Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Error de una noche
El mesero no sabía ni dónde estaba parado.
La mansión era demasiado grande.
Demasiadas puertas. Demasiados pasillos iguales.
—Señora, ya casi llegamos a su habitación —murmuró, sosteniendo a Luisa como pudo.
Ella apenas caminaba. Su cuerpo no respondía. Sentía calor, mareo y una sensación extraña que le recorría el cuerpo y no lograba comprender.
—No, no me siento bien —susurró con la voz débil—. Creo que algo está mal conmigo, no entiendo qué me está pasando.
El mesero tragó saliva.No le importaba.
Solo quería terminar lo que le habían pedido.
Abrió la primera puerta que encontró.
Oscuridad total.
—Aquí descanse un momento —dijo, dejándola sobre la cama sin cuidado.
Luisa intentó decir algo, pero las palabras no salieron.
El mundo le daba vueltas.La puerta se cerró.
Y se quedó sola.Mientras tanto, Diego bajaba el último trago casi sin sentirlo.
Algo no estaba bien.
Su cuerpo estaba alterado.
El calor lo estaba consumiendo.
Se aflojó la camisa con brusquedad.
—¿Qué demonios me pasa? —murmuró molesto, mirando a su alrededor.
Todo le irritaba.Las risas.
La música.La presencia de Estefany.
Todo.
—Voy a subir —dijo.Nadie lo detuvo.
Estefany lo vio irse.Y sonrió con malicia.
—Ya cayó este pajarito —susurró para sí misma—. Ahora sí todo va a salir como quiero. Esta vez no vas a escaparte de mí, Diego.Se acomodó el cabello, tranquila, convencida de que en ese momento, en alguna habitación, Luisa estaba perdiéndolo todo.
Arriba, Diego entró a su habitación sin encender la luz.Cerró la puerta de golpe.
Se llevó la mano al cuello.
Respiraba agitado.
—Necesito aire —murmuró, caminando unos pasos antes de dejarse caer sobre la cama.
Pero entonces se tensó.
Había alguien.Un cuerpo.
Se quedó quieto.
Su mente intentaba reaccionar, pero no estaba clara.El olor.Ese aroma.
Le resultaba familiar.
—¿Quién está ahí? —preguntó con la voz baja, más exigente—. Habla, no estoy para juegos.
Luisa apenas podía responder.
Sentía su presencia.
Cercana.Abrumadora.
—No sé —murmuró con dificultad—. Me siento mal no sé qué me pasa, no puedo ni pensar.Su voz temblaba.
Confundida.Vulnerable.
Diego cerró los ojos un momento, intentando reaccionar.Pero no podía.
Nada tenía sentido.Solo sensaciones.
El calor.La cercanía.
Ese aroma que su mente quería reconocer, pero no lograba.
—No deberías estar aquí —dijo con esfuerzo—. Esta es mi habitación, no sé cómo entraste.
—Yo no sabía —respondió Luisa en voz baja—. Me trajeron, no sé quién, no puedo moverme bien.Ninguno estaba en condiciones normales.Ninguno estaba pensando con claridad.
Todo era confusión.Impulsos.Errores.
Y ese fue el momento en que todo se salió de control.
En otra parte de la casa, la historia era distinta.Estefany caminaba por el pasillo tranquila pensando que su plan había sido perfecto.Sonriendo.Había esperado ese momento demasiado tiempo.Se detuvo frente a una puerta.
—Diego —murmuró, abriéndola lentamente.
La habitación estaba oscura.
Perfecto.Entró sin dudar y cerró la puerta.
—Sabía que vendrías —dijo con una sonrisa—. Siempre terminas regresando a mí, aunque intentes engañarte.No veía nada.
Pero no le importaba.Se acercó.
Sintió la presencia de alguien.
Sonrió aún más.—Al final siempre vuelves a mí, Diego. Nunca has sabido dejarme ir y yo tampoco pienso soltarte.Una mano la tomó.
No hablo, si previo aviso la beso apasionadamente.Ella no se resistió.
Al contrario.Se dejó llevar, convencida.
—Así es como debe ser —murmuró—. Tú y yo siempre terminamos juntos, aunque el mundo se empeñe en separarnos.
No había dudas en su mente.
Para ella, ese hombre solo podía ser Diego.
Pero no lo era.En la oscuridad y en la confusión, Estefany estaba viviendo su propio error.Sin saberlo.Sin sospecharlo.
El gigoló no dijo nada.No preguntó.
Solo hizo lo que le habían pagado.
Sin importar quién era ella.Y así, mientras Estefany creía que estaba recuperando a Diego, la realidad se burlaba de ella sin que lo notara.El tiempo pasó.
Minutos.Quizás horas.
Hasta que todo quedó en silencio.
En la habitación de Diego, él fue el primero en reaccionar.Abrió los ojos lentamente.
Su cabeza dolía.
Su cuerpo también.
Miró a su lado.
Una figura.Dormida.
Intentó recordar.
—¿Qué hice? —murmuró, pasando la mano por su rostro.
Se sentó en la cama, confundido.
El corazón le latía fuerte.No por lo que había pasado.Sino por lo que no entendía.
—Esto no debió pasar —dijo en voz baja—. Algo aquí no está bien.
Luisa comenzó a despertar.Lentamente.Con dificultad.Sintió el cansancio.
La confusión.
Abrió los ojos.Y lo vio.
Su respiración se cortó.
—Diego —dijo en un hilo de voz.
Él la miró, no había enojo en su expresión.
Solo desconcierto.
—No sé qué pasó —dijo con voz más baja de lo normal—. No estaba bien, sentía que perdía el control.
Luisa bajó la mirada.
—Yo tampoco —respondió—. Sentía que no era yo, como si algo me obligara a reaccionar no podía pensar con claridad.
El silencio volvió.
Abajo, la fiesta seguía como si nada hubiera pasado.
En otra habitación, Estefany dormía con una leve sonrisa.
Convencida de que había ganado.
El gigoló ya se había ido sin ser visto.
Todo parecía perfecto.
Para ella.
A la mañana siguiente, Estefany bajó a desayunar con elegancia.
Segura.Lista para dar el siguiente golpe destruir la reputación de Luisa
—Anoche vi a Luisa con un hombre extraño —dijo con voz firme—. Lo llevaba a su habitación, estaban demasiado íntimos.
El ambiente se tensó.Diego levantó la mirada de inmediato.Su expresión cambió.
—Ya basta Estefany—dijo con frialdad—. No digas cosas que no sabes.
—Claro que sé lo que vi —respondió ella—. No voy a quedarme callada mientras ella mancha el apellido de tu familia.
Diego se puso de pie.
—El hombre que estaba con Luisa era yo —dijo sin rodeos—. Somos esposos, no hay nada de malo en eso.El silencio fue absoluto.
Estefany se quedó en shock.Su mente se detuvo por un segundo.
Y entonces lo entendió.
El hombre con el que estuvo no era Diego.
Sintió un vacío en el estómago de rabia y humillación.Se maldijo por dentro.
Su plan había fracasado.