Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
**Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Taller 2
Cuando finalmente llegó la hora de irse, el taller fue quedando en silencio poco a poco.
Las últimas palabras se apagaron, las lanas se guardaron, y las ancianas comenzaron a despedirse con cariño.
Emily respiró hondo antes de salir.
Sabía que él seguía afuera.
Y esta vez… no iba a evitarlo.
Abrió la puerta.
Y salió con paso firme.
El conde Harlen reaccionó de inmediato al verla.
Se acercó sin dudar.
—Emily… Por favor, dame una oportunidad. Escúchame.
Ella lo miró.
No con frialdad.
Pero sí con una distancia que antes no existía.
—Acompáñeme a la mansión Nolan —dijo con calma.
No era una invitación.
Era una decisión.
El conde asintió de inmediato.
—Por supuesto.
El camino hasta el carruaje fue en silencio.
Uno denso.
Cargado de todo lo que no se había dicho en esas semanas.
Subieron.
El carruaje comenzó a avanzar.
El sonido de las ruedas sobre el camino era lo único que rompía el silencio.
El conde la observó.
Y, con cuidado, intentó tomar sus manos.
Pero Emily reaccionó.
No con brusquedad.
Solo… se apartó lo suficiente.
El gesto fue claro.
El conde retiró la mano.
Y entonces habló.
Esta vez, sin rodeos.
—Estoy buscando a la madre de Fred.
Emily no interrumpió.
Solo lo escuchó.
—Para terminar legalmente ese matrimonio.
Su voz era firme.
—Quiero hacerlo bien… como corresponde.
Hizo una pausa.
—Para poder cortejarte sin sombras. Sin pasado. Sin nada que te falte.
La miró directamente.
—Nunca quise herirte.
El silencio se instaló entre ellos.
Emily sostuvo su mirada.
Y entonces… sonrió.
Pero no fue la misma sonrisa.
No fue esa que lo desarmaba.
Era más suave.
Más distante.
Más… contenida.
Asintió.
—Entiendo.
El conde sintió el cambio.
Lo vio.
Lo sintió.
Pero esperó.
Entonces Emily habló.
Con calma.
Sin reproche.
—Esa es su decisión.
Bajó apenas la mirada un instante, y luego volvió a levantarla.
—Terminar su matrimonio.
Sus palabras fueron claras.
Pero también…
Delimitaban algo.
Como si pusiera una línea entre lo que él hacía… y lo que ella sentía.
El silencio dentro del carruaje pesaba… pero ya no era el mismo de antes.
Ahora estaba lleno de verdades a medias, de emociones expuestas y de algo que aún no terminaba de definirse.
El conde fue el primero en romperlo.
—No quiero alejarme de ti.
No lo dijo con duda.
Lo dijo como una certeza.
Emily lo miró.
Y sonrió.
Pero esta vez… no fue tristeza.
Fue una sonrisa suave, consciente.
—Ahora… solo el tiempo dirá si lo que dice es verdad.
Sus palabras no fueron duras.
Pero tampoco fueron indulgentes.
El conde sintió el peso de eso.
Aun así, ella continuó.
—Me dolió su ausencia.
La sinceridad en su voz fue clara.
Sin adornos.
—No me merecía que se alejara así… —añadió, bajando apenas la mirada un instante—. Menos sin una explicación.
Volvió a mirarlo.
Directamente.
—Al menos eso… sí me lo debía.
El conde no apartó la mirada.
Y esta vez, no dudó.
Se acercó.
Y aunque ella había marcado distancia antes… tomó sus manos igualmente.
Con cuidado.
Pero con decisión.
—Dame la oportunidad de redimirme.
Su voz fue más baja.
Más intensa.
—Te demostraré que lo que digo es real.
Emily lo observó.
En silencio.
Evaluando.
Sintiendo.
Y luego…
—Ya veremos.
No fue un rechazo.
Pero tampoco una aceptación.
