Morí siendo una escritora de novelas mediocres…
solo para despertar dentro de la peor de mis historias.
Ahora soy Ciel Rousla, la “princesa tonta”: hermosa, ingenua… y destinada a ser traicionada y devorada por bestias.
En la historia original, confiaba ciegamente en su “amable” hermana, la hija ilegítima que todos adoraban, mientras tres poderosos prometidos la controlaban bajo la excusa de protegerla… hasta abandonarla en su peor momento.
Pero esta vez es diferente.
Yo conozco el final.
Sé quién me manipula.
Sé quién me traicionará.
Y sé que cada sonrisa a mi alrededor… es una mentira.
Ya no seré la princesa ingenua.
Aunque tenga que enfrentar a la “santa”, romper mis propios lazos y cambiar todo lo que escribí…
Voy a sobrevivir en este mundo bestia
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Capítulo 6: El peso de los siete anillos
El llamado de la reina no era algo que pudiera ignorarse.
avanze por el ala interna del palacio.
Más profunda.
Más silenciosa.
Ese lugar no era para cualquiera.
Era donde el poder real… decidía.
Y entonces—
lo sintió.
No fue un sonido.
No fue una voz.
Fue peso.
El aire se volvió denso.
Como si algo invisible presionara todo a su alrededor.
Los guardias bajaron la cabeza.
No por respeto.
Por instinto.
La princesa se detuvo apenas un segundo.
Y levantó la mirada.
Ahí estaba.
De pie.
Inmóvil.
Siete anillos.
No brillaban.
No necesitaban hacerlo.
Su presencia era suficiente.
Aurelion Varek.
Comandante de los Anillos Reales.
El tipo de hombre que no necesitaba imponerse…
porque ya lo era.
Sus ojos se posaron en ella.
No había desprecio.
No había respeto.
Solo análisis.
Como si comparara lo que veía…
con lo que recordaba.
Y no coincidiera.
—“…Princesa.”
Su voz fue baja.
Firme.
—“…Comandante.”
Silencio.
—“…Ha cambiado.”
No fue una pregunta.
—“…Eso dicen.”
Aurelion no reaccionó.
Pero su mirada…
se afiló.
Interés.
—“La reina la espera.”
La puerta se abrió.
Dentro…
mapas.
Marcas oscuras.
Zonas contaminadas.
Las bestias.
No eran simples criaturas.
Eran el resultado de una corrupción que deformaba todo.
Seres inestables.
Peligrosos.
Y solo unos pocos podían enfrentarlas.
Los portadores de anillos.
—“El imperio no puede permitirse debilidad.”
dijo la reina sin mirarla.
La princesa observó el mapa.
Y entendió algo más grande.
Esto no era solo política.
Era supervivencia.
—“…Por eso gobiernan las mujeres.”
Silencio.
La reina la miró.
—“Porque solo ellas pueden sostener el linaje.”
Pausa.
—“La fertilidad no es un privilegio aquí.”
Más frío.
—“…es una responsabilidad.”
Los hombres bestia existían.
Fuertes.
Valiosos.
Pero pocos.
Y aún menos…
capaces de sostener el equilibrio.
—“Si quieres este trono…”
Silencio.
—“…demuestra que puedes sostenerlo.”
La princesa sostuvo su mirada.
Y esta vez…
no dudó.
—“…Lo haré.”
Desde la entrada…
Aurelion observaba.
En silencio.
Pero con una certeza nueva:
—“…No es la misma.”
Y eso…
lo cambiaba todo.
La mañana siguiente llegó… más silenciosa de lo normal.
Pero no tranquila.
El palacio no olvidaba rápido.
Y lo ocurrido en la fiesta de té ya había comenzado a transformarse en algo más peligroso que el escándalo:
opinión.
—“La segunda princesa…”
—“¿Siempre fue así?”
—“No lo habíamos notado…”
Los rumores no gritaban.
Susurraban.
Y eso los hacía más persistentes.
La princesa caminó por el pasillo principal sin apresurarse.
Las miradas seguían ahí.
Pero ya no eran iguales.
Antes estaban llenas de juicio.
Ahora…
de duda.
—“…Cambia rápido el interés.”
No era sorpresa.
Era confirmación.
—“Princesa.”
Un mensajero se inclinó ante ella.
—“Una invitación.”
El sobre era elegante.
Pesado.
Importante.
La princesa lo abrió.
Sus ojos recorrieron el contenido con calma.
La duquesa.
Una celebración privada.
El nacimiento de sus hijos.
Tres días.
Ni inmediato.
Ni lejano.
Perfecto.
—“…Así que decides aparecer.”
murmuró en voz baja.
No era una simple invitación.
