Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo :11
El mercado de Resfriado era un estallido de colores, aromas y sonidos. Puestos de frutas exóticas, verduras frescas, artesanías locales y el bullicio de la gente regateando y conversando. Francis, con Alejandra de la mano, se sumergió en la experiencia con entusiasmo.
Alejandra le mostró los puestos donde su madre solía comprar, le explicó el nombre de las frutas que él no conocía, y le presentó a algunos de sus viejos amigos de la infancia. Francis saludaba a todos con una sonrisa genuina, estrechando manos, haciendo chistes.
A medida que avanzaban, Alejandra notaba las miradas curiosas de la gente del pueblo, pero también una aceptación creciente. Francis no actuaba como un forastero, sino como alguien que disfrutaba de la autenticidad del lugar.
Compraron plátanos, yuca, un pescado fresco que Doña Elena quería preparar para el almuerzo, y una pequeña artesanía de madera para Francis. Él, por su parte, compró unos dulces típicos y se los ofreció a Alejandra.
—Para que endulces aún más esta vida tan dulce que me das —le dijo, dándole un beso rápido en la mejilla, sin importarle las miradas.
Después del mercado, se encontraron con Carolina, que los esperaba para ir a la playa. El camino hacia la playa era un sendero rodeado de palmeras y vegetación exuberante. El aire salado comenzó a hacerse presente, y el sonido de las olas, un murmullo constante.
La playa de Resfriado era un paraíso virgen. Arena blanca y suave, palmeras que se mecían al ritmo de la brisa, y un mar de un azul turquesa increíblemente claro y cálido. No había grandes hoteles ni multitudes de turistas, solo algunas familias locales disfrutando del día.
Alejandra y Francis se quitaron los zapatos, sintiendo la arena tibia bajo sus pies. Carolina corrió directamente hacia el agua, invitándolos a unirse.
—¡El agua está perfecta! —gritó.
Francis, para sorpresa de Alejandra, no dudó. Se quitó la camisa y los pantalones, revelando un cuerpo tonificado y bronceado, y corrió hacia el mar con una risa despreocupada. Alejandra lo siguió, riendo, feliz de verlo tan relajado, tan libre.
Jugaron en las olas como niños, salpicándose, riendo a carcajadas. Francis la levantó en el aire, haciéndola girar, y luego la dejó caer suavemente en el agua, besándola bajo la superficie salada.
—¿Te estás divirtiendo, mi amor? —preguntó él, su aliento en su oído.
—Más de lo que imaginas —respondió ella, sintiendo que todas sus preocupaciones se disolvían en el azul infinito del mar.
Pasaron horas nadando, tomando el sol y conversando con Carolina. Francis demostró ser un nadador excelente, y Alejandra lo observaba con admiración, sintiéndose cada vez más enamorada.
Cuando el sol comenzó a descender, pintando el cielo de tonos naranjas y morados, regresaron a casa de Doña Elena. La piel de ambos estaba ligeramente bronceada, y sus corazones, llenos de la alegría del día.
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La cena de esa noche fue un festín aún más grande. Se unieron Tío Ramón y Tía Marta, y otros familiares cercanos. La mesa estaba rebosante de comida casera: pescado frito, arroz con coco, ensalada de aguacate, plátanos maduros y un guiso de mariscos.
Francis se sentó en el centro de la mesa, rodeado por la familia de Alejandra. Participó activamente en las conversaciones, escuchando con atención las historias de caza y pesca de Tío Ramón, riendo con las ocurrencias de Carolina y los chistes de Tía Marta. Alejandra lo observaba, su pecho henchido de orgullo. Era un Francis diferente al de la capital, más accesible, más humano.
Después de la cena, Doña Elena sacó un juego de dominó. La noche se llenó de risas y la competencia amistosa. Francis, con una picardía innata, aprendió rápidamente las reglas y jugó con entusiasmo, a veces ganando, a veces perdiendo con una sonrisa.
Cuando la noche terminó y los familiares se despidieron, Alejandra y Francis se quedaron a solas con Doña Elena. La anciana los miró, una sonrisa suave en sus labios.
—Me alegra verte tan feliz, mi niña —dijo a Alejandra—. Y a ti, joven Francis, debo decir que me has sorprendido. Creí que un hombre de ciudad no se adaptaría a la vida de pueblo.
—Doña Elena —respondió Francis, tomándole la mano con respeto—, la felicidad de Alejandra es mi felicidad. Y la verdad es que la vida aquí es maravillosa. Gracias por su hospitalidad.
Alejandra se despidió de su madre con un beso y subió a su habitación. Esta vez, la ventana estaba abierta.
Francis no tardó en unírsele. Entró por la ventana con la misma agilidad de la noche anterior, pero esta vez con una sonrisa aún más confiada.
—¿Lista para otro capítulo de nuestra aventura? —susurró, abrazándola desde atrás mientras ella miraba la luna.
—Siempre contigo —respondió Alejandra, girándose en sus brazos.
Esa noche, el amor fue aún más profundo. Después de un día lleno de risas, de familia, de naturaleza, sus cuerpos se buscaron con una urgencia renovada, una conexión que iba más allá de lo físico.
Se desnudaron con lentitud, sus ojos fijos en los del otro, cada prenda que caía al suelo era un nuevo nivel de intimidad que alcanzaban. Francis la recostó suavemente en la cama, y esta vez, sus caricias fueron aún más lentas, más exploratorias, como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel, cada respuesta de su cuerpo.
—Te adoro, Alejandra —susurró Francis, sus labios en su vientre, mientras sus dedos jugaban con la suave curva de su cadera—. Eres la mujer más maravillosa que he conocido.
Ella gimió, su cuerpo temblaba bajo su toque. Las palabras de amor, las promesas susurradas, se mezclaban con los sonidos de sus cuerpos encontrándose. Se entregaron al placer sin reservas, sin prisas, en un acto que era a la vez una celebración de su amor y una afirmación de su conexión.
—Hazme tuya, Francis —suplicó Alejandra, sus manos en su cabello, sus uñas en su espalda, mientras él la llevaba al borde del abismo del placer.
Y él lo hizo, con una pasión desenfrenada, con una ternura infinita. Sus cuerpos se unieron en un ritmo ancestral, sus almas entrelazadas, sus gemidos de placer llenando la habitación. Se miraban a los ojos, perdidos el uno en el otro, en ese universo privado que habían creado.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una ola que los arrastró, dejándolos exhaustos y sin aliento, pero con el corazón desbordante de amor. Se abrazaron fuerte, sus cuerpos aún temblorosos, sus respiraciones aún agitadas.
—No quiero que este viaje termine nunca —susurró Alejandra, acurrucada en su pecho.
—No terminará, mi amor —respondió Francis, besando su cabello—. Esto es solo el comienzo.
Se quedaron dormidos, el canto de los grillos como una serenata, la luna como un foco, y el amor como la manta que los cubría. Para Alejandra, la presencia de Francis en su pueblo, su interacción con su familia, su entrega en la intimidad, eran pruebas irrefutables de su amor. Las dudas de Javier, de Lucía, e incluso las suyas propias, parecían desvanecerse con cada amanecer en Resfriado.
El romance continuaba, más fuerte y más profundo. Pero el mundo de la capital, con sus secretos y sus complicaciones, esperaba. Y, aunque Francis se había adaptado con una facilidad asombrosa a la vida del pueblo, una pequeña parte de Alejandra aún se preguntaba qué tan profundo era ese abismo que él ocultaba. El tiempo, y los días venideros en Resfriado, quizás traerían más respuestas.
Continuará ✨
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.