Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.
NovelToon tiene autorización de Fenty fuentes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
donde la luz se quiebra
capitulo 6:
Valeria no pudo pegar ojo. La imagen de las fotos de Adrián y el nombre de la cuenta de Julián, "Gomitas Dulces", daban vueltas en su cabeza como un veneno lento. Cada vez que cerraba los párpados, veía la caligrafía de la nota de Adrián desafiándola a salir de su jaula de cristal. Necesitaba respuestas, pero sobre todo, necesitaba sentir algo que no fuera el asco profundo que le provocaba el aire viciado y artificial del Penthouse. Ese lugar, que alguna vez llamó hogar, ahora se sentía como una morgue de mármol.
Siguiendo las coordenadas de la nota, Valeria llegó a un club privado en el Lower East Side. Era un rincón del mundo donde el lujo se volvía clandestino y el anonimato era la única moneda de cambio aceptada. El letrero de neón, un tono carmín casi sangriento, parpadeaba justo donde la calle terminaba en un callejón sin salida, proyectando sombras largas sobre el pavimento húmedo. —"Donde la luz se quiebra" —murmuró para sí misma, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento de la ciudad.
Al cruzar el umbral, el ambiente la golpeó como una ola física: denso, cargado de perfume caro, humo de tabaco premium y un jazz lento que parecía vibrar directamente en sus huesos. Lo vio al fondo, en una mesa apartada por una pesada cortina de terciopelo que separaba a los mortales de los condenados. Adrián no se sorprendió al verla; simplemente apartó su vaso de cristal con un movimiento elegante y la recorrió con una mirada que la desnudó antes de que ella pudiera articular una sola palabra.
—Viniste —dijo él. Su voz no era una pregunta, sino una sentencia. Era una caricia áspera que le recorrió la columna, despertando zonas de su cuerpo que ella creía muertas bajo los años de indiferencia de Julián.
—Me estuviste espiando, Adrián. En mi lugar más sagrado —Valeria lanzó las fotos sobre la mesa. Su respiración era errática, una mezcla de furia ciega y una atracción que la aterraba—. ¿Cómo entraste ahí? ¿Qué derecho tienes a invadir mi privacidad?
Adrián se inclinó hacia delante, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo oler el sándalo y el whisky en su piel. Bajo la luz roja del local, sus ojos parecían dos carbones encendidos.
—No te espiaba, Valeria. Te observaba. Hay una diferencia vital. Julián te ve como un trofeo para exhibir en cenas de negocios, una joya que guarda en una caja fuerte; yo te veo como el incendio que eres y que él intenta apagar cada noche con su mediocridad.
Él extendió la mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el dorso de sus dedos con los de ella. El contacto fue eléctrico, una descarga que hizo que Valeria olvidara por un segundo las Islas Caimán, las cuentas fantasmales y las traiciones de su marido. Sin mediar palabra, él se levantó y la guio hacia una puerta trasera, lejos de las miradas curiosas.
El pasillo era estrecho, con paredes de piedra fría que olían a humedad y secretos compartidos. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, el silencio fue absoluto. Adrián la detuvo en seco, acorralándola contra el muro rugoso. El contraste entre el frío de la piedra a su espalda y el calor abrasador del cuerpo de él era insoportable, una tortura deliciosa.
—¿Qué quieres de mí? —susurró ella, aunque sus manos ya buscaban el cuello de la camisa de él con una urgencia que no reconocía en sí misma.
—Lo mismo que tú quieres de ese lienzo del desconocido —respondió él, su boca a milímetros de la de ella—. Quieres dejar de ser la esposa perfecta para ser, por fin, la mujer que desea sin pedir perdón.
Adrián no esperó más. La besó con una ferocidad que le robó el aliento, un beso que no pedía permiso, sino que reclamaba territorio conquistado. Sabía a rebelión y a peligro. Valeria se aferró a sus hombros, hundiéndole las uñas a través de la tela de su camisa, buscando un anclaje en medio del torbellino que amenazaba con devorarla. Él la levantó sin esfuerzo, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura, fusionándolos en un abrazo desesperado mientras sus manos expertas bajaban por su espalda, deshaciendo la cremallera de su vestido con una precisión quirúrgica que la hizo gemir contra sus labios.
El vestido de seda resbaló por sus hombros, cayendo al suelo como una piel muerta de la que Valeria se despojaba con alivio. Adrián bajó el rastro de sus besos desde su mandíbula hasta la curva del cuello, succionando la piel con una intensidad que la hizo arquearse.
—Mírame —ordenó él, su voz vibrando contra su pecho—. Di que no es a él a quien buscas cuando cierras los ojos por la noche.
—No es él... nunca ha sido él —confesó ella con la voz quebrada.
Entraron en una habitación privada al final del corredor, un espacio de sombras y madera oscura. Adrián despejó de un manotazo la mesa que presidía el cuarto; el estruendo del cristal de los vasos rompiéndose contra el suelo fue el disparo de salida para un deseo que ya no conocía límites. La empujó contra la superficie de madera, situándose entre sus piernas mientras sus manos se hundían con fuerza en la carne de sus muslos, marcando su posesión.
—Llevo deseando romperte esa fachada desde el primer segundo —gruñó él, reclamando sus pechos con una voracidad salvaje. Sus dientes rozaban la piel con la presión justa para provocar un placer que bordeaba el dolor, disparando la adrenalina de Valeria.
Ella enredó sus dedos en el cabello de Adrián, tirando de él para obligarlo a mirarla mientras buscaba con desesperación la hebilla de su cinturón. El sonido del metal al soltarse fue como música para sus oídos. Necesitaba que el vacío emocional que Julián había excavado durante una década fuera llenado por la tormenta que era este hombre. Sin previo aviso, él la giró, presionando su pecho contra la madera fría y sujetando sus muñecas por encima de su cabeza.
—¿Quieres libertad? —le susurró al oído, su aliento quemándole la piel—. La libertad duele, Valeria. Y quema más que cualquier infierno.
Él exploró cada rincón de su anatomía con una audacia descarada antes de poseerla con una fuerza que la dejó sin aliento. Fue una colisión de fuerzas, un ritmo frenético que buscaba mucho más que el simple placer; buscaba la destrucción de todo lo que ella había sido hasta ese momento. Valeria se entregó a cada embestida con una ferocidad que rivalizaba con la de él, reclamando cada movimiento como su primer acto de libertad verdadera. Sus gemidos ya no eran discretos; llenaban la habitación, mezclándose con el aroma a whisky, sándalo y traición. En ese instante, Valeria se rompió por completo, dejando que las astillas de su antigua vida fueran incineradas por el fuego insaciable de Adrián, mientras el imperio de papel de Julián se desmoronaba en la distancia.