✅️Tras ser traicionado y reducido a una sombra, el brillo de Ian se apagó. Pero Ronen, un alfa de fuerza serena, llega para ser su escudo. Entre acordes rotos y traumas del pasado, su amor incondicional será la melodía que cure al omega, devolviéndole su voz y su lugar bajo el sol.
Esto puro amor😍✅️
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Ser reclamado por un sol de primavera
El timbre seguía resonando, pero en el salón, el aire se había vuelto tan denso que parecía haber cobrado peso. Ian sentía el pulso atronando en sus oídos, rítmico y acelerado, como el bajo de una canción que aún no terminaba de escribir. Ronen se alejó hacia la puerta, pero el rastro de su aroma a eucalipto quedó pegado a la piel de Ian, marcándolo de una forma invisible pero poderosa.
Era Milo. El manager entró con el rostro pálido y un maletín apretado contra el pecho.
-Ian, tenemos problemas.- Soltó Milo sin preámbulos, ignorando la tensión eléctrica que flotaba en el ambiente -Samuel está moviendo sus hilos. Ha hablado con los tres estudios más grandes de la ciudad. Les ha dicho que si te graban a ti, él les quitará los derechos de su nueva banda de alfas. Nadie quiere arriesgarse a perder ese dinero.-
Ian sintió cómo el frío regresaba a sus huesos. La miel de su aroma, que hace un momento era vibrante, se volvió opaca. Pero antes de que pudiera hundirse, sintió una mano grande y cálida apoyándose en la base de su columna. Ronen se había colocado detrás de él de nuevo, y el calor de su palma atravesaba la tela de la sudadera, enviando oleadas de seguridad directamente a la médula de Ian.
-No necesitamos sus estudios.- Dijo el alfa, y su voz tenía una vibración profunda que Ian sintió vibrar en su propia espalda - Mi madre alfa tiene un viejo amigo, un omega que dirige un sello independiente en las afueras. Es un lugar donde el aroma a cedro podrido de Samuel no llegará jamás.
-¿Estás seguro?- Preguntó Ian, girándose un poco. Al hacerlo, su cadera rozó accidentalmente el muslo firme del alfa. El contacto fue breve, pero Ian sintió una descarga eléctrica que le erizó los vellos de los brazos.
-Estoy seguro, pequeño. Pero para grabar ahí, tienes que estar listo para desnudarte... emocionalmente.-
Milo se fue una hora después, dejando a cargo a Ronen. La mansión quedó de nuevo en un silencio cargado. El alfa no se alejó de Ian. Lo guio de vuelta al área del piano, pero esta vez, se sentó en el banco de madera, obligando a Ian a quedar de pie entre sus piernas abiertas.
La posición era peligrosamente íntima.
-Ronen...- susurró Ian, con el aliento entrecortado.
- No te muevas.- Ordenó el alfa con suavidad.
Ronen tomó las manos de Ian. Sus dedos gruesos comenzaron a masajear las muñecas del omega, buscando los puntos de presión donde el aroma a lavanda era más intenso. Los pulgares de Ronen trazaban círculos lentos, firmes, sobre la piel translúcida de Ian, donde se veían sus venas azules. Ian sintió que sus rodillas flaqueaban, el masaje no era solo físico, era una caricia a sus feromonas.
-Estás demasiado tenso.- Murmuró, tirando suavemente de sus manos para que Ian se acercara más.
Ian terminó apoyando sus muslos contra las rodillas de Ronen. Podía sentir la dureza de los músculos del alfa y el calor que emanaba de su regazo. Ronen soltó sus manos y, con una lentitud tortuosa, subió sus brazos hasta rodear la cintura de Ian. Sus dedos se hundieron ligeramente en la carne suave de los costados del omega, atrayéndolo hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre ellos.
Ian soltó un jadeo. El aroma a eucalipto y sol era ahora una tormenta que lo envolvía. Inconscientemente, Ian echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, el lugar donde su glándula latía con fuerza, liberando una miel espesa y dulce que pedía ser reclamada.
Ronen inclinó la cabeza. Sus labios no tocaron el cuello de Ian, pero su respiración caliente golpeó directamente sobre la piel sensible.
-Hueles tan bien, Ian...- La voz de Ronen era ahora un gruñido bajo, puramente animal -Hueles a una primavera que finalmente ha despertado.-
El alfa rozó su nariz contra el cuello de Ian, inhalando profundamente. Ian sintió un escalofrío violento recorrerle todo el cuerpo. Las manos de Ronen bajaron desde su cintura hasta sus glúteos, apretando con una firmeza que hizo que Ian soltara un gemido ahogado. Era una posesión silenciosa, una forma de decirle que, en ese espacio, bajo ese techo, él era el único que tenía derecho a tocarlo.
El contacto de la mejilla de Ronen, ligeramente áspera por la barba de un día, contra la suavidad de su cuello, era un contraste que volvía loco a Ian. Sus propios dedos se enterraron en el cabello oscuro del alfa, buscando más contacto, más calor. El eclipse que antes lo mantenía frío se había transformado en un incendio forestal.
-Ronen... por favor.- Suplicó Ian, aunque no sabía exactamente qué estaba pidiendo.
Ronen se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para mirar a Ian a los ojos. Las pupilas del alfa estaban dilatadas, casi cubriendo el iris marrón por completo. Su aroma era tan potente que Ian se sentía ebrio, incapaz de pensar en nada que no fuera el hombre que lo sostenía.
-Mañana grabaremos esa canción.- Dijo el alfa, con la voz rota por el deseo contenido -Y vas a cantar sobre esto. Sobre cómo se siente volver a la vida. Sobre cómo tu aroma se mezcla con el mío.-
Ronen bajó una de sus manos y buscó la mano de Ian, entrelazando sus dedos con fuerza. Luego, con una delicadeza inesperada, besó el dorso de la mano del omega, justo sobre los nudillos.
-Ve a descansar, pequeño. Si me quedo un minuto más así, no voy a poder dejarte ir a tu habitación solo.-
Ian asintió, con los labios temblando y el corazón latiendo de forma frenética. Se alejó tropezando un poco, sintiendo el vacío del aire frío donde antes estaba el cuerpo del alfa. Mientras subía las escaleras, todavía podía sentir la presión de los dedos del hombre en su cintura y el hormigueo en su cuello.
Esa noche, Ian no tuvo pesadillas con tierra mojada. Soñó con un sol que lo quemaba de la forma más hermosa posible. Y en su mesita de noche, una pequeña libreta ya tenía las primeras líneas de una canción que no hablaba de dolor, sino de la urgencia de ser reclamado por un sol de primavera.