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Exigida

Exigida

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Posesivo / Mafia / Dominación / Completas
Popularitas:781
Nilai: 5
nombre de autor: Mary Mendes

Nikolai Ivánov es un hombre forjado en el dolor, de ojos duros y manos de hierro. No tolera mentiras y aprendió desde joven que el amor es la mayor debilidad del ser humano.

Envuelto en un frío implacable y pasos calculados, vio en una alianza de sangre solo poder… y cree que nada puede romper su control sobre el mundo.

Helena Lombardi, adelantada a su tiempo, cree en el amor con la misma intensidad con la que vive su libertad. Cada gesto suyo rebosa coraje y determinación, desafiando todo lo que Nikolai considera inquebrantable.

Cuando dos mundos tan opuestos chocan, las certezas se transforman en dudas, y los deseos que antes parecían imposibles irrumpen como una tormenta. Entre dolor y entrega, pasión y desafío, alguien tendrá que ceder…

Pero nadie saldrá ileso.

NovelToon tiene autorización de Mary Mendes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Nikolai

Helena me ha estado evitando de todas las formas posibles. Pequeños gestos, miradas que desvían, silencios demasiado largos para ser solo cansancio. Sé el motivo. Lo sé desde el primer momento. La lastimé. No físicamente —no esta vez—, pero de una manera que deja marcas más difíciles de ver. De eso no tengo dudas.

Por más que intente mantenerme alejado, dar espacio, fingir que sé hacer eso… no consigo estar lejos de ella. Es más fuerte que mi voluntad. Siempre lo ha sido.

Ella se durmió hace algún tiempo. Está acostada de lado, el rostro sereno ahora, la respiración tranquila. La habitación está silenciosa, iluminada solo lo suficiente para que vea cada detalle sin despertarla. Sigo aquí, velando su sueño como si eso pudiera reparar algo.

Tal vez sea culpa.

Tal vez sea miedo.

Tal vez sea amor, aunque aún no sepa llamarlo así.

Las palabras de Natalia aún resuenan en mí. Demasiado claras.

"Helena no es tan fuerte como aparenta.

Helena está hecha de amor."

Paso la mano por el rostro, cansado. Todo en mí fue moldeado para resistir, para controlar, para vencer. Pero amar a alguien como Helena exige otra cosa. Algo que nunca necesité aprender… hasta ahora.

La miro una vez más y siento el peso de la elección que he estado evitando encarar.

Estar cerca de ella no es el problema.

El problema es aprender a no lastimar a quien más quiero proteger.

Y, mientras la noche avanza y el mundo allá afuera continúa girando, hago una promesa silenciosa —no para ella, sino para mí:

si me quedo…

Será diferente.

Apago el notebook. La habitación se vuelve aún más silenciosa. Voy hasta el baño, tomo una ducha rápida, dejo que el agua caliente se lleve un poco del peso del día. Cuando vuelvo, Helena aún duerme.

Me acuesto al lado de ella con cuidado. Acerco su cuerpo al mío, despacio, como si el gesto necesitara pedir permiso al propio silencio. Ella se acomoda instintivamente, encajando en mí. No quiero pensar. Me cansé. Solo quiero sentir que ella está allí, viva, calentita, segura.

Poco a poco, el cansancio vence. Me duermo.

Horas después, soy despertado por una voz baja, frágil.

—Nikolai…

Abro los ojos en el acto. Ella está despierta, intentando levantarse con demasiado cuidado, el rostro contraído por el dolor y el esfuerzo. Las muletas están lejos, fuera del alcance.

—Ey… calma —digo, aún ronco de sueño.

Me levanto rápido, llego hasta ella antes de que fuerce el tobillo. Coloco una mano firme en la espalda, otra en el brazo.

—No lo intentes sola.

Ella respira hondo, frustrada. Acerco las muletas y las coloco al alcance, pero no suelto el apoyo.

—Estoy aquí —digo, bajo—. Llama. Siempre.

Ella asiente, un poco avergonzada, un poco aliviada. La ayudo a afirmarse, despacio, respetando su ritmo.

Y en aquel momento simple —sin discursos, sin promesas— queda claro para mí:

quedarse es fácil.

Difícil es aprender a quedarse de la manera correcta.

Aun así, no me alejo.

Me quedo parado en la puerta del baño, sin entrar, sin alejarme. Dejo que ella tenga el espacio que necesita, pero sigo allí. Presente. Algunos minutos después, la puerta se abre.

Doy un paso hacia el lado, abriendo paso. No digo nada. Ella pasa despacio, apoyada en las muletas, el rostro cansado. Vuelve a la cama con cuidado y se acuesta.

Estiro la cobija y la cubro con atención, ajustándola para no presionar el tobillo. En seguida, me acuesto a su lado, manteniendo una distancia mínima, suficiente para no invadir… insuficiente para irme.

Ella gira el cuerpo, intentando darme la espalda.

Antes de que complete el movimiento, coloco la mano con firmeza suave en su brazo y la giro de vuelta hacia mí. No con fuerza. Con decisión.

Nuestros rostros quedan próximos. Miro en los ojos de ella sin desviar, sin prisa. Quiero que ella vea exactamente dónde estoy.

La respiración de ella cambia. Ella parpadea algunas veces, nerviosa.

—¿Qué pasa? —pregunta, bajo.

Respondo con un beso.

Lento. Cuidadoso. Como si estuviera probando el suelo antes de pisar. Acompaño el ritmo, sin prisa, sin urgencia, dejando que sea ella quien conduzca este primer movimiento.

Siento el cuerpo de ella acercarse, pegarse al mío poco a poco, como si el gesto fuera inevitable. La mano de ella encuentra mi pecho, firme lo suficiente para mantenerme allí, próxima lo bastante para que yo entienda que no es retroceso.

El beso no es hambre.

Es reconocimiento.

Giro mi cuerpo despacio, quedando por encima del de ella, apoyando el peso en los brazos para no lastimarla. No hay prisa. No hay urgencia. Solo proximidad.

Ella no retrocede.

Los ojos de ella permanecen en los míos, atentos, abiertos, como si estuviera leyendo algo que ni yo sé explicar. Puedo sentir la respiración de ella acelerar levemente, mezclada a la mía.

Paro allí.

Le doy a ella espacio suficiente para elegir. Siempre.

Mi frente se apoya levemente en la de ella, mi pulgar dibuja un camino lento por la lateral del rostro de ella, un gesto casi reverente.

—Helena… —susurro, más como un aviso que como un llamado.

—Haz el amor conmigo...

Ella pide en un hilo de voz.

Desciendo el rostro hasta el cuello de ella, beso con calma, como si estuviera aprendiendo un territorio sagrado. Mis manos siguen lentas, mi cuerpo reconoce el de ella. Es la primera vez en mi vida que hago el amor, con calma, despacio. Mirando en los ojos de ella. El mundo desacelera, el olor, el sabor de ella está impregnado en mí.

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