Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 11
Alina
Estaba en la cocina intentando concentrarme en algo simple.
Preparar té.
Algo normal.
Algo tranquilo.
Algo que no implicara pensar en todo lo que estaba pasando en mi vida.
Mi suegra estaba en la sala, y por alguna razón… quería agradarle.
Tal vez porque era la única persona en esa familia que no me generaba miedo.
O tal vez porque, en medio de todo, había sido amable conmigo.
Pero entonces…
apareció Lucca.
—Todos creemos que Adriano es gay —dijo, apoyándose en la encimera como si nada—. Ayer, estando completamente ebrio, no se acercó a ninguna mujer más de lo necesario.
Respiré hondo.
—Que sea respetuoso y no se comporte como un animal no significa que sea gay —respondí sin mirarlo—. Y si lo fuera, no veo cuál es el problema.
Soltó una risa baja.
Incómoda.
—Alina… debes explorar. Probar.
Se acercó.
Demasiado.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba.
—Déjame probarte lo buen hombre que soy en la cama —susurró.
No lo pensé.
Mi mano reaccionó antes que mi mente.
La bofetada resonó en la cocina.
Fuerte.
Seca.
Silencio.
Pero no duró.
—¡Lucca Vassari!
La voz de mi suegra atravesó el aire.
Entró furiosa.
Lo tomó del brazo, lo giró… y le dio otra cachetada.
—Respeta.
Lucca no respondió.
Solo me miró.
Con algo oscuro en los ojos.
Y se fue.
Cuando todo terminó… mis manos temblaban.
No por miedo.
No completamente.
Sino por la sensación de que esto… no había acabado.
Por eso, cuando le pedí a Adriano que no me dejara sola con su hermano…
no quería explicar.
No quería revivirlo.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Pero su voz…
ya no era la misma.
Era fría.
Precisa.
Peligrosa.
—Solo… no quiero estar sola con él —respondí.
Se acercó.
Se agachó frente a mí, quedando a mi altura.
—Alina… si no me lo dices tú, en máximo dos horas lo sabré.
Sus ojos…
eran distintos.
—Y él va a estar parcialmente muerto.
Sentí un escalofrío.
Se enderezó y besó mi cabeza con suavidad.
Ese contraste…
era desconcertante.
El mismo hombre.
Dos versiones.
—No hagas nada —dije rápidamente—. Por favor.
Me miró.
—Si te hizo sentir incómoda, no lo voy a permitir.
Tragué saliva.
—Le di una cachetada… y tu madre también.
—No es suficiente.
Su tono fue inmediato.
—Lucca no se detiene por eso.
Cerré los ojos un segundo.
—Por favor…
—Prefieres que te mienta —dijo con calma— o que te diga la verdad.
Suspiré.
—Eres de extremos, Adriano Vassari.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—O es blanco… o es negro. No creo en el gris.
Negué con la cabeza.
—Vamos a salir —propuse—. Necesito distraerme… comprar algunas cosas.
Miró el reloj.
—A las seis.
Asentí.
Antes de salir, no pude evitar tocar su pecho.
Con cuidado.
La marca seguía ahí.
Imponente.
Inquietante.
—El médico dijo que está bien —comentó—. Va a quedar cicatriz, pero no hay infección.
—¿No habías ido antes?
—¿Para qué?
Lo miré, incrédula.
—¿Cómo puedes tomarte todo con tanta calma?
Se encogió ligeramente de hombros.
—Estresarme no va a cambiar nada. Solo me dejaría calvo… y no me veo así.
No pude evitar reír.
A las seis salimos.
Nada de lujos.
Nada de apariencias.
Un restaurante sencillo.
Normal.
Como si, por un momento, fuéramos una pareja cualquiera.
Después de comer, Adriano se quedó pagando.
—Voy a saludar a alguien —le dije.
Asintió.
Salí.
Y la vi.
Una amiga de hace años.
Con su hija pequeña.
Hablamos.
Reímos.
Por un instante… todo fue ligero.
—¿Te casaste? —preguntó al ver mi mano.
Sonreí.
—Ayer.
Sus ojos se iluminaron.
—Felicidades.
Miré hacia el restaurante.
Adriano hablaba con unos hombres.
Serio.
Imponente.
Intocable.
—¿Me acompañas al auto? —pidió mi amiga.
—Claro.
Caminamos juntas.
Charlando.
Pero cuando se fue…
quedé sola.
A una cuadra del restaurante.
Y entonces…
los vi.
Tres hombres.
Bloqueando el paso.
Mi corazón se aceleró.
—Quédate tranquila —dijo uno—. Solo queremos hablar.
Di un paso atrás.
—No me interesa.
Intenté rodearlos.
No me dejaron.
El miedo empezó a subir.
Lento.
Frío.
—Tu esposo es un hombre importante… —dijo otro—. Seguro pagaría bien por evitar problemas.
Ahí entendí.
Esto no era casualidad.
Y entonces…
una voz.
—Alina.
Mi nombre.
Pero no suave.
No cálido.
No como antes.
Peligroso.
Los hombres se tensaron.
Yo también.
Pero por una razón distinta.
Porque lo reconocí sin verlo.
Adriano.
Cuando apareció…
todo cambió.
Su postura.
Su mirada.
Su presencia.
No era el hombre que me abrazaba.
No era el que me besaba con cuidado.
Era…
el hombre del que todos hablaban.
Frío.
Letal.
Imparable.
—Aléjense.
No alzó la voz.
No lo necesitó.
Los hombres dudaron.
Grave error.
Lo que pasó después…
fue rápido.
Demasiado.
Un movimiento.
Otro.
Un golpe seco.
Un cuerpo contra el suelo.
El sonido del aire siendo arrancado de los pulmones.
Intenté procesarlo…
pero no podía.
Cuando todo terminó…
los tres estaban en el suelo.
Quejándose.
Incapaces de levantarse.
Adriano ni siquiera los miró.
Caminó hacia mí.
Y entonces…
volvió.
El hombre que conocía.
—¿Estás bien?
Su voz.
Suave.
Cálida.
Preocupada.
Asentí.
Sin poder hablar.
Me tomó el rostro con cuidado.
—Respira.
Lo hice.
Lento.
Profundo.
Me abrazó.
Fuerte.
Protector.
—Estoy aquí —murmuró.
Y en ese momento…
entendí algo.
Sí.
Era peligroso.
Sí.
Era todo lo que decían.
Pero conmigo…
era todo lo que siempre había querido.