Fue… un punto intermedio.
Uno que él tendría que ganarse.
El carruaje comenzó a disminuir la velocidad.
La mansión Nolan ya estaba cerca.
Emily miró hacia la ventana un instante, y luego volvió a él.
—No sería bueno que mi tío lo viera ahora.
El mensaje era claro.
Aún no.
Aún no era el momento.
El conde asintió sin discutir.
—Entiendo.
Hubo un breve silencio.
Y entonces, antes de que el carruaje se detuviera por completo, él preguntó:
—¿Puedo verte de nuevo?
Emily lo miró.
Y esta vez…
Su sonrisa cambió.
Ya no era contenida.
Ni distante.
Era más viva.
Más juguetona.
Más… ella.
—Puede ser —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Quizás.
El conde sintió cómo algo en su pecho se aflojaba.
No era perdón.
No aún.
Pero tampoco era un final.
El carruaje se detuvo.
Él descendió primero.
Se apartó.
Y desde afuera, la miró una última vez.
Emily no dijo nada más.
Pero su expresión… ya no era la de alguien que cerraba una puerta.
Sino la de alguien que la dejaba entreabierta.
El conde se quedó unos segundos allí.
Observando.
Procesando.
Sabía que no estaba perdonado.
Sabía que había herido algo importante.
Pero también entendía algo más.
Aún tenía una oportunidad.
Y esta vez… no pensaba desperdiciarla.
Los días que siguieron trajeron un cambio… pero no como antes.
Era distinto.
Más medido.
Más consciente.
Más lento.
El conde Harlen comenzó a aparecer nuevamente en el taller.
Pero ya no como ese hombre que entraba con confianza, que se acercaba a Emily sin pensar, que ocupaba un lugar casi natural a su lado.
Ahora… llegaba con cuidado.
Con respeto.
A veces con flores.
A veces con pequeños regalos.. telas finas, hilos de mejor calidad, dulces para las ancianas.
Siempre con algo.
Siempre con la intención clara.
Cuando Emily lo veía llegar, no lo evitaba.
Tampoco corría hacia él.
Simplemente… lo recibía.
—Conde —decía con una leve inclinación de cabeza.
Él respondía igual.
Y entonces venía la sonrisa.
Esa sonrisa suya…
Que poco a poco comenzaba a parecerse más a la de antes.
No completamente.
Pero cada vez más cercana.
Emily aceptaba los regalos.
Le decía algunas palabras.
Conversaban brevemente.
A veces sobre el taller.
A veces sobre cosas simples.
Pero nada más.
No había contacto.
Ni manos tomadas.
Ni abrazos.
Ni besos.
Esa cercanía… seguía ausente.
Y el conde lo notaba.
Claro que lo notaba.
Pero no se quejaba.
No presionaba.
No cruzaba ese límite.
Esta vez no.
Porque entendía que ese espacio… era parte de lo que tenía que recuperar.
Y estaba dispuesto a hacerlo.
Las ancianas, por su parte, observaban.
Ya no lo miraban con la misma frialdad de los primeros días.
Pero tampoco con la calidez inicial.
Estaban… expectantes.
Evaluando.
Como si silenciosamente decidieran si él merecía volver a ese lugar.
Y el conde lo sabía.
Por eso no exageraba.
No imponía su presencia.
Solo… estaba.
Constante.
Presente.
Paciente.
Y Emily…
Emily cambiaba, poco a poco.
Sus risas volvían.
No de golpe.
No completas.
Pero sí reales.
Había momentos en los que olvidaba la distancia.
En los que respondía con más naturalidad.
En los que su mirada brillaba un poco más.
Y el conde vivía de esos momentos.
De esas pequeñas señales.
Porque sabía que no había recuperado lo que tenían.
Pero también sabía algo más importante.
No lo había perdido del todo.
Y eso…
Era suficiente para seguir intentando.
hermosa novela
ame a Fred