los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)
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XVII. Frammento di uno specchio d'acciaio.
Clara Veraldi: (madre de alessandra y de los gemelos. Mujer de alessio)
La mansión siempre guardaba un silencio sepulcral después de la medianoche, un silencio que yo misma había cultivado durante décadas para proteger el descanso de mi familia. Pero esta noche, el aire se sentía distinto. Había una presión atmosférica, una pesadez eléctrica que me hizo salir de mi habitación antes de que el primer grito rompiera la calma. Caminé por el pasillo de mármol, mis pasos apenas audibles, hasta que llegué a las puertas dobles del despacho de mi marido.
Al entrar, la escena me heló la sangre. Alessio, el hombre que ha mantenido el equilibrio de poder en toda Italia con un simple movimiento de cabeza, estaba inclinado sobre su escritorio. Su rostro, habitualmente una máscara de bronce e indiferencia, estaba desencajado. Tenía el teléfono pegado a la oreja con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Tranquila, mi vida... respira conmigo. Alessandra, escúchame, mírame aunque no estés aquí. Papá está contigo —decía él, con una voz tan suave, tan cargada de una ternura desesperada que sentí un escalofrío. Pero esa suavidad era una mentira necesaria, porque en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, su expresión cambió a una de furia y pánico—. ¡CLARA! ¡LLAMA A LOS GEMELOS AHORA! ¡VAYAN AL EDIFICIO DE SEGURIDAD DEL SECTOR CUATRO! ¡MUÉVANSE!
—¡Alessio, qué pasa! —grité, retrocediendo ante el impacto de su voz.
—¡ENZO! ¡MATTEO! ¡AQUÍ, AHORA! —rugió él hacia el pasillo, ignorando mi pregunta.
En cuestión de segundos, los gemelos aparecieron en el umbral, todavía con ropa de dormir, con los ojos nublados por el sueño que se disipó al ver el estado de su padre. Enzo dio un paso adelante, apretando los puños.
—¿Qué pasa, viejo? ¿Quién nos atacó? —preguntó Enzo, su voz cargada de esa violencia que siempre estaba a flor de piel.
Alessio no respondió. Con manos temblorosas, colocó el teléfono sobre el escritorio y activó el altavoz. El sonido que llenó la habitación no fue el de un ataque, ni el de disparos, ni el de una amenaza externa. Fue algo mucho más devastador.
Fue el sonido de la destrucción de mi hija.
—P-papà... no puedo... no entra el aire... —la voz de Alessandra era un despojo de lo que solía ser. No era la General. No era mi hija fuerte y masculina. Era una niña pequeña ahogándose en su propio dolor. El sonido era afónico, como si sus cuerdas vocales se hubieran desgarrado de tanto gritar en silencio—. Me dijo... me dijo que soy un monstruo... que ojalá me hubiera muerto...
El llanto que siguió fue un jadeo rítmico, un esfuerzo agónico por inhalar que terminaba en un sollozo seco que parecía romperle el pecho. Podía escuchar el roce de su ropa contra el asfalto, el sonido del viento del estacionamiento golpeando el micrófono.
—Me duele, mamá... me duele el corazón... parece que se está rompiendo de verdad... —gimió ella, llamándome sin saber que yo estaba escuchando.
Me llevé las manos a la boca, sintiendo las lágrimas calientes desbordar mis ojos. Matteo, el calculador, el frío, se apoyó contra la pared, cerrando los ojos con fuerza mientras su mandíbula temblaba. Enzo, por el contrario, golpeó la estantería de libros con un rugido de rabia pura.
—¡¿Quién fue?! —gritó Enzo hacia el teléfono—. ¡Dime quién te hizo esto, Ale! ¡La voy a matar! ¡Voy a quemar el mundo por ti!
—No... Enzo, no... —la voz de Alessandra se quebró en un sollozo más profundo—. Ella tiene razón... somos el veneno... yo soy el veneno...
Alessio nos miró, y por primera vez en treinta años, vi miedo real en los ojos del patriarca Veraldi. No miedo a la policía, ni a la muerte, sino miedo a perder la cordura de su primogénita.
—¡Vayan! ¡Llévenla a casa! —ordenó Alessio, su voz quebrada—. ¡No dejen que se quede en ese suelo! ¡Traigan a mi hija de vuelta antes de que se termine de romper!
