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No Soy La Debilidad De Nadie.

No Soy La Debilidad De Nadie.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Aventura Urbana / Amor-odio
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas

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El peso de la oportunidad

: El peso de la oportunidad

El salón de actos de la Fundación Volkhov desprendía un lujo silencioso, de esos que no necesitan ostentación porque el poder se respira en cada detalle: las butacas de terciopelo granate, la tarima de roble macizo y el aire filtrado que olía a dinero viejo. Dimitri Volkhov, con la elegancia felina de quien nunca ha tenido que pedir nada, sostenía un sobre tras otro mientras pronunciaba los nombres de los veinte becarios. Eran estudiantes de bajos recursos, rostros que mezclaban nervios y esperanza, y entre ellos destacaban dos por una razón que aún ignoraban: eran amigos de Lorena. Jon Jairon, un colombiano de brazos marcados por el trabajo de camarero y los callos de las maquetas de arquitectura, recibió su beca con una mezcla de incredulidad y dignidad. A su lado, Meliz, la turca que pasaba las noches tras el mostrador de una clínica particular y las mañanas en la biblioteca, apenas pudo contener un sollozo cuando escuchó su nombre. Ambos compartían la misma carrera, el mismo cansancio y la misma excelencia académica que les había abierto esta puerta inesperada.

Dimitri los observó con una sonrisa medida, calculadora, como quien siembra semillas en tierra que aún desconoce. Pero no fue eso lo que heló la sangre de los presentes. Al terminar de entregar las becas, el magnate se volvió hacia la tercera fila, donde las gemelas Laura y Lorena permanecían sentadas junto a dos amigas más. «Para ustedes no tengo becas», dijo con un tono que podría interpretarse como un desafío o una broma, «tengo algo mejor: pasantías pagadas en mi oficina de proyectos especiales». Las gemelas intercambiaron una mirada que valía más que mil palabras.

Lorena sintió cómo el estómago se le encogía, porque sabía que Dimitri no regalaba nada sin esperar algo a cambio. A su derecha, la amiga colombiana estudiante de arquitectura apenas podía contener la emoción; a su izquierda, la compañera de Laura en administración de empresas ya soñaba con el currículum dorado. Pero Lorena, que conocía el precio de la ambición, solo atinó a preguntarse qué. Las gemelas intercambiaron una mirada que valía más que mil palabras. Lorena sintió cómo el estómago se le encogía, porque sabía que Dimitri no regalaba nada a nadie, sin esperar algo a cambio, pero la oferta era buena, no iba a darse el lujo de decir no, aprovecharia esa oportunidad al Máximo

Pero Lorena, que conocía el precio de la ambición, solo atinó a preguntarse qué demonios tramaba realmente Volkov. El aplauso llenó la sala, y entre el bullicio, Jon Jairon cruzó la mirada con Meliz. Ambos entendieron, sin decirse nada, que aquel día no solo recibían una ayuda económica: acababan de entrar en un tablero donde las piezas se movían solas bajo la sombra de Dimitri, sabian ademas que eso tenía un precio que se debia pagar llegado el.momento.

A la mañana siguiente, el cielo gris de Moscú parecía reflejar el vértigo en el estómago de los ocho becarios. Lorena, junto a sus amigos de arquitectura, Jon Jairon, Meliz y la colombiana Karla de carácter inquieto, cruzaron las puertas de vidrio y acero de Volkov Arquitectura, una empresa en Ascenso, una firma que llevaba el sello del oligarca en cada línea vanguardista de sus edificios.

El recibimiento fue quirúrgico: una recepcionista les entregó tarjetas magnéticas y un dossier que detallaba su plan de rotación. «Seis meses recorriendo cuatro departamentos: Infraestructura, Proyección Económica, Materiales Sostenibles y, por último, Diseño», leyó Jon con voz grave mientras sus dedos, aún acostumbrados a las bandejas del restaurante, repasaban el papel.

