⚠️➕21 no denunciar ⚠️, ZAIRO y RUBÍ, una pareja de sicarios independientes, que cobran millones por cada trabajo bien realizado...
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20: el camino mas largo
Al día siguiente, la luz del sol entraba suave por las cortinas del hotel en las afueras de Miami. Rubí se incorporó en la cama con un movimiento lento pero decidido. La herida en su cintura todavía enviaba punzadas de dolor cada vez que respiraba profundo, pero ella fingió que todo estaba bajo control. Se sentó en el borde del colchón, se pasó una mano por el cabello y miró a Zairo con una sonrisa que intentaba ser convincente.
—Estoy mejor —dijo con voz firme—. Ya no sangra, el médico dijo que solo necesito reposo y antibióticos. No podemos quedarnos aquí más tiempo. Vámonos de una vez a Asia. Entre más rápido entreguemos la katana, mejor. Así nos despedimos de ella y de todo esto.
Zairo estaba sentado en un sillón cercano, con una taza de café en las manos. La preocupación se le notaba en la forma en que fruncía el ceño y en cómo sus ojos la estudiaban con detalle. Sabía que Rubí estaba forzando su cuerpo, pero también entendía que tenía razón. Cada día que pasaban en Miami aumentaba el riesgo de que los mercenarios rusos o la DEA los localizaran de nuevo.
—¿Estás segura? —preguntó él, dejando la taza a un lado—. Anoche casi te matas. No quiero que te abras la herida otra vez.
Rubí se levantó con cuidado, caminó hasta él y le tomó la cara con ambas manos.
—Estoy segura. Cuanto antes terminemos este trabajo, antes empezamos esa vida que me prometiste. Asia, entrega, cobro… y adiós a todo.
Zairo suspiró, pero asintió. Sabía que discutir con ella cuando tomaba una decisión era inútil.
—Está bien. Nos vamos hoy mismo.
Sin perder más tiempo, empacaron lo esencial: la katana bien protegida en una maleta de mano reforzada, dinero en efectivo, pasaportes falsos nuevos y medicamentos suficientes para Rubí. Reservaron un vuelo privado desde un aeródromo discreto de Miami hacia Shanghái, con una escala técnica en Los Ángeles para cambiar de avión y evitar sospechas. El viaje fue largo y agotador, casi veinte horas en total. Rubí durmió la mayor parte del tiempo, recostada contra Zairo, mientras él vigilaba el entorno y revisaba rutas alternativas.
Llegaron a Shanghái en plena noche. El aire era húmedo y cargado de olores a comida callejera, incienso y contaminación. Encontraron un apartamento discreto en un barrio residencial de Pudong, pagado en efectivo por seis semanas. Era un lugar sencillo: dos habitaciones, cocina pequeña y vistas a los rascacielos iluminados a lo lejos. Nada lujoso, pero seguro y con salidas rápidas.
Los primeros días fueron de pura recuperación. Rubí descansaba la mayor parte del tiempo, cambiando vendajes, tomando antibióticos y comiendo comidas ligeras que Zairo preparaba: sopa de fideos, arroz con verduras y té verde. Él salía poco, solo para comprar provisiones y verificar que nadie los siguiera.
Al cumplir una semana, decidieron que era momento de cambiar su apariencia por completo. Zairo empezó primero. Se afeitó el cabello muy poco en los lados y dejó la parte superior un poco más larga. Se colocó una barba postiza bien hecha, de estilo descuidado pero cuidado, que le daba un aspecto más rudo y mayor. Luego se aplicó tatuajes temporales por los brazos y el pecho: patrones pequeñas letras, geométricos que cubrían, Cuando se miró en el espejo, apenas se reconoció.
—Ahora parezco un tipo que ha vivido en los bajos fondos de Shanghái toda su vida —comentó con una media sonrisa.
Rubí, lo observó desde la cama y soltó una risa suave.
—Te ves peligroso… me gusta.
