Gael Eryx Valcázar lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto sobre su mundo… hasta que ella aparece.
Naelith Corvane, una chica recién graduada con grandes sueños, entra a trabajar en la empresa equivocada… o tal vez en la correcta.
Lo que empieza como una simple oportunidad se convierte en un juego peligroso de secretos, ambición y emociones que ninguno puede controlar.
Porque en un mundo donde todo tiene un precio… enamorarse puede ser el error más caro.
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Capítulo 24: La tranquilidad de lo cotidiano
Los días dentro de la empresa solían seguir una estructura definida. Había horarios, objetivos, reuniones y una larga lista de responsabilidades que mantenían a todos enfocados en avanzar sin detenerse demasiado en lo que ocurría alrededor. Sin embargo, algunas jornadas parecían desarrollarse bajo un ritmo diferente, uno más pausado, más silencioso, como si el tiempo decidiera conceder ciertos momentos que normalmente pasaban desapercibidos.
Aquella mañana comenzó de manera aparentemente normal para Naelith Corvane. Llegó a la oficina con la puntualidad habitual, organizó sus pendientes y revisó los informes que debía entregar antes del mediodía. Después de semanas dentro de la empresa, ya conocía gran parte de las dinámicas internas y se había ganado una reputación de eficiencia que incluso algunos empleados con más tiempo en la compañía habían empezado a reconocer. Sin embargo, aquella tranquilidad laboral se vio interrumpida cuando recibió un mensaje de la asistente principal de presidencia informándole que Gael Eryx Valcázar requería su presencia en su oficina.
No era algo extraño.
Había ocurrido antes.
Pero por alguna razón, desde los acontecimientos de los últimos días, esas convocatorias ya no se sentían exactamente iguales.
Cuando llegó frente a la puerta, respiró profundamente antes de tocar. La voz firme de Gael le indicó que podía entrar, y ella lo hizo manteniendo la compostura habitual. Él se encontraba de pie junto a una de las ventanas de la oficina, revisando unos documentos digitales en una tableta. Al escucharla entrar, levantó la vista y caminó hacia el escritorio.
—Necesito apoyo para un proyecto que debe presentarse dentro de dos semanas —explicó sin rodeos—. Quiero que trabajes directamente conmigo en la preparación de los informes y las proyecciones.
La noticia tomó a Naelith por sorpresa.
No porque dudara de sus capacidades.
Sino porque se trataba de una responsabilidad importante.
Demasiado importante para alguien que llevaba relativamente poco tiempo dentro de la empresa.
Aun así, mantuvo la calma.
—Entendido, señor Valcázar.
Gael asintió levemente.
—Empezaremos hoy.
Durante las siguientes horas ambos trabajaron en la misma oficina. Al principio todo transcurrió bajo una estricta dinámica profesional. Revisaban informes financieros, analizaban estrategias de expansión y corregían detalles en presentaciones que serían expuestas ante inversionistas importantes. La conversación se limitó exclusivamente al trabajo, y ninguno pareció dispuesto a desviarse de ese camino.
Sin embargo, conforme avanzó la tarde, el ambiente comenzó a cambiar de manera casi imperceptible.
No fue algo repentino.
Fue gradual.
Natural.
Como si la cantidad de horas compartidas dentro del mismo espacio terminara erosionando lentamente la rigidez inicial.
En un momento determinado, mientras revisaban un informe especialmente extenso, Naelith frunció ligeramente el ceño al encontrar una inconsistencia en una de las tablas. Pasó varios minutos intentando localizar el origen del error hasta que finalmente encontró la respuesta.
—Aquí está —murmuró más para sí misma que para él.
Gael levantó la vista desde sus propios documentos.
—¿Encontraste el problema?
—Sí. El departamento de logística utilizó datos del trimestre anterior para esta proyección.
Él observó la pantalla unos segundos y luego asintió.
—Buen ojo.
Era una frase simple.
Breve.
Pero suficiente para que Naelith sintiera una inesperada satisfacción.
Porque Gael no era alguien que alabara con facilidad.
De hecho, rara vez parecía hacerlo.
Por eso mismo, aquellas dos palabras tuvieron más peso del que probablemente él imaginaba.
El trabajo continuó durante varias horas más. Poco a poco las conversaciones dejaron de centrarse exclusivamente en cifras y estrategias empresariales. No porque alguno de los dos lo buscara deliberadamente, sino porque las pausas naturales entre tareas comenzaron a llenarse con pequeños comentarios casuales.
Fue Naelith quien mencionó primero algo ajeno al trabajo.
Mientras organizaba unos documentos, observó una fotografía antigua colocada discretamente sobre una estantería.
—¿Es su universidad?
Gael siguió la dirección de su mirada.
—Sí.
