"Daniela lo entregó todo por amor: tres años de matrimonio, sacrificios infinitos y una devoción ciega.
El día que decidió contarle a Alejandro que estaba embarazada, él le pidió el divorcio sin piedad, confesando que nunca la había amado de verdad y que se casaría con Camila, la mujer que realmente merecía estar a su lado.
Humillada, rota y sin nada, Daniela firmó los papeles y desapareció.
Cinco años después, la mujer que Alejandro descartó como si fuera basura regresa convertida en una de las empresarias más poderosas y despiadadas del país.
Ahora es Alejandro quien suplica, quien se arrodilla, quien descubre demasiado tarde que la esposa que abandonó se ha convertido en su peor pesadilla.
La venganza de Daniela apenas comienza… y será tan fría como el día en que él la destrozó."
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La reunión con Rafael
A la mañana siguiente, Daniela se despertó temprano en su suite presidencial. El sol del Caribe entraba por las grandes ventanas, iluminando el elegante salón. Se preparó con cuidado: un traje sastre blanco impecable de su propia colección, cabello recogido en un moño bajo sofisticado y maquillaje sutil pero impactante. Quería proyectar poder, profesionalismo y un toque de feminidad letal.
A las diez en punto, bajó al restaurante privado del hotel donde había reservado una sala de reuniones exclusiva. Rafael Mendoza ya la esperaba, sentado a la cabecera de la larga mesa de caoba. Vestía un traje gris oscuro que le sentaba perfectamente y, al verla entrar, se puso de pie con una sonrisa cálida.
— Puntual y espectacular, como esperaba — dijo él, extendiéndole la mano.
Daniela la estrechó con firmeza.
— Los negocios no esperan, señor Mendoza.
Se sentaron frente a frente. Sobre la mesa ya estaban los contratos preliminares, muestras de telas de Éclat Luxe y un portafolio con los diseños exclusivos que Daniela había preparado para hoteles boutique.
Rafael fue directo al grano.
— Revisé los números anoche. Tu propuesta es excelente. La calidad de tus productos supera con creces lo que actualmente usan los Montalvo. Si firmamos hoy, puedo garantizarte el contrato de ocho millones y una cláusula de exclusividad por tres años. Además, te ofrezco un bono inicial de un millón si entregas la primera colección en noventa días.
Daniela hojeó los documentos con calma. La oferta era aún mejor de lo que había imaginado. Firmar con Mendoza Holdings significaría un golpe directo al imperio de Alejandro: perderían un proveedor clave y verían cómo su rival ganaba terreno en el sector lujo.
— Es una propuesta tentadora — admitió ella—. Pero quiero agregar dos condiciones.
Rafael levantó una ceja, divertido.
— Dime.
— Primera: ninguna de mis creaciones se usará en los hoteles Montalvo mientras yo sea la proveedora. Si ellos quieren mis diseños, tendrán que negociar directamente conmigo… y mi precio será mucho más alto.
Rafael sonrió con aprobación.
— Aceptado. ¿La segunda?
Daniela lo miró fijamente.
— Quiero que me des información privilegiada sobre los próximos proyectos de los Montalvo. No necesito detalles ilegales, solo lo que puedas compartir como competidor. Quiero saber dónde planean expandirse para poder adelantarme.
Rafael se recostó en su silla, observándola con admiración y un toque de cautela.
— Eres peligrosa, Daniela. Me gusta. Acepto ambas condiciones. Pero déjame advertirte algo: Alejandro no se va a quedar de brazos cruzados. Anoche lo vi desesperado. Te buscará. Y su madre es capaz de cualquier cosa cuando se siente amenazada.
— Lo sé — respondió ella con frialdad—. Estoy preparada.
Firmaron los contratos allí mismo. Cuando las plumas tocaron el papel, Daniela sintió una oleada de satisfacción. El primer golpe grande estaba dado.
Al terminar la reunión, Rafael no se levantó inmediatamente. En cambio, la miró con interés genuino.
— Ahora que los negocios están cerrados… ¿puedo invitarte a cenar esta noche? No como socio, sino como hombre que admira a la mujer que tiene frente a él.
Daniela dudó un segundo. Rafael era atractivo, inteligente y, sobre todo, respetuoso. No presionaba. No suplicaba. Simplemente ofrecía.
— Una cena — aceptó finalmente—. Pero solo como dos personas conociéndose. Nada más por ahora.
Rafael sonrió, satisfecho.
— Me parece perfecto. Pasaré por ti a las ocho.
Cuando Daniela salió de la sala de reuniones, su asistente Laura la esperaba con noticias.
— Señora, recibió una llamada del señor Alejandro Montalvo. Insiste en verla hoy. Dice que es urgente.
Daniela sonrió con ironía.
— Dile que mi agenda está llena. Si quiere verme, que solicite una cita formal como cualquier otro empresario. Y envía una copia del contrato firmado con Mendoza Holdings a la oficina de los Montalvo. Que se enteren cuanto antes.
Laura asintió y se retiró.
Mientras subía en el ascensor hacia su suite, el teléfono de Daniela vibró. Era un mensaje de Alejandro:
“Daniela, por favor. Necesito hablar contigo. Lo que pasó anoche no puede quedar así. Dame solo una oportunidad para explicarme. Te espero en el café del hotel a las 3 pm.”
Ella leyó el mensaje dos veces. Luego tecleó una respuesta corta y fría:
“No tengo nada que hablar contigo en privado. Si es sobre negocios, contacta a mi equipo. Si es personal, ya es demasiado tarde.”
Envió el mensaje y bloqueó el número temporalmente.
Al entrar en su suite, se quitó los tacones y se dejó caer en el sofá. Por primera vez en años, permitió que una lágrima solitaria escapara. No era de tristeza. Era de liberación.
— Ya no soy tuya, Alejandro — susurró—. Ahora soy mía.
Pero en el fondo sabía que la guerra apenas comenzaba.
Doña Elena y Camila no se quedarían quietas.
Y Alejandro… empezaba a darse cuenta de lo que había perdido.