tres días. Si descubro que has estado ayudándolo a ocultar algo, el contrato será el menor de tus problemas.
Salí de la casa sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. El coche nos llevó a la sede corporativa en un silencio cargado de sospechas. En la oficina, el ambiente era eléctrico. Los empleados bajaban la cabeza cuando pasábamos, y los susurros sobre nuestra relación "sorpresa" seguían flotando en el aire como moscas. Me encerré en mi despacho y empecé a rastrear las llamadas de mi padre. Me sentía como una traidora, espiando al hombre al que intentaba salvar del hombre al que me había entregado.
Hacia el mediodía, encontré una anomalía. Una serie de transferencias desde una cuenta en las Islas Caimán a un fondo de inversión que mi padre solía usar antes de la ruina. El nombre del remitente estaba oculto tras una empresa pantalla llamada "Luz de Luna". Sentí un nudo en el estómago. Sabía ese nombre. Era el título de un cuadro que mi madre amaba, uno que mi padre le prometió recuperar cuando perdieron todo.
Alguien estaba jugando con los sentimientos de mi padre, y yo temía saber quién.
Azkarion entró en mi oficina sin llamar. Se apoyó en el borde de mi escritorio, su presencia inundando el pequeño espacio.
—¿Qué has encontrado?
—Nada concluyente —mentí, cerrando la pestaña del ordenador con rapidez.
Él no se movió. Su mano se deslizó por la superficie del escritorio hasta tocar mis dedos. Su tacto era cálido, una contradicción con la frialdad de su expresión.
—No me mientas, Alexa. Puedo ver la culpa en tus ojos. ¿Es tu padre? ¿O es alguien que cree que puede usarte para llegar a mí?
—Nadie me usa, Azkarion. Ni siquiera tú, aunque creas lo contrario —respondí, retirando mi mano—. Mi padre es un hombre mayor que está tratando de recuperar su dignidad. Si alguien le está ofreciendo una salida, no lo culpo por tomarla.
—Si esa salida pone en peligro lo que estamos construyendo aquí, lo culparé yo —siseó—. Y tú te asegurarás de que se detenga. No voy a permitir que una revancha sentimental arruine la fusión que me costó diez años planear.