"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 10: El Canto de las Ballenas
La mañana en Aurelia despertó envuelta en una niebla suave que se disipaba lentamente conforme el sol ascendía sobre el mar. Los rayos dorados se colaban por las ventanas del palacio, pintando las paredes de mármol con tonos cálidos y acariciando el rostro de Lyra, que ya estaba despierta, mirando el horizonte desde su habitación.
Había dormido bien, profundamente, como hacía tiempo no lo hacía. Quizás era el sonido del mar, ese rumor constante que arrullaba como una nana infinita. Quizás era la paz de saber que, por un momento, no tenía que vigilar, no tenía que planear, no tenía que temer.
O quizás era simplemente que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía como una niña.
"¿Lista para hoy?", preguntó su loba en su mente.
"Más que lista. Adrián prometió ballenas."
"¿Crees que existen de verdad? Podría ser una broma."
"Si hay algo que he aprendido de Adrián, es que no bromea. Si dice que hay ballenas, hay ballenas."
La risa de su loba resonó suavemente y luego se desvaneció, dejándola con una sonrisa en los labios.
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El Desayuno
El comedor del palacio de Aurelia era muy diferente al de Valdris. Aquí las paredes eran de piedra blanca, los ventanales enormes y las mesas de mármol oscuro. La luz entraba a raudales, y desde donde estaban sentados, Lyra y Eryndor podían ver el mar a lo lejos, brillando como un espejo infinito.
El emperador Valerius presidía la mesa con la misma autoridad que en cualquier consejo, pero hoy su rostro estaba más relajado, casi sonriente. A su lado, varios nobles de la corte de Aurelia observaban con curiosidad a los jóvenes invitados.
Adrián, sentado frente a Lyra, apenas probaba bocado. Sus ojos grises miraban a su amiga con una mezcla de complicidad y anticipación.
—Majestad —dijo de repente, dirigiéndose a su padre—. ¿Puedo llevar a los príncipes de Valdris a ver las ballenas hoy?
Valerius levantó una ceja, pero su expresión era más divertida que severa.
—¿Las ballenas? ¿Ahora?
—Prometí —respondió Adrián con seriedad—. