Charlotte, doncella bastarda de la casa Elara. su destino está maldito por su hermana. la única manera de salvarse es casándose con el hombre más malvado del reino. Nathaniel Cyrus.
Las reencarnaciones tiene a sus favoritos y a sus mejores guerreros.
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Capitulo 6: La verdad absoluta.
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La noche cayó y Charlotte caminaba detrás de una doncella joven que no dejaba de mirar por encima del hombro.
—El duque la espera en el despacho —murmuró la muchacha—. No suele citar a nadie a estas horas.
—Gracias por avisarme —respondió Charlotte con voz tranquila—. No se preocupe, no voy a perderme.
La doncella dudó, como si quisiera decir algo más, luego bajó la mirada.
—Si… si él levanta la voz, no lo contradiga. Es mejor así.
Charlotte sostuvo su mirada.
—Veremos.
No sonrió ni intentó tranquilizarla con palabras dulce. Simplemente siguió adelante.
Cuando llegó al despacho, la puerta ya estaba abierta. Nathaniel estaba de pie junto al escritorio, con los guantes negros aún puestos y el abrigo colgado en el respaldo de la silla. No parecía cansado ni relajado.
—Cierre la puerta —dijo sin saludarla.
Charlotte obedeció y se colocó frente a él, con las manos unidas delante del vestido. No bajó la cabeza.
Él la observó unos segundos.
—No me gusta repetir órdenes —continuó—. Tampoco me gusta tener desconocidos dentro de mi casa. Usted llegó hoy y ya ocupa una habitación, habla con mi personal y se mueve por los pasillos como si siempre hubiera estado aquí. Necesito saber con quién estoy tratando.
—Lo entiendo, excelencia —contestó ella con calma—. Pregunte lo que necesite.
Nathaniel frunció levemente el ceño. Esperaba resistencia o miedo, no esa disposición directa.
—Edad.
—Dieciocho años.
—Educación.
—La básica para una dama. Sé leer, escribir, llevar cuentas simples. No destaco en música ni bordado. Es basura.
Quiso sorprenderse pero lo disimuló perfectamente.
—¿Idiomas?
—Solo el nuestro.
Él tomó nota mentalmente, sin escribir nada.
—¿Enfermedades?
—Ninguna que yo sepa.— se miró ella misma de arriba a bajo— Estoy sana. Creo...
—¿Deudas?
—No. Ni tampoco tengo dinero en un banco. Soy pobre aunque este casada con usted.
El interrogatorio siguió con la misma sequedad. Nombre completo, antiguos tutores, hábitos, personas con las que mantenía contacto. Charlotte respondió todo sin parecer más interesante. Cada respuesta era directa, como si estuviera en una entrevista de trabajo y no ante un duque.
Nathaniel apoyó las manos en el escritorio.
—Ahora lo que más me llamó la atención —dijo—. La cocina.
Ella parpadeó.
—¿La cocina?
—Mis sirvientes me informaron que pasó el medio día allí. Preparando algo que nadie pidió. Dulces.
—Arepitas dulces.
—No sé qué es eso.
—Es comida sencilla. Masa de maíz, un poco de azúcar. Se fríen. Llenan el estómago rápido. Y se que le gustó. Miré exactamente cuando la sirvienta recibió los platos y todos estaban vacíos.
—Eso no es relevante. Pude haberla botado.
—No lo creo. Puede parecer intimidante pero miente muy mal.
Él la miró fijamente.
—Que importa. Las damas de su posición no cocinan.
—Tal vez —respondió ella—. Pero yo sé cocinar. Y no me gusta quedarme sentada sin hacer nada.
—Podría interpretarse como un intento de ganarse al personal.
—No necesito ganármelos. Solo quería comer algo que me gusta. Si sobró, lo compartí.
Nathaniel entrecerró los ojos.
—¿Y espera que crea que no hay otra intención?
—No tengo otra intención.
—¿Ni agradarme?
Charlotte negó con suavidad.
—No puedo agradarle fingiendo algo que no soy. Sería cansado. Prefiero que me vea tal cual.
Hubo un silencio largo. Nathaniel no apartó la vista de ella.
—¿Sabe qué suele pasarle a la gente que me miente?
—Si, excelencia. La tortura hasta sacarle la verdad. Pero conmigo no hará falta. Yo suelto toda la verdad de una.
Nathaniel soltó el aire por la nariz. Su manera de hablar a veces no era de una joven de la aristocracia. Se cansó y dijo.
—Bien. Por ahora es suficiente. Váyase a su habitación. Mañana salgo temprano. No interfiera con mis asuntos.
—Sí, excelencia. Buenas noches.
Ella hizo una leve reverencia y se marchó sin apresurarse. No tropezó, no se volvió a mirarlo. La puerta se cerró con suavidad.
Esa noche Charlotte durmió mejor que en la casa Elara. La cama era grande, las sábanas limpias y nadie golpeó la puerta para gritarle órdenes. Se acomodó de lado y pensó que, al menos, el duque le había hablado de frente. Eso ya era más de lo que muchos hacían. Sintió una tranquilidad extraña. Si él la interrogaba, si le imponía reglas, significaba que le importaba mantenerla bajo control. Y eso era mejor que ser ignorada.
