Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 11
Atrás quedaron las lágrimas del orfanato y la humillación de la cafetería.
La mañana después de la firma en la Torre Blackwood, el aire en la mansión se sentía distinto. Liam ya no era un heredero; era un pupilo bajo mi vigilancia. Pero el precio de ese poder era una alianza que empezaba a desbordar los límites de lo que Alexander y yo habíamos pactado originalmente.
Me desperté antes que el sol, envuelta en las sábanas de seda negra de la suite principal. Alexander no estaba a mi lado. Escuché el sonido del agua golpeando el cristal de la ducha en el baño contiguo. Me senté en la cama, dejando que la seda se deslizara por mi espalda. Me miré las manos; ya no tenían rastros del trabajo duro, pero mi mente seguía en alerta.
Me levanté y caminé hacia el baño. El vapor inundaba la estancia, oliendo a ese jabón de sándalo y especias que Alexander usaba como si fuera una armadura invisible. Lo vi a través del cristal traslúcido: una silueta de poder, de cicatrices apenas visibles y una fuerza que me atraía y me aterraba a partes iguales.
Cuando salió, con una toalla blanca anudada a la cintura, sus ojos se clavaron en los míos. No hubo sorpresa, solo una aceptación silenciosa de nuestra nueva realidad.
—Hoy firmamos la licencia de matrimonio civil —dijo Alexander, su voz todavía ronca por el sueño—. A las diez, en el despacho privado. Sin prensa. Sin testigos más allá de los necesarios.
—¿Tan pronto? —pregunté, acercándome a él.
—Liam está buscando una salida. Si nos casamos hoy, legalmente te conviertes en la cogestora de su fideicomiso antes de que termine el día. Ya no podrá apelar.
Él se acercó, rompiendo la distancia que quedaba. Sus manos, calientes por el agua, se posaron en mis hombros desnudos. Sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna. No era solo el poder lo que me unía a él; era una química brutal, una necesidad de ser poseída por el único hombre que podía mirar a Liam a los ojos y hacerlo temblar.
—¿Estás lista para ser una Blackwood de pleno derecho, Luna? —susurró, su boca rozando mi frente.
—Nací lista para esto —respondí, rodeando su cuello con mis brazos. La toalla de Alexander se sentía áspera contra mi piel, un contraste violento con la suavidad de mi camisón—. Solo asegúrate de que Liam vea la noticia. Quiero que sepa que cada vez que entre en esta casa, tendrá que pedirle permiso a su tía.
Alexander sonrió, una sonrisa oscura que prometía mucho más que una firma en un papel. Me tomó por la nuca y me besó con una urgencia que no tenía nada que ver con los negocios. En ese momento, la sensualidad se mezcló con el triunfo. Mis manos bajaron por su pecho húmedo, reconociendo el territorio que ahora me pertenecía. Alexander me atrajo contra su cuerpo, y por un instante, el mundo exterior, con sus deudas y sus traiciones, dejó de existir. Solo éramos dos depredadores sellando un pacto en la intimidad del amanecer.
A las diez en punto, estaba sentada en el despacho de caoba. Vestía un traje de dos piezas en color blanco marfil. Era un uniforme de guerra disfrazado de pureza. Alexander firmó con un trazo firme. Cuando llegó mi turno, mi mano no tembló. Al dejar la pluma, sentí que el último hilo que me unía a la Luna del orfanato se cortaba.
—Felicidades, señora Blackwood —dijo el notario, retirándose con una reverencia.
Alexander se levantó y me tendió la mano.
—Ahora, bajemos al comedor. He citado a la familia para el anuncio.
Bajamos las escaleras de mármol con una lentitud calculada. En el comedor, el ambiente estaba cargado. Liam estaba sentado al final de la mesa, con Elena Miller a su lado. Ella lucía un vestido de diseño que gritaba "mírame", pero sus ojos estaban rojos. Liam, por su parte, evitaba mirar a la cabecera.
—Buenos días a todos —dijo Alexander, su voz llenando el espacio—. He querido reunirlos para informarles que, desde hace una hora, Luna y yo estamos legalmente casados.
El sonido de una cuchara golpeando el suelo fue lo único que rompió el silencio. Liam levantó la vista, y lo que vi en sus ojos fue una mezcla de náusea y deseo frustrado. Se puso de pie bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo.
—¿Tan rápido? —escupió Liam—. Ni siquiera ha pasado un mes desde que...
—Desde que decidiste que yo era una distracción barata para tu ascenso social, ¿verdad, sobrino? —intervine, sentándome con la elegancia de una reina en la silla que Alexander sostenía para mí.
—Cuida tu lengua, Liam —advirtió Alexander—. Te recuerdo que ahora Luna no solo es tu tía por matrimonio. Es la supervisora directa de tu presupuesto de boda. Elena, espero que hayas revisado los costos de las flores, porque tu "tía" tiene el ojo puesto en cada centavo.
Elena palideció.
—Alexander, esto es ridículo —murmuró ella—. Luna no sabe nada de nuestras tradiciones, de lo que se espera de una boda de este calibre.
—Sé lo que es el valor del dinero, Elena —respondí, mirándola con una sonrisa que era más una advertencia que un gesto de cortesía—. Y sé que tu familia está usando el apellido Blackwood para cubrir los agujeros de sus propios negocios portuarios. A partir de hoy, cada factura que llegue a esta mansión pasará por mi escritorio. Si el vestido es demasiado caro, se recorta. Si el salón es demasiado grande, se cambia.
