"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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El sabor del veneno (Parte II)
El trayecto hacia el Hotel Grand Imperial fue un ejercicio de tortura psicológica. Sentada en el asiento trasero de mi lujoso sedán, observaba las luces de la ciudad pasar como ráfagas de recuerdos distorsionados. A mi lado, Julián hablaba sin parar sobre sus planes de expansión, su voz filtrándose en mis oídos como un zumbido irritante.
—...y cuando anunciemos nuestro compromiso oficial, las acciones de Rossi se dispararán, Valeria. Será el golpe maestro. Blackwood no sabrá qué lo golpeó.
Lo miré de reojo. Julián vestía un esmoquin de corte impecable, su cabello perfectamente peinado hacia atrás. Se veía como el caballero ideal, el sueño de cualquier heredera. Pero ahora, bajo la luz de las farolas, yo podía ver la tensión en la comisura de sus labios, la ambición desmedida que brillaba en sus ojos cuando hablaba de dinero. Me pregunté cómo pude ser tan ciega. ¿Cómo pude confundir esa codicia con pasión?
—¿Me estás escuchando, amor? —Julián extendió su mano para acariciar mi mejilla.
Sentí una descarga de repulsión que casi me hace saltar del coche. Antes de que sus dedos rozaran mi piel, me incliné hacia adelante, fingiendo buscar algo en mi bolso.
—Estoy escuchando, Julián. Solo estoy... concentrada. Es una noche importante —respondí, mi voz gélida, aunque él, en su arrogancia, lo tomó por nerviosismo.
—Lo es. Y por eso me molesta que no llevaras el vestido rosa. Este negro... te hace ver distante, casi inaccesible.
—Esa es la idea —susurré para mis adentros.
Al llegar al hotel, la alfombra roja estaba flanqueada por fotógrafos y curiosos. Al bajar del coche, el aire frío de la noche me golpeó, devolviéndome un poco de claridad. Julián intentó pasar su brazo alrededor de mi cintura, un gesto de posesión que en el pasado me hacía sentir protegida. Esta vez, deslicé un paso lateral, fingiendo acomodar el vuelo de mi falda, y caminé un paso por delante de él.
Al entrar al gran salón, el aroma a flores caras y perfumes de diseñador me envolvió. Era un escenario que conocía de memoria, pero hoy se sentía como una zona de guerra.
—¡Valeria! ¡Estás divina!
Mónica apareció de entre la multitud como una serpiente deslizándose entre la hierba. Llevaba su vestido rojo, ese que en mi vida pasada siempre envidié por su atrevimiento. Se acercó para darme un beso en la mejilla, y por un segundo, su perfume —el mismo que olí en el ático mientras moría— me provocó náuseas.
—Gracias, Mónica. Tú también te ves... muy tú —dije, escaneándola con una frialdad que la hizo parpadear, desconcertada.
—¿Pasa algo, prima? Estás muy seria —Mónica intercambió una mirada rápida con Julián. Sus señales silenciosas, que antes me parecían complicidad familiar, ahora eran tan obvias como un grito.
—Solo estoy observando —dije, tomando una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba—. Es fascinante ver cómo la gente finge ser lo que no es en estas fiestas, ¿no creen?
No esperé su respuesta. Me alejé hacia el centro del salón, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. Sabía que estarían confundidos, incluso preocupados. Mejor. La confusión era mi primera arma.
Caminé entre la élite de la ciudad, devolviendo saludos con una cortesía mecánica. Buscaba una presencia específica. No era difícil encontrarlo; Damian Blackwood siempre parecía ocupar más espacio del que físicamente le correspondía. Lo vi al pie de la gran escalinata de mármol, rodeado de empresarios que parecían pequeños a su lado.
Damian vestía un traje oscuro, pero a diferencia de la elegancia pulida de Julián, la de Damian era peligrosa, casi salvaje. No estaba sonriendo. Escuchaba a un interlocutor con una intensidad que intimidaba.
Me detuve a unos metros, protegida por la sombra de una columna alta. En mi vida anterior, Julián me había dicho que Damian era un depredador que quería destruir el legado de mi padre. Me había dicho que Damian me odiaba porque yo era el obstáculo para sus planes. Y yo, como una idiota, lo había evitado, le había lanzado miradas de desprecio y había saboteado sus intentos de acercamiento.
"Lo siento, Damian", pensé, sintiendo una punzada de arrepentimiento real. "Fui la mayor aliada de tus enemigos".
Él levantó la vista de repente, como si hubiera sentido mi mirada. Sus ojos grises, afilados como cuchillas de acero, recorrieron el salón hasta encontrarse con los míos. El tiempo pareció detenerse. El ruido de las risas, la orquesta tocando un vals suave y el chocar de las copas se desvanecieron. Solo quedamos él y yo, conectados por un hilo invisible de tensión.