Salimos del despacho como una ráfaga de sombras. Corrimos hacia los coches, con el sonido de los jadeos de Alessandra todavía resonando en nuestros oídos a través del sistema de radio que Alessio mantuvo conectado. Mientras conducíamos a toda velocidad por las calles de Milán, yo solo podía pensar en mi niña. En esa mujer de acero que hoy se había dado cuenta de que el acero no sirve de nada cuando el ataque viene desde adentro, cuando las palabras de una persona que amas se convierten en la única bala capaz de atravesar tu armadura.
El dolor emocional es una herida que no sabemos curar con medicina ni con dinero. Y Alessandra, mi pobre Alessandra, se estaba desangrando en un estacionamiento frío, muriendo de un tipo de tristeza que nosotros, los Veraldi, pensamos que nunca nos alcanzaría. El espejo de acero se había fragmentado, y temía que los pedazos fueran demasiado filosos para volver a unirlos.
Alessandra:
El dolor era insoportable... Me sentía rara... Un dolor que... Nunca pensé tener. Estaba llorando, algo que solo hacía a escondidas y ahora... Lo hago sin pudor y me importaba una mierda si me miraban hacerlo.
—Fa male... Fa... Fa molto male...—mi voz salía afónica, algo que nunca creía tener. Valentina me miraba con lástima, eso era lo que más me daba asco... Que los demás piensen, digan o reaccionen como si yo fuera débil.
(me duele... Me... Me duele mucho...)
—Signora... I suoi genitori e i suoi fratelli stanno arrivando... Se vuoi, posso...—levante una mano para callarla. No quería escucharla. No podía... No ahora.
(Señora... Ya vienen en camino sus padres y hermanos... Si quiere, yo puedo...)
—No... Non parlarmi adesso... Non ti sento...— murmuré entre jadeos. Me sentía sofocada. Me dolía el alma, el corazón... Parecía que me lo estaban apretando con una fuerza que me dejaba sin aire...
(No... No hables ahora... No puedo escucharte...)
Clara:
Estábamos llegando a el edicidio de seguridad. Frene en seco y ni siquiera me di cuenta de que ni siquiera había apagado el motor de mi auto. No me importaba el auto ahora... Solo me importa mi hija.
—¡Alessandra!—grite mientras corría hacia donde ella estaba. Ella estaba mal... Muy mal, pálida, templando. Estaba abrazada con los puños en el pecho con su quisiera contener ese dolor que lleva cargando.—hola, mi amor... Estoy aquí, mamá está aquí...
—Mamma... Perché?... Perché lei non mi ama?... Perché mi fa male che lei mi lasci?...—solloso ella con más fuerza. Era un llanto de agonía pura. Me dolía en el alma verla así...
(Mama... Por qué?... Porque ella no me ama?... Por qué duele que ella me deje?...)
—shh, shh... Andrà tutto bene, amore mio... Calmati, passerà... Fai un respiro profondo, amore mio...—la abraze con fuerza y como era de esperarse, se aferro a mi como cuando era niña... No sentía que abrazaba a 'la general' yo sentía a esa pequeña niña que cuando se raspaba la rodilla me pedía consuelo en silencio. Siento a esa pequeña niña que le gustaba usar vestidos y moñitos en la cabeza... Siento a esa niña que... Nunca dejo que su corazón se rompiera con alguien más.
(Shh, shh... Todo va a estar bien, amor mío... Cálmate, ya pasará... Respira profundo, amor mío...)
—Fa male... Non avrei dovuto innamorarmi di lei, mamma... Avrei dovuto andare avanti con la mia vita... Io... non sarei mai dovuto andare in quel maledetto parco...—sus palabras eran afonicas, se sentía la agonía en cada fibra de su ser... Me daba miedo que... Mi hija sufra más por esto.
(Duele... No debí haberme enamorado de ella, mamá... Debí haber seguido adelante con mi vida... Yo... nunca debí haber ido a ese maldito parque...)
Al pasar los minutos, se comenzó s calmar. Aún tenia residuos de su llanto marcados en las mejillas. Mientras que yo, intentando calmarme a mi misma, acariciaba su cabello con una ternura maternal mientras que mis otros dos hijos—que solo miraban, al igual que mi marido Alessio— estaban preocupados. No querían decir nada para no interrumpir la paz. Que dudaría que continuará así. Pero tengo fe en que mi hija estará... Mejor.