Sobre las reglas. Ella podría simplemente modificarlas sin romperla.
A la mañana siguiente, el sonido de caballos y ruedas sobre grava la despertó. Se asomó por la ventana. Nathaniel ya se marchaba con dos hombres de escolta.
Charlotte se vistió y salió al pasillo. Algunos sirvientes se detuvieron al verla.
—Buenos días —saludó ella.
Un mayordomo mayor inclinó apenas la cabeza.
—Buenos días, señora.
La palabra señora le resultó nueva. Decidió recorrer la casa. Caminó por los salones, el comedor principal, la biblioteca. Todo estaba ordenado. No había retratos familiares exhibidos con orgullo ni objetos decorativos llamativos. Parecía una casa pensada para funcionar, no para presumir.
Bajando por un pasillo lateral encontró una puerta estrecha. No estaba cerrada con llave.
—¿Qué habrá aquí? —murmuró.
La abrió. Unas escaleras llevaban hacia abajo.
El aire era más frío. Bajó con cuidado, sosteniendo la falda para no tropezar. Llegó a un sótano amplio con estanterías, cajas y muebles antiguos cubiertos con telas.
Había también un escritorio viejo con papeles.
Charlotte se acercó. Sobre la superficie descansaba un cuaderno de tapas gastadas.
Lo abrió. La letra era firme, masculina por la caligrafía gruesa.
“Registro personal. Nadie debe leer esto”.
— Oh, cuando alguien dice que “nadie debe leer esto", es porque debe ser leído.
Dudó unos segundos. Luego siguió.
Las primeras páginas hablaban de la familia Cyrus, de negocios, de deudas. Después el tono narrativo cambia.
“Mantener al niño lejos del ala principal. No debe mezclarse con los otros”.
Charlotte frunció el ceño.
“El personal insiste en que su madre llora por él. No es mi problema. Fue un error permitir que una sirvienta se acercara tanto a mí. Fuí débil de su carne”.
Pasó la página.
“El muchacho es callado. Eso es conveniente. Nadie lo defenderá”.
El texto se volvía más fuerte. Castigos, encierros, órdenes de no dejarlo comer con los demás. Comentarios fríos y sin afecto.
“Debe aprender su lugar. No es legítimo”.
Charlotte apretó los labios. No sintió pena inmediata. Sintió rabia. No por el niño, sino por la manera en que el hombre escribía, como si estuviera describiendo un mueble defectuoso o un animal.
Siguió leyendo.
“A veces lo miro y me recuerda a ella. Es molesto. Lo enviaré al ala norte. Que no lo vea nadie. No he tenido más herederos. Temo por mi linaje. Nathaniel es el único que lleva mi sangre”
Cerró el cuaderno un momento. El relato no tenía compasión, parecía un informe de castigos continuos y de aislamiento.
—Qué clase de padre escribe así… —murmuró.
Volvió a abrirlo. Quería entender todo. Porque a pesar de saber del pasado de Nathaniel por la historia. No estaba enterada de esto.
De pronto, un ruido seco de arriba. Charlotte levantó la cabeza.
La puerta del sótano se abrió. La silueta de Nathaniel se recortó contra la luz. Su expresión no tenía sorpresa, solo molestia.
Bajó un escalón. Luego otro. Hasta que llegó frente de ella.
—¿Qué hace aquí?
Su voz era baja, pero más peligrosa que un grito.
Charlotte sostuvo el cuaderno con ambas manos.
—Exploraba la casa.
—Eso no responde mi pregunta.
—Encontré esto.
—¿Lo leyó?
No se movió. Sus miradas chocaron. No había miedo en ella. Solo un poco de lástima.
—¿Va a compadecerse? —dijo Nathaniel con frialdad—. No lo necesito.
—No —respondió Charlotte—. No siento compasión.
Él parpadeó, sorprendido.
—Entonces, ¿qué siente?
—Molestia. Nadie debería tratar a un niño así. Y menos su padre.
Nathaniel apretó la mandíbula.
—No era un niño común. Además, usted debería comprender comos se siente ser una bastarda.
Charlotte se sorprende. Nadie más sabía que la familia Elara tenía un hijo ilegítimo y ese era ella.
—No lo entiendo.
Él se acercó más.
—Recuerdo la primera vez que nos conocimos en ese pasillo. Me dijo que no era la Charlotte que todo creen que es. También me dijo que después de casarnos me diría la verdad absoluta de usted. Hablé ahora...—Una mano apreta ligeramente el cuello de charlotte.—... O calle para siempre. Mi paciencia tiene un límite.
No ejerció presión. Pero su mano cubierta por el guante le daba un escalofrío. Veía al temible villano que había leído en esa historia.
—Si... Tiene razón. Le prometí que le diría la verdad. Aún así...— le sugeta la muñeca y le dice un poco sutil.— ¿Podría apretarme más fuerte? Me gusta esta sensación que me produce, duque.
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buen Charlotte muestra tus💪