Ella renace en otra época, conoce su futuro y está decidida a cambiarlo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Marca de alma
El silencio no duró mucho.
Apenas Rebecca terminó de hablar, el joven giró bruscamente hacia ella, como si su sola presencia fuera suficiente para irritarlo.
—¡Sal de aquí! —gritó, con una voz cargada de frustración—. ¡No necesito nada!
No era solo rechazo.
Era… enojo acumulado.
Defensivo.
Cerrado.
Rebecca no se movió.
No retrocedió.
No respondió de inmediato.
Simplemente… lo dejó pasar.
Porque entendía que ese tipo de reacción rara vez era personal.
Era una barrera.
Y si reaccionaba a ella, solo la reforzaría.
En lugar de eso, caminó con calma hacia una silla cercana y se sentó.
Sin pedir permiso.
Pero tampoco imponiéndose.
Solo… ocupando el espacio con naturalidad.
Tomó aire.
Lento.
Controlado.
Y luego abrió su bolso con movimientos tranquilos.
Sacó una pequeña herramienta.
Delicada.
Metálica.
Similar a un pequeño espejo, pero con grabados finos en los bordes, casi imperceptibles si no se observaban con atención.
El joven seguía tenso.
Furioso.
Pero Rebecca no lo miraba como alguien que debía enfrentarlo.
Lo miraba como un caso que debía comprender.
Levantó el objeto con suavidad.
Y lo orientó hacia él.
No hizo un gesto brusco.
No invadió.
Solo lo sostuvo… en su dirección.
Por un segundo… no ocurrió nada.
Y entonces… un leve brillo.
Sutil.
Pero claro.
Rebecca entrecerró apenas los ojos.
Atenta.
Ese destello no era común.
No para cualquiera.
[Tiene magia…]
La conclusión llegó firme.
Segura.
Porque conocía bien ese fenómeno.
Los doctores, al no poseer magia en su mayoría, utilizaban herramientas como esa para detectar la presencia de maná en el cuerpo.
Era una forma indirecta de comprender al paciente.
Porque en ese mundo… no todo era físico.
Algunas dolencias… no venían del cuerpo.
Sino de la energía.
Del flujo de maná.
De su exceso… o de su escasez.
Rebecca bajó lentamente la herramienta.
Pensativa.
[Entonces no es solo ceguera…]
Su mente comenzó a conectar posibilidades.
Porque si había magia… había variables adicionales.
El joven seguía respirando con fuerza, claramente molesto por su presencia, por la situación, por todo.
Pero Rebecca ya no estaba enfocada en su enojo.
Estaba enfocada en lo que había descubierto.
[Podría haber un desbalance…]
La escasez de maná podía provocar debilidad, fatiga… incluso afectar funciones sensoriales.
Pero también… un mal uso.
O una alteración en su flujo.
Volvió a mirarlo.
Esta vez… más profundamente.
No como alguien que debía calmar.
Sino como alguien que debía entender.
[Esto es más complejo…]
Y lejos de intimidarla… eso solo reforzó su determinación.
Porque si había algo que Rebecca Sallow había decidido desde el principio… era no apartarse de los casos difíciles.
Incluso si el paciente frente a ella… no quería ser ayudado.
Rebecca sostuvo la pequeña herramienta entre sus dedos un segundo más antes de guardarla con cuidado.
Su mente ya no estaba en la reacción del joven.
Estaba en lo que había descubierto.
Y en lo que no encajaba.
Levantó la mirada hacia él, manteniendo la calma, sin confrontarlo directamente, pero sin ceder terreno.
—Si usted vive aquí… en una mansión como esta… y claramente es alguien importante para Lady Dempster…
Hizo una pequeña pausa.
No para dudar.
Sino para elegir bien sus palabras.
—¿Por qué no ha recurrido a un mago de sanación?
La pregunta quedó en el aire.
Directa.
Lógica.
El joven tensó la mandíbula de inmediato.
—No es asunto tuyo.. Ya te dije que te vayas.
Su tono era más cortante ahora.
Más cerrado.
Como si esa pregunta hubiera tocado algo que no quería abordar.
Rebecca lo observó.
Sin molestarse.
Sin insistir de forma agresiva.
Pero tampoco retrocedió.
Porque ahora… tenía más dudas que antes.
No menos.
[No quiere ayuda… O no de ese tipo.]
Y eso… era aún más interesante.
Porque en una casa como esa, con los recursos que claramente tenían, no buscar un mago de sanación no era descuido.
Era una decisión.
Volvió a acomodarse ligeramente en la silla.
Más relajada.
Como si no tuviera intención de irse pronto.
—Entiendo.. Pero estoy aquí para observar y aprender.
No pidió permiso.
No lo suavizó demasiado.
Solo estableció su posición.