—Ale, querida...—murmure con suavidad, pero ella no respondió. Solo se aferro más a mi como si fuera una niña pequeña que le tenía miedo a la oscuridad.
Alessio se acercó lentamente, su sombra proyectándose sobre nosotras como un manto protector, pero sus ojos —esos ojos que habían visto imperios caer sin pestañear— estaban empañados. Se arrodilló a nuestro lado, ignorando la suciedad del asfalto del estacionamiento, y puso una mano pesada y cálida sobre el hombro de Alessandra. El contacto hizo que ella soltara un suspiro entrecortado, un resto del naufragio emocional que acababa de sufrir.
—*Portiamola via di qui* —susurró Alessio, su voz era un trueno contenido—. (Saquémosla de aquí). *Este lugar es demasiado frío para ella.*
Enzo y Matteo se acercaron entonces, rompiendo su parálisis de asombro y rabia. Enzo tenía la mandíbula tan apretada que temí que se rompiera los dientes; su mano derecha no dejaba de acariciar el mango de su arma, buscando una diana física para un dolor que no podía disparar. Matteo, en cambio, se mantenía extrañamente silencioso, procesando la imagen de su hermana mayor, su referente de invulnerabilidad, reducida a cenizas por las palabras de una artesana.
—Yo la cargo, mamá —dijo Enzo, agachándose. Su voz ya no tenía rastro de su vulgaridad habitual; era pura devoción—. Vamos, Ale... arriba.
Alessandra ni siquiera opuso resistencia. Se dejó levantar por su hermano como si su cuerpo hubiera perdido toda su densidad. Su cabeza cayó sobre el hombro de Enzo y sus ojos heterocromáticos, antes dos faros de autoridad, ahora estaban fijos en la nada, apagados, vacíos. Me levanté con la ayuda de Matteo, sintiendo mis propias rodillas flaquear. El dolor de mi hija se había filtrado en mis huesos; el rechazo que ella sentía lo sentía yo en mis propias entrañas.
—Escúchame bien, Alessio —dije, deteniéndolo antes de subir al auto. Mi voz, aunque baja, tenía el filo de la obsidiana—. No quiero que nadie toque a esa chica. Ni una amenaza, ni un rasguño. No es por ella, es por Alessandra. Si le pasa algo a esa tal Giulia, mi hija nunca saldrá del abismo en el que acaba de caer. Se culpará por el resto de su vida y perderemos a nuestra General para siempre.
Alessio me miró, su rostro era una tormenta de conflictos internos, pero finalmente asintió. Él sabía que yo tenía razón. El amor de Alessandra no era una transacción de negocios; era una entrega total, y el daño ya estaba hecho.
Llegamos a la mansión en un silencio denso, un silencio que pesaba más que cualquier cargamento de contrabando. Subimos a Alessandra a su habitación. Thais ya no estaba; el aroma a sexo y R&B había sido reemplazado por la fragancia gélida de la desolación. La ayudé a quitarse la camisa de seda negra —ahora arrugada y manchada de lágrimas— y la puse en su cama, cubriéndola con las mantas.
Ella seguía sin hablar. Miraba el techo, con la respiración todavía un poco forzada, como si cada bocanada de aire le recordara que seguía viva en un mundo donde ya no era amada.
—*Riposa, angelo mio* —le susurré al oído, besando su frente—. (Descansa, ángel mío). *Mañana el sol saldrá de nuevo, y volverás a ser de acero.*
Pero mientras salía de la habitación y cerraba la puerta, me quedé apoyada contra la madera, dejando que mis propias lágrimas fluyeran al fin. Sabía que mentía.
Alessandra nunca volvería a ser la misma. Había descubierto que su armadura tenía una grieta, y esa grieta tenía nombre de mujer y manos de artesana. El espejo de acero se había roto, y los fragmentos nos estaban cortando a todos. Bajé las escaleras y vi a mis hijos y a mi marido en la sala, esperando, como buitres del dolor, una señal de que la General volvería a dar órdenes. Pero esta noche, en la casa de los Veraldi, solo reinaba el eco de un corazón que se había roto con el estruendo de mil cristales cayendo al suelo.