Damian frunció el ceño. Sus ojos bajaron por mi vestido negro, deteniéndose en la piel descubierta de mis hombros, y luego volvieron a mi rostro. No había la calidez que vi en el momento de mi muerte, pero sí una curiosidad ardiente.
—¡Valeria, aquí estás! —La voz de Julián rompió el hechizo. Apareció a mi lado, tomándome del brazo con una firmeza que bordeaba la agresión—. El presidente de la cámara de comercio quiere saludarte. Vamos.
—Ahora no, Julián —dije, soltándome de su agarre con un movimiento seco—. Necesito aire.
—¿Aire? Pero si acabamos de llegar. Valeria, no me avergüences delante de...
—He dicho que necesito aire —lo corté, dándole una mirada tan cargada de odio que retrocedió un paso, sorprendido. Nunca le había hablado así. Nunca lo había desafiado—. Puedes saludar al presidente tú solo. Estoy segura de que tienes mucho que decirle sobre "nuestro" futuro.
Me di la vuelta y me dirigí hacia las puertas de cristal que daban a la terraza privada de la planta alta. Sabía que Damian me estaba siguiendo con la mirada. Sabía que Julián estaba hirviendo de rabia detrás de mí. Pero ya no tenía miedo.
Subí las escaleras con paso firme. Cada peldaño era un alejamiento de la mujer sumisa que fui. Al llegar a la terraza, el silencio me recibió, solo roto por el murmullo lejano de la ciudad. Me acerqué a la barandilla de piedra, apretando el mármol frío con mis manos.
Unos pasos pesados y rítmicos resonaron detrás de mí. No era Julián; sus pasos eran ligeros y falsos. Estos eran sólidos, decididos.
—Es una táctica interesante, Valeria Rossi —la voz de Damian Blackwood vibró en el aire, enviando un escalofrío por mi espalda—. Pero si intentas llamar mi atención con este acto de rebeldía, déjame decirte que pierdes el tiempo. Mi paciencia para los juegos de los Rossi es inexistente.
Me di la vuelta lentamente. Él estaba allí, a pocos metros, recortado contra la oscuridad del cielo. Se veía exactamente como en mis recuerdos: imponente, prohibido y extrañamente triste.
—No es un juego, Damian —dije, mi voz firme a pesar de que mi corazón latía con fuerza—. Y tienes razón. No tienes por qué confiar en mí. Me he encargado de darte razones suficientes para despreciarme durante años.
Damian arqueó una ceja, su expresión endureciéndose.
—¿Y ahora esperas que crea que has visto la luz en una noche? ¿Qué quieres, Valeria? ¿Dinero? ¿Información para Julián? ¿O simplemente te aburre tu prometido y buscas un juguete nuevo?
Me acerqué a él, ignorando la señal de peligro que gritaba mi instinto. Me detuve cuando solo unos centímetros nos separaban. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Quiero sobrevivir —susurré, y por primera vez en toda la noche, la máscara de frialdad se rompió para dejar ver una pizca del terror que aún sentía—. Y quiero que él caiga. Tan fuerte que no pueda volver a levantarse.
Damian se inclinó hacia mí, su rostro a milímetros del mío. Sus ojos buscaron la mentira en los míos, pero solo encontraron una verdad cruda y sangrienta.
—Él es tu prometido, Valeria. El hombre que, según tú, era el amor de tu vida.
—Él es el hombre que me mató —dije, y aunque sabía que él no podía entender el sentido literal de mis palabras, la intensidad de mi voz lo hizo retroceder—. Solo que todavía no lo sabe.
En ese momento, el sonido de los aplausos estalló en el salón de abajo. Era la señal. El brindis de Julián estaba por comenzar.
—Búscame en el despacho de la biblioteca en diez minutos, Damian —dije, recuperando mi compostura—. Si no vas, mañana Julián firmará el contrato que destruirá tu licitación. Si vas... te daré la llave para destruir su mundo antes de que él toque el tuyo.
Pasé por su lado, rozando su brazo deliberadamente. Damian se quedó inmóvil, rodeado por el humo de su propia sospecha.
Bajé las escaleras justo cuando Julián subía al estrado, con una copa en la mano y una sonrisa de vencedor. Mónica me buscó desde abajo, con los ojos entrecerrados por la sospecha.
—¡Amigos! ¡Familia! —gritó Julián por el micrófono—. Esta noche, quiero hacer un anuncio que cambiará mi vida para siempre...
Lo miré desde la multitud. Mi mano, escondida entre los pliegues de mi vestido negro, apretaba un pequeño dispositivo USB que había sacado de mi caja fuerte esa mañana.
"Disfruta tu momento, Julián", pensé. "Porque será el último en el que seas el dueño del juego".