Ella sonrió levemente.
—Se ve diferente.
—Han remodelado gran parte del campus.
—La mía también cambió bastante después de mi primer año.
Aquella respuesta abrió una conversación inesperadamente sencilla. Hablaron sobre sus respectivas experiencias académicas, sobre profesores memorables, exámenes imposibles y proyectos interminables. Ninguno compartió detalles demasiado personales, pero aun así era más de lo que habían hablado fuera del ámbito laboral desde que se conocían.
Lo curioso fue que la conversación no resultó incómoda.
Ni forzada.
Simplemente fluía.
Y eso era precisamente lo que más sorprendía.
Porque tanto Gael como Naelith eran personas acostumbradas a proteger ciertas partes de sí mismos.
Sin embargo, allí estaban.
Hablando.
Compartiendo.
Sin darse cuenta.
Las horas continuaron avanzando y, cuando el resto de los empleados comenzó a abandonar la empresa, ellos seguían trabajando.
La luz del atardecer fue desapareciendo lentamente detrás de los ventanales hasta que las lámparas de la oficina se convirtieron en la única fuente de iluminación.
El edificio entero parecía mucho más silencioso ahora.
Más tranquilo.
Más íntimo.
No porque hubiera algo romántico ocurriendo.
Sino porque el ruido constante del mundo exterior había desaparecido.
Y en medio de ese silencio, la presencia del otro se volvía más evidente.
En un momento determinado, ambos se quedaron revisando documentos distintos sin intercambiar palabra alguna durante varios minutos.
Pero el silencio no resultó incómodo.
Todo lo contrario.
Era extraño.
Porque normalmente los silencios prolongados entre dos personas generaban cierta necesidad de llenarlos.
Aquí no.
Aquí simplemente existían.
Y eso bastaba.
Naelith fue la primera en darse cuenta.
Le resultó extraño sentirse tan cómoda sin necesidad de hablar.
Más extraño aún considerando con quién estaba.
Levantó la vista de los documentos y observó discretamente a Gael.
Él parecía completamente concentrado.
Serio.
Meticuloso.
La misma imagen que proyectaba siempre.
Y sin embargo...
Ya no parecía tan inaccesible.
Quizá porque ahora había pasado suficiente tiempo cerca de él para notar detalles que otros ignoraban.
La forma en que se acomodaba las mangas cuando estaba concentrado.
La manera en que fruncía ligeramente el ceño al analizar información compleja.
La costumbre de releer tres veces los documentos más importantes.
Pequeñas cosas.
Detalles insignificantes para cualquiera.
Pero no para ella.
Porque ahora los veía.
Y porque comenzaban a importarle más de lo que deberían.
La noche cayó por completo antes de que terminaran una parte significativa del proyecto. Naelith apenas se dio cuenta del paso del tiempo hasta que un bostezo involuntario escapó de sus labios.
Intentó disimularlo.
Demasiado tarde.
Gael levantó la vista inmediatamente.
—¿Estás cansada?
Ella sintió un ligero calor subir por sus mejillas.
—Un poco.
—Llevamos horas aquí.
Naelith observó la hora y abrió los ojos con sorpresa.
—No me había dado cuenta.
—Eso es evidente.
Por primera vez en mucho tiempo, una leve expresión cercana al humor apareció en el rostro de Gael.
Fue mínima.
Breve.
Pero real.
Y bastó para que algo dentro de ella se alterara.
Porque era la primera vez que veía una faceta tan relajada de él.
Una que pocas personas probablemente conocían.
Cuando finalmente decidieron dar por terminada la jornada, el edificio estaba prácticamente vacío. Ambos recogieron sus cosas en silencio y abandonaron la oficina juntos.
El trayecto hasta el estacionamiento estuvo acompañado por una tranquilidad inesperada.
No había tensión.
No había incomodidad.
Solo una extraña sensación de familiaridad que ninguno de los dos comprendía del todo.
Cuando llegaron al exterior, Naelith se preparó para despedirse y dirigirse hacia la parada donde normalmente tomaba transporte.
Pero antes de que pudiera hacerlo, la voz de Gael la detuvo.
—Es tarde.
Ella lo miró.
—Sí.
—Te llevaré a casa.
La propuesta quedó suspendida entre ambos durante unos segundos.
No era una orden.
Tampoco una sugerencia casual.
Era una oferta sincera.
Y eso la sorprendió más de lo que esperaba.
Porque durante semanas había conocido al hombre frío, distante y perfectamente controlado que dirigía aquella empresa.
Pero esa noche...
Por un instante...
Había visto algo diferente.
Y aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, ambos sabían que algo estaba cambiando lentamente entre ellos.
Algo silencioso.
Algo peligroso.
Y quizás...
Algo imposible de detener