En un valle oculto por la magia de las hadas, una loba blanca destinada a un matrimonio impuesto encuentra a un lobo negro moribundo cuyo olor despierta en ella la certeza de haber hallado a su verdadero amor. Juntos desafiarán a un tirano, unirán dos manadas separadas por siglos de mentiras y demostrarán que ni la distancia, ni la guerra, ni la muerte pueden contra el poder de los destinados por la Diosa Luna.
Una historia de amor imposible, magia ancestral, pasión y rebeldía que te hará creer en el destino.
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capitulo 21
Tres días llevaban caminando.
El Paso de las Águilas era una ruta traicionera, un angosto sendero tallado en la roca viva, con precipicios a ambos lados y un viento helado que cortaba la piel. Los lobos avanzaban en silencio, pegados a la pared, con las hadas iluminando el camino en la oscuridad.
Luna iba al frente, con la mirada fija en el horizonte. No había dormido desde que partieron. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Noche encadenado, herido, solo.
—Tienes que descansar
dijo su madre, alcanzándola.
—No servirás de nada si llegas muerta de agotamiento.
—No puedo, mamá. Cada minuto que pasa...
—Lo sé. Pero tu padre y yo estamos aquí. Los guerreros están aquí. No estás sola.
Luna la miró y vio en sus ojos el mismo miedo que sentía ella. Miedo a perder a un ser querido. Miedo a no llegar a tiempo.
—¿Crees que lo encontraremos?
preguntó en voz baja.
—Sí
respondió su madre sin dudar
—Porque tú lo encontrarás. Porque el amor que sientes por él es más fuerte que cualquier montaña, que cualquier ejército, que cualquier maldición.
Luna sonrió débilmente.
—Gracias, mamá.
—No me des las gracias. Solo prométeme que cuando lo encuentres, serás cuidadosa. No hagas locuras.
—No puedo prometer eso.
Su madre rió, un sonido cálido en medio del frío.
—Eres más hija mía de lo que crees.
Siguieron caminando.
Al atardecer del tercer día, llegaron a la cima del paso.
Desde allí, podían ver el valle de los lobos grises. Era un lugar oscuro, cubierto de niebla, con hogueras que brillaban como ojos de demonios en la penumbra. En el centro, un campamento enorme, lleno de tiendas y guerreros.
Y en lo alto de una torre de madera, una jaula.
Luna contuvo el aliento.
Dentro de la jaula, un lobo negro yacía inmóvil.
—Night...
susurró.
Su padre se colocó a su lado.
—Es una fortaleza. No podemos atacar directamente. Nos matarían.
—Lo sé.
—Necesitamos un plan.
Luna asintió, pero su mirada no se apartaba de la jaula.
—Luma —llamó.
La hada apareció a su lado.
—Dime.
—¿Puedes enviar un mensaje a Night? ¿Hacerle saber que estamos aquí?
Luma cerró los ojos un momento.
—Está muy débil
dijo.
—Pero lo intentaré.
Pasaron largos minutos de silencio. Luego, Luma sonrió.
—Lo sabe. Dice... dice que te quiere. Y que no hagas locuras.
Luna sonrió con lágrimas en los ojos.
—Demasiado tarde.
Se volvió hacia los guerreros.
—Escuchen. Esta noche, cuando la luna esté en lo más alto, yo entraré sola al campamento.
—¿Sola?
protestó su padre.
—Estás loca.
—Es la única manera. Si vamos todos, nos verán. Si voy sola, puedo pasar desapercibida. Las hadas me ayudarán a esconderme.
—¿Y qué harás cuando llegues a la jaula?
—Liberarlo. Y luego huir. ustedes estaran esperando en el borde del campamento. Cuando vean la señal, atacan. Crearemos confusión y escaparemos.
—¿Y si no sale bien?
Luna miró a su padre directamente a los ojos.
—Saldrá bien. Tiene que salir bien.
La noche cayó sobre el valle como un manto oscuro.
Luna esperó, oculta tras unas rocas, hasta que la luna estuvo en lo más alto. Luego, con la ayuda de las hadas que velaban su presencia, se deslizó hacia el campamento.
Era como moverse entre sombras. Los guardias pasaban cerca sin verla. Las hogueras crepitaban sin delatarla. El viento soplaba sin descubrir su olor.
Llegó a la torre.
La jaula estaba a diez metros de altura, sujeta por gruesas cuerdas. Night yacía en su interior, con el pelaje sucio de sangre y barro.
—Night...
susurró.
Él levantó la cabeza lentamente. Sus ojos dorados, apagados por el sufrimiento, se iluminaron al verla.
—Luna
dijo con voz ronca.
—No deberías estar aquí.
—Siemora debo estar donde tú estás
respondió ella, empezando a trepar por la torre.
—Es una trampa. Lo saben. Te están esperando.
—Lo sé.
—¿Y aún así viniste?
—Siempre.
Luna alcanzó la jaula y, con una daga que le había dado Eborio, cortó el candado. La puerta se abrió con un chirrido.
—Vamos
dijo, tendiéndole la mano.
—Es hora de irse a casa.
Night la tomó y salió de la jaula. Estaba débil, apenas podía mantenerse en pie, pero juntos comenzaron a descender.
Fue entonces cuando las antorchas se encendieron.
Decenas. Cientos. Todo el campamento se iluminó de repente.
Y una voz retumbó en la noche:
—¡Sabía que vendrías, loba blanca!
Un lobo enorme, más grande que cualquier otro, apareció frente a la torre. Su pelaje era gris como la ceniza, y sus ojos rojos como la sangre.
El Alfa de los lobos grises.
—Has caído en mi trampa
dijo, riendo.
—Y ahora los tengo a los dos.
Luna miró a Night. y el la miró a ella.
Y entonces, Luna sonrió.
—¿Seguro?
En ese momento, un aullido desgarró la noche. Luego otro. Luego cien.
Los lobos blancos y negros cargaban contra el campamento.
La batalla había comenzado.
Continuará...