Liam se acercó a mí, ignorando a Alexander por un segundo. Se apoyó en la mesa, su rostro a escasamente un metro del mío. Podía oler su rabia, una mezcla de alcohol matutino y desesperación.
—¿Crees que esto te da poder sobre mí? —susurró—. Sigues siendo la misma chica que no tenía dónde caerse muerta. Alexander se cansará de ti, y cuando lo haga, no tendrás a nadie.
—Te equivocas, Liam —dije, levantándome para quedar a su altura. Me acerqué lo suficiente para que pudiera oler mi perfume, el mismo que Alexander me había regalado esa mañana—. Ya no soy esa chica. Esa chica murió el día que me dejaste en la calle. Ahora soy la mujer que decide si mañana tienes un coche para ir al puerto o si tienes que ir en autobús. Y en cuanto a Alexander... —miré a mi esposo, que nos observaba con una calma letal—, él sabe que soy la única persona en esta mesa que no está con él por su dinero, sino por el placer de verte caer.
Liam intentó decir algo, pero la mirada de Alexander lo detuvo. Se dio la vuelta y salió del comedor, dejando a Elena sola y humillada frente a nosotros.
El resto del día fue una coreografía de poder. Me instalé en el ala principal de la mansión, ordenando cambios en la decoración que borraran cualquier rastro de la antigua administración. Cada orden que daba era un recordatorio para el servicio y para Liam de que había una nueva matriarca.
Por la tarde, mientras revisaba los balances en mi nueva oficina, escuché un golpe en la puerta. Era Liam. Había perdido la arrogancia de la mañana; ahora parecía un hombre acorralado.
—Luna, necesitamos hablar. A solas.
—Tienes cinco minutos, sobrino. Y mantén la distancia. El protocolo familiar exige que te quedes al otro lado del escritorio.
Él entró y cerró la puerta. No se sentó. Caminó de un lado a otro como un animal en una jaula.
—Dime cuánto quieres —dijo finalmente—. Sé que esto es por dinero. Sé que Alexander te ofreció un trato para humillarme. Te daré el doble en cuanto herede. Solo... vete. Deja de jugar a ser su esposa. Es asqueroso verte con él.
Me eché a reír, una risa clara y fría que resonó en las paredes.
—¿Dinero, Liam? Crees que todo se resume a eso porque es lo único que tienes. Pero Alexander me ha dado algo que tú nunca pudiste: respeto. Él no me oculta. Él no se avergüenza de mi pasado. Él me ha hecho su igual.
Me levanté y caminé hacia él. Liam retrocedió hasta que su espalda golpeó la puerta de madera. Me detuve a centímetros de su rostro. Podía ver el sudor en su frente, el deseo sucio que todavía sentía por mí y que lo carcomía por dentro.
—Lo que te duele no es que yo tenga poder —susurré, mi voz apenas un hálito—. Lo que te duele es que ahora, cuando me ves caminar por los pasillos con Alexander, sabes que él disfruta de lo que tú tiraste a la basura. Sabes que cada noche, mientras tú sueñas con el dinero de los Miller, yo estoy en los brazos de un hombre de verdad.
Liam perdió el control por un segundo e intentó tomarme de los brazos, pero antes de que sus dedos me rozaran, la puerta se abrió de golpe.
Alexander estaba allí. No parecía enfadado; parecía decepcionado, como quien encuentra a un insecto en su sopa.
—¿Hay algún problema, querida? —preguntó Alexander, su presencia inundando la habitación.
—Ninguno, Alexander —respondí, apartándome de Liam con un gesto de aburrimiento—. Mi sobrino solo estaba pidiendo un adelanto de su asignación. Le he dicho que el presupuesto de este mes está cerrado.
Alexander miró a Liam, quien bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada al hombre que ahora no solo era su tío, sino el dueño legal de su futuro.
—Fuera de aquí, Liam. Y si vuelves a entrar en el despacho de mi esposa sin invitación, te enviaré a la sucursal de los muelles en Alaska. Allí el frío te ayudará a refrescar las ideas.
Liam salió de la habitación casi corriendo. Alexander cerró la puerta y se giró hacia mí. Su mirada era intensa, cargada de una posesividad que me hizo temblar. Se acercó y me tomó por la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo.
—Lo has manejado bien —dijo, sus manos bajando por mis caderas con una firmeza que reclamaba cada centímetro de mi piel—. Pero me molesta que respire el mismo aire que tú.
—Es parte del castigo, Alexander —respondí, rodeando su cuello—. Tiene que estar cerca para ver lo que ha perdido. Tiene que vernos cada día.
Alexander me alzó y me sentó sobre el escritorio de caoba, apartando los documentos de la boda. En la penumbra de la tarde, mientras los últimos rayos de sol bañaban la estancia, él me recordó por qué nuestra alianza era mucho más que un contrato de conveniencia. No hubo palabras suaves, solo la urgencia de dos personas que habían encontrado en el otro su complemento perfecto de ambición y deseo. Sus manos sobre mi piel, la forma en que sus labios buscaban los míos, todo era una reafirmación de que yo era la reina de su mundo.
Mientras me perdía en su contacto, solo podía pensar en una cosa: Liam estaría en su habitación, solo, sabiendo que su "tía" estaba en los brazos del hombre al que más temía. Y esa era la mejor parte de mi nueva vida.
el silencio absoluto de la mansión, solo roto por el pulso acelerado de dos personas que habían decidido que el mundo sería suyo, costara lo que costara. El cambio de tablero era oficial. Luna ya no era la víctima; era la jugadora principal. Y el juego apenas estaba empezando.