Ella cambió su look dos días después. Fue a un salón pequeño y discreto recomendado por un contacto local. Pidió un corte salvaje: cabello corto por los lados y la nuca, con mechones más largos y desordenados en la parte superior que caían con un estilo punk moderno. Agregó un fleco recto y pronunciado que le llegaba justo encima de las cejas, dándole un aspecto más joven, casi juvenil.
El cabello oscuro contrastaba con su piel morena y hacía que sus ojos castaños se vieran más grandes y expresivos. Zairo la miró sorprendido.
—Te ves… diferente —dijo, acercándose para tocar los mechones cortos con cuidado—. Más joven. Más peligrosa también.
Rubí se pasó la mano por el nuevo corte, sintiendo la textura fresca y ligera.
—Me gusta. Es práctico. Y no me van a reconocer fácilmente.
Los días siguientes se volvieron una rutina cotidiana tranquila pero vigilante. Por las mañanas, Zairo salía a correr temprano para mantener su forma física y comprobar los alrededores. Rubí hacía ejercicios suaves de estiramiento en el apartamento para recuperar movilidad sin forzar la herida. Comían juntos: desayunos simples de congee con huevo, almuerzos de dumplings y cenas de arroz frito con vegetales que compraban en mercados locales.
Por las tardes, se sentaban en el pequeño balcón con vistas a la ciudad y revisaban mapas, contactos y posibles rutas hacia Japón. Hablaban poco del pasado reciente, pero mucho del futuro que se habían prometido. Zairo le contaba anécdotas de su infancia en Iztapalapa para distraerla, y Rubí respondía con recuerdos de sus primeras misiones juntos, riendo cuando recordaban cómo casi los atrapan en Guadalajara.
Rubí mejoraba día con día. La herida cicatrizaba bien, y ya podía caminar sin hacer muecas de dolor. Zairo seguía preocupado, pero veía cómo ella recuperaba fuerzas y eso lo tranquilizaba.
Las semanas pasaron así: dos meses completos en Shanghái. Dos meses de rutinas sencillas que contrastaban fuertemente con su vida anterior. Salían poco, solo para lo necesario. Zairo mantenía su disfraz de barba y tatuajes falsos, y Rubí su corte salvaje con fleco que la hacía parecer una joven rebelde de veinte años. Practicaban mandarín básico con aplicaciones y series locales para integrarse mejor.
Al final del segundo mes, Rubí ya se sentía casi al cien por ciento. La herida era solo una cicatriz rosada que apenas dolía. Una noche, mientras cenaban fideos en la mesa pequeña de la cocina, ella miró a Zairo con determinación.
—Estoy lista. Podemos movernos hacia Japón cuando quieras. La katana está segura y nosotros también.
Zairo tomó su mano por encima de la mesa y asintió.
—Entonces empecemos a planear la entrega final.
El apartamento en Shanghái se llenó de un silencio cómodo. Afuera, la ciudad de los rascacielos brillaba con sus luces interminables. Dentro, dos sicarios que ya soñaban con dejar atrás esa vida se preparaban para el último tramo del camino.
La katana esperaba envuelta en su estuche, y ellos, con nuevos rostros y una nueva determinación, estaban listos para cerrar este capítulo de una vez por todas.
me gusta la forma que describe cada personaje, la forma qué hace, qué el lector se imaginé esas escenas dónde él personaje vive ese momento de placer,angustia, desesperación y miedo todo eso me gusta sentir en las historias y si una historia no me atrapa con el título o la sinopsis, no la leo no es que sea exigente, pero creó que como lector quiero disfrutar de esa adrenalina o sentimiento que como escritores quieren transmitir le felicito por otra, historia y espero que puedan llegar a mas lectoras 👏👏💐💐
pero me quedo una duda 🤔🤔 que pasó con la traidora de Mariana, no me diga que piensa hacer una 2da historia 🤣🤣🤣 no creó pero si quiero saber si Mariana se fue a dormir con los peces 🤣🤣