En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 07
Kellan comparte su historia con Emara.
El refugio que encontraron tras la escaramuza era una gruta natural, oculta tras una cortina de agua helada que caía desde un risco de granito. El sonido constante del agua chocando contra las rocas servía como un escudo acústico contra los oídos sensibles de los lobos que, sin duda, todavía peinaban las cercanías. El aire dentro de la cueva era húmedo y olía a musgo antiguo y a la energía eléctrica que aún emanaba de Kellan.
Emara se sentó sobre una piedra plana, observando cómo Kellan se quitaba la túnica destrozada para tratar su herida con más libertad. La luz que entraba a través de la catarata se filtraba en tonos azulados y plateados, iluminando las cicatrices que cubrían la espalda del demonio. No eran cicatrices de batalla normales; eran marcas rúnicas, quemaduras profundas que formaban un mapa de agonía.
—Esas marcas... —susurró Emara, sintiendo una punzada de dolor empático—. No te las hicieron tus enemigos.
Kellan soltó una risa seca, desprovista de humor, mientras se aplicaba una pasta de hierbas machacadas que Emara le había proporcionado.
—Me las hizo mi padre, el Rey de las Sombras. En el Abismo, el afecto se demuestra a través del dolor. Cada runa es un recordatorio de una lección que no quise aprender. "La compasión es un veneno", "La debilidad se purga con fuego", "Tu sangre no te pertenece".
Emara se acercó a él. A pesar de la advertencia interna de su lobo, que aún desconfiaba de la oscuridad del príncipe, sus manos se movieron por instinto para ayudarlo. Kellan se tensó cuando sintió los dedos de la joven sobre su piel, pero no se apartó.
—Dijiste que tu madre era de aquí, de Eloria —dijo ella suavemente, tratando de limpiar la sangre oscura de una de las runas—. Cuéntame, Kellan. Necesito entender por qué el destino nos ha arrojado a este precipicio.
Kellan cerró los ojos y, por un momento, la máscara de frialdad se desmoronó. La vulnerabilidad que emergió fue tan real que Emara sintió que el aire se volvía más denso.
—Mi madre se llamaba Arilsa —comenzó él, y el nombre sonó como una oración sagrada en sus labios—. Pertenecía al Clan de la Niebla, una estirpe de videntes que vivía en las montañas del norte mucho antes de que los Alarcón o los Alfaro dominaran estas tierras. Mi padre no buscaba amor; buscaba el linaje de los "Ojos de Plata", la capacidad de ver a través de los velos entre los mundos. La secuestró durante una de las Grandes Convergencias.
Emara sintió un escalofrío. Las leyendas hablaban de los Ojos de Plata como seres que podían hablar con la propia luna.
—¿Ella sobrevivió en el Abismo?
—Sobrevivió lo suficiente para criarme en secreto —respondió Kellan, abriendo los ojos, que ahora reflejaban una profunda melancolía—. Ella me enseñó tu lengua. Me hablaba de los bosques verdes, del olor de la lluvia sobre la tierra fértil y de la libertad de correr bajo la luna sin ser cazado. Me decía que yo no era una sombra, sino un puente. "Hijo mío", me decía, "tienes el fuego del infierno en tus manos, pero el alma de Eloria en tu corazón".
Una lágrima solitaria recorrió la mejilla de Emara. Pensó en su propia madre, muerta en un ataque que siempre le habían dicho que fue "obra de demonios". ¿Y si la historia fuera más compleja? ¿Y si el odio que alimentaba a su clan fuera solo una parte de la verdad?
—¿Qué le pasó? —preguntó Emara.
—Mi padre descubrió que ella me estaba "corrompiendo" con historias de luz —la voz de Kellan se volvió gélida—. La ejecutó frente a mis ojos cuando cumplí cien años, una edad temprana para los de mi especie. Pero antes de morir, ella me entregó esto.
Kellan buscó en un pequeño saquito de cuero que llevaba al cuello y sacó un cristal pequeño, facetado, que brillaba con una luz interna opalescente. Al verlo, la marca del pacto en el pecho de Emara palpitó con fuerza.
—Es el Corazón del Abismo —continuó él—. No es una joya; es un fragmento de la voluntad de mi madre, infundido con la esencia del reino de las sombras. Es lo único que puede estabilizar las grietas. Mi padre lo quiere para desgarrar el velo por completo y marchar con sus legiones sobre Eloria. Yo lo robé y escapé. Por eso me cazan. No solo soy un traidor de sangre, sino un ladrón que ha robado la llave de su trono.
Emara se quedó en silencio, procesando la magnitud de lo que compartía. Kellan no solo estaba luchando por su vida, sino que llevaba sobre sus hombros la carga de proteger el mundo que lo rechazaba.
—Lo siento tanto, Kellan —dijo ella, y esta vez su mano no buscó sus heridas, sino su rostro. Acarició su mejilla, sintiendo la aspereza de su piel y la calidez antinatural que emanaba de él—. Te hemos juzgado sin conocerte. Yo misma te vi como una amenaza.
Kellan la miró fijamente, y la conexión entre ellos, ese hilo invisible que los unía, se tensó hasta el punto de la vibración. No era solo la magia del pacto; era un reconocimiento de almas heridas.
—No te culpes, loba. En un mundo de blanco y negro, lo gris es lo más aterrador. Tú también eres diferente. Siento tu lucha interna, Emara. Sientes que tu clan es una jaula, que las leyes de Tibor son cadenas. Lo sentí en tu beso. Hay una parte de ti que desea quemar el mundo tanto como yo.
—No quiero quemarlo —susurró ella, acercándose más, atraída por la gravedad emocional que él generaba—. Quiero entenderlo. Quiero que haya un lugar para nosotros donde no tengamos que ser armas.
—Ese lugar no existe, a menos que lo creemos —respondió Kellan.
Sus rostros estaban a escasos centímetros. El sonido de la catarata se desvaneció, dejando solo el ritmo sincronizado de sus corazones. Emara ya no veía al demonio; veía al hijo de Arilsa, al paria que guardaba la luz en la oscuridad más profunda. Y Kellan no veía a la cazadora; veía al Ancla que le daba sentido a su huida.
Se besaron de nuevo, pero esta vez no hubo violencia ni desesperación. Fue un beso lento, cargado de una ternura que desafiaba sus naturalezas. En ese intercambio, Emara sintió que sus recuerdos se entrelazaban con los de él: vio las torres de obsidiana del Abismo, sintió el viento frío de las montañas de Arilsa y comprendió que sus destinos estaban sellados por algo mucho más antiguo que una simple profecía.
La conexión se fortaleció, convirtiéndose en un vínculo inquebrantable. Ya no eran dos individuos colaborando por necesidad; eran una sola fuerza, una alianza de luz y sombra que estaba a punto de cambiar la historia de Eloria para siempre.
La conexión entre ellos se fortalece.