Era una señal.
La duquesa no había caído.
Había esperado.
Y ahora…
movía su pieza.
—“…Esto no será social.”
—“Nunca lo es.”
El soldado estaba a su lado.
Como si siempre hubiera estado allí.
—“…¿Irás?”
—“…Sí.”
Porque entendía algo clave:
los eventos más elegantes…
eran los más peligrosos.
El primer día pasó en silencio.
La princesa no provocó.
No respondió.
No reaccionó.
Observó.
Quién hablaba demasiado.
Quién la evitaba.
Quién empezaba a cambiar de postura.
Y quién…
seguía igual.
Elira.
Demasiado tranquila.
—“…Eso es lo preocupante.”
El segundo día…
no fue silencioso.
—“Princesa.”
Aurelion Varek apareció sin aviso.
Como siempre.
Su presencia no necesitaba anunciarse.
Siete anillos.
Peso.
Control.
—“…Comandante.”
—“…La invitación.”
—“…Iré.”
—“…Lo sé.”
Silencio.
—“…No será simple.”
—“…Nunca lo son.”
Sus miradas se cruzaron.
—“…Sigues siendo inestable.”
Directo.
—“…Pero ya no eres predecible.”
Eso…
no era una crítica.
Era reconocimiento.
Pequeño.
Pero real.
Antes de irse, añadió:
—“…No falles.”
No fue una orden.
Fue una advertencia.
El tercer día…
todo estaba listo.
Vestido.
Información.
Posibles escenarios.
Pero la princesa se detuvo.
—“…Hoy no.”
No como princesa.
No como heredera.
Solo…
como ella.
La cocina estaba tranquila.
Cálida.
Real.
Muy distinta al resto del palacio.
Los sirvientes dudaron al verla.
—“…No se preocupen.”
dijo con suavidad.
—“…solo quiero usar el espacio.”
Y nadie la detuvo.
Harina.
Leche.
Huevo.
Movimientos simples.
Torpes al inicio.
Pero conocidos.
Una habitación pequeña.
Una pantalla encendida.
Palabras que no fluían.
—“¿Otra vez no hiciste nada útil?”
Silencio.
No era que no hiciera nada.
Escribía.
Pero para ellos…
no era suficiente.
No valía.
—“…Deberías hacer algo de verdad.”
Las palabras dolían.
Pero aún así…
seguía escribiendo.
Porque era lo único que sentía suyo.
Otro recuerdo.
Más pesado.
Contratos.
Presión.
—“Solo escribe lo que te pedimos.”
Dinero.
Exigencias.
Historias vacías.
—“…Esto no es lo que quiero…”
Pero no podía parar.
Porque no tenía apoyo.
Porque estaba sola.
Porque el estrés…
la consumía.
El presente volvió.
El primer panqueque quedó listo.
Dorado.
Imperfecto.
Real.
—“…Esto es mío.”
Le añadió miel.
Probó.
Y por primera vez desde que llegó a ese mundo…
sonrió.
—“¿Siempre comes así escondida?”
La voz fue ligera.
Flora.
Entró como si no hubiera reglas que la detuvieran.
—“Pensé que era un rumor.”
Tomó un panqueque sin pedir permiso.
—“…Esto está bueno.”
Natural.
Sin fingir.
—“…Has cambiado.”
—“…Eso dicen.”
—“No.”
sonrió.
—“…yo lo estoy viendo.”
Silencio.
—“…Antes no te habría hablado así.”
—“…Lo sé.”
—“…y ahora no tengo problema.”
Ligera.
Pero observadora.
—“…No creo en lo que dicen.”
añadió.
—“…creo en lo que veo.”
Eso…
la hizo diferente.
—“…Entonces quédate.”
—“Claro.”
Sin drama.
Sin formalidades.
El soldado observaba.
Más atento.
Aurelion también.
Desde la distancia.
—“…Otra variable.”
—“…Tres días…”
dijo Flora.
—“…te ayudaré a no arruinar todo.”
—“…Qué considerada.”
—“…Lo soy.”
Sonrió.
Cuando la princesa salió de la cocina…
algo había cambiado.
No en el palacio.
En ella.
Su pasado no desaparecía.
Pero ya no la controlaba.
—“…Ahora decido yo.”
A lo lejos…
Elira observaba.
Sus manos estaban tensas.
Su sonrisa…
había desaparecido.
—“…No se quedará así…”
Esta vez…
no habría errores.
Y en otro punto del palacio…
Aurelion habló en voz baja:
—“…Si esto es real…”
Pausa.
—“…entonces el equilibrio cambiará.”
Porque la princesa…
ya no era una pieza.
Ahora…
jugaba.