El joven no respondió.
Pero su respiración seguía marcada.
Inquieta.
Rebecca bajó la mirada un momento, pensativa.
[Tiene magia… Pero evita a los magos.. Y vive aislado…]
Las piezas no estaban completas.
Pero ya comenzaban a formar algo.
Algo… particular.
Alzó la vista nuevamente.
Esta vez sin presionarlo.
Solo… analizándolo.
Porque, más allá de si aceptaba o no la práctica en esa mansión… había algo que no podía ignorar.
Interés.
No superficial.
No impulsivo.
Sino… genuino.
La magia no era común en el reino.
Mucho menos en formas complejas.
Y estar frente a alguien con sensibilidad a ella… no era una oportunidad que apareciera dos veces.
[Podría aprender mucho aquí]
Reconoció en silencio.
No solo sobre medicina.
Sino sobre algo que pocos entendían realmente.
Volvió a hablar, esta vez con un tono ligeramente más suave.
—No pretendo incomodarlo.
Y era verdad.
—Pero si me permite quedarme… aunque sea hoy… puedo intentar ayudar. O al menos… comprender mejor su situación.
No era insistencia vacía.
Era una propuesta.
El joven no respondió de inmediato.
Pero Rebecca ya no esperaba una aceptación fácil.
Porque entendía algo importante:
No todos los pacientes querían ser salvados.
Algunos… primero necesitaban dejar de defenderse.
Y ella… tenía la paciencia para esperar ese momento.
El silencio volvió a instalarse en la habitación.
Pesado.
Denso.
Pero distinto al anterior.
Rebecca había dejado claras sus intenciones, y aunque el joven no respondió, tampoco la echó de inmediato otra vez. Eso, en sí mismo, ya era… algo.
Pasaron unos minutos.
Sin palabras.
Solo el sonido leve de la respiración de ambos.
Hasta que él se movió.
De repente.
Sin aviso.
Se acercó.
Demasiado.
Rebecca se tensó apenas, instintivamente, pero no perdió la compostura. Dio un pequeño paso hacia atrás, intentando recuperar un espacio prudente entre ambos.
—Por favor… mantenga distancia.
Pero él no se detuvo.
Al contrario.
Avanzó más.
Su cercanía ya no era normal.
Era… invasiva.
Inquietante.
Como si estuviera buscando algo más allá de lo evidente.
Rebecca volvió a retroceder, esta vez un poco más firme.
—Señor, necesito que respete mi espacio —añadió, con tono profesional, como si hablara con cualquier paciente que cruzara un límite.
Pero no hubo reacción.
No como esperaba.
Él no parecía escucharla.
O tal vez… no le importaba.
Su rostro se inclinó apenas hacia ella.
Y entonces Rebecca lo notó.
No la estaba “mirando”.
La estaba… percibiendo.
Su respiración cambió.
Más lenta.
Más profunda.
Como si… la oliera.
Como si intentara reconocer algo invisible.
Un escalofrío sutil recorrió la espalda de Rebecca.
No por miedo.
Sino por lo extraño de la situación.
—¿Qué…?
No alcanzó a formular la pregunta.
Porque él habló primero.
En voz baja.
Pero clara.
—Tu alma…
Rebecca se quedó inmóvil.
—Tú tienes una marca de alma.
El tiempo pareció detenerse por un segundo.
Sus palabras no fueron confusas.
No fueron vagas.
Fueron… precisas.
Demasiado.
Rebecca sintió cómo algo en su interior se tensaba.
No físicamente.
Sino… más profundo.
Porque entendía exactamente lo que significaban.
Había leído sobre ello.
En libros antiguos.
En textos que muchos consideraban casi superstición.
Las marcas de alma.
Se decía que eran señales… de almas que no eran nuevas.
De personas que cargaban recuerdos de vidas anteriores.
Reencarnados.
Como ella.
Su respiración se volvió apenas más lenta.
Controlada.
Pero su mente… se aceleró.
[No es posible.. ¿Cómo podría saberlo?]
Nadie lo sabía.
Nadie.
Ni su madre.
Ni Lord Sallow.
Nadie en ese mundo tenía forma de reconocer algo así.
O al menos… eso creía.
Rebecca lo miró fijamente.
Por primera vez desde que entró… con verdadera sorpresa.
No lo ocultó del todo.
Pero tampoco se descompuso.
—¿Qué acaba de decir…?
Su voz fue más baja ahora.
Más medida.
No de miedo.
Sino de cautela.
Porque la situación acababa de cambiar por completo.
Ya no era solo un paciente difícil.
Ni un caso complejo por la magia.
Era algo más.
Algo que… De una forma que no podía ignorar.
Y en ese momento, Rebecca Sallow entendió algo con absoluta claridad..
Ese encuentro… no era casualidad.