📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 19: El eco de los gritos
Así pasamos meses Julián y yo. Nuestra vida se resumía en el brillo de una pantalla, hablando todos los días por videollamada o mensajes. Me escribía fielmente por la mañana, apenas el sol entraba por mi ventana; al mediodía, dándome fuerzas para terminar la jornada, y en la noche, para cerrar el día con su voz. Pasábamos horas sumergidos en nuestras historias hasta que el cansancio nos vencía y alguno empezaba a bostezar. Casi siempre, la primera en hacerlo era yo, y él se reía en voz baja, un sonido que me hacía sentir segura, aunque estuviéramos a kilómetros de distancia.
A pesar de esa conexión, aún no nos habíamos visto en persona. Había algo dentro de mí, una barrera invisible, que me decía que no estaba lista. No me sentía capaz de sostener su mirada sin el filtro de una cámara; de lo contrario, ya lo habría buscado hace mucho tiempo.
Esa mañana, al llegar a la fábrica, la burbuja de calma se reventó con la violencia de un cristal roto. Ni siquiera pude dejar mi bolso cuando la voz de la supervisora, más aguda de lo normal, nos ordenó ir directamente a la sala de juntas. El jefe ya estaba allí. Su rostro estaba encendido, de un tono rojizo que nunca le había visto, y la supervisora ni siquiera se atrevía a mirarnos.
Entramos en un silencio sepulcral, el tipo de silencio que precede a una tormenta. El jefe empezó a hablar sin siquiera devolvernos el saludo.
—¿Tienen idea de la magnitud del desastre? —bramó, descargando un puño sobre la mesa de madera—. ¿Cómo es posible que se vaya un lote completo de zapatos sin precintos ni etiquetas? ¡Y para colmo, sucios! Parece que los hubieran arrastrado por el piso antes de encajarlos.
Nos miramos las caras, buscando un culpable entre nosotros. Los encargados de despacho estaban pálidos.
—¿Saben la multa que debo pagar por esto? ¡No tienen la menor idea! Ustedes solo saben joderla. ¿Cómo es posible que la costura esté tan mala que se abra con solo tocarla? ¡Es una vergüenza! —gritó, señalando una de las cajas abiertas que estaban en el rincón.
Bajé la cabeza instintivamente. Sentí un frío punzante en el estómago porque esa es mi área: el acabado y la costura. Mi mente empezó a trabajar a mil por hora, repasando cada par de zapatos que pasó por mis manos la semana pasada. ¿Había sido yo? ¿O quizás fue el turno de la tarde? La duda es una tortura cuando el jefe está fuera de sí.
—¡El zapato sale manchado de pega amarilla y blanca! —continuó, su voz ya ronca de tanto gritar—. ¡La producción está por el suelo! Ah, pero cuando llega el día de cobro, todo el mundo exige su paga completa, sin descuentos y con puntualidad. ¡Son unos cínicos!
Pasamos casi dos horas bajo ese bombardeo de insultos y reproches. El aire en la sala se sentía pesado, escaso. Finalmente, antes de expulsarnos de allí, soltó la frase que nos dejó una marca de ansiedad en el pecho:
—Van a cambiar muchas cosas aquí. Se acabaron las consideraciones. No los quiero llorando cuando empiecen a ver las nuevas medidas. ¡Vuelvan a su puesto de trabajo ahora mismo!
Salimos de la sala en absoluto silencio. Ya no había risas en los pasillos ni comentarios sobre el fin de semana. Al sentarme frente a mi máquina, el ruido de los motores se sentía más fuerte que nunca. Empezamos a trabajar como robots, con la mirada fija en el material, sin atrevernos a cruzar una palabra.
Sentí el celular vibrar en mi bolsillo. Sabía que era Julián, probablemente preguntando cómo iba mi mañana. Pero por primera vez en meses, no me atreví a sacarlo. El miedo a que el jefe me viera y cumpliera sus amenazas era más fuerte que mis ganas de leerlo. Tenía las manos temblorosas y la pega blanca sobre la mesa me parecía una condena.