Meliz, en cambio, ya miraba el programa informático que les instalaron en las tabletas corporativas: un software de modelado paramétrico llamado «Ícaro», cuya interfaz mostraba proyectos reales de la compañía, con fechas de entrega, métricas de eficiencia y, al final de cada módulo, una evaluación que determinaría si seguían o no en la pasantía.

Lorena sintió que no era una práctica, sino un filtro. Al otro lado de la ciudad, en la torre gemela de Volkov Logística Global, Laura y su amiga Valentina, las estudiantes de administración de empresas, recibieron un trato idéntico pero con distinto código de colores. Su programa se llamaba «Hermes» y, en lugar de planos, les mostraba cadenas de suministro, rutas de optimización y balances de inventario en tiempo real. «Ustedes rotarán por Compras, Distribución, Almacenamiento y Control de Calidad», les informó un gerente de rostro impasible. «Al final de cada rotación, el sistema evalúa sus decisiones.

No hay segundas oportunidades». Laura apretó la tableta contra el pecho como si fuera un escudo. Ambas gemelas, sin saberlo, compartían la misma sensación de estar siendo medidas desde el primer clic. Jon, mientras tanto, ya había abierto el primer módulo de Ícaro y, al ver un proyecto de un centro cultural en ruinas que debían rehabilitar virtualmente, murmuró para sí: «Esto no es una pasantía, es una carrera de obstáculos». Y en su mirada, mezcla de miedo y determinación, se reflejaba la verdad que todos empezaban a comprender: los Volkov no formaban herederos, forjaban herramientas.

Cuando el reloj de la torre Volkov marcó las ocho de la noche, las gemelas Laura y Lorena apenas habían logrado intercambiar tres mensajes de texto. Ambas estaban agotadas, pero no tanto por el trabajo sino por la tensión de saberse observadas. Justo cuando recogían sus pertenencias en el vestíbulo de Arquitectura & Ascenso, un asistente de corbata impecable se acercó con una leve reverencia: «El señor Volkov las espera en su oficina privada». El ascensor panorámico subió en silencio hasta la última planta, y al salir, las gemelas se encontraron con un despacho de paredes acristaladas que ofrecía una vista de 360 grados sobre el río Moscova. Dimitri estaba detrás de su escritorio, con las mangas de la camisa arremangadas y un vaso de whisky en la mano, pero lo primero que hizo al verlas fue dejar la copa y fruncir el ceño con una preocupación que parecía auténtica.

«Siéntense», dijo señalando dos butacas de piel. «Antes de que se vayan, necesito saber: ¿cómo está Olga?». El nombre de su madre heló la espalda de Lorena. Hacía semanas que se recuperaba de su intervención quirúrgica. «Está estable, gracias», respondió Laura con voz firme, aunque sus manos temblaban. Dimitri asintió, como si estuviera tomando nota mental, y luego esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Me alegra.

Y ya que es tarde y Moscú es peligrosa a estas horas, permítanme llevarlas a casa. Mi coche está abajo. Lorena iba a negarse por instinto, pero las palabras se le atragantaron cuando la puerta del despacho se abrió de golpe. Allí, apoyado en el marco con una chaqueta de cuero negra y una sonrisa afilada como un cuchillo, apareció Alexander Lombardi. No saludó a Dimitri, ni siquiera lo miró. Sus ojos grises se clavaron directamente en las gemelas. «No hará falta, Volkhov», dijo con un acento que mezclaba el italiano y el ruso en una cadencia peligrosa. «Yo me encargo de llevarlas a casa».

Dimitri apretó la mandíbula, pero antes de que pudiera replicar, Alexander ya había tomado a Laura del brazo con una familiaridad que resultaba amenazadora. «Después de todo», añadió Lombardi mientras guiaba a las dos hermanas hacia el ascensor, «las oportunidades se agradecen, pero la familia… la familia no se negocia». La última imagen que tuvo Lorena antes de que las puertas se cerraran fue la de Dimitri Volkov, solo en su torre de cristal, apretando el puño alrededor de su vaso de whisky. Y en ese silencio roto solo por el zumbido del ascensor, supo que acababan de caer en una guerra que no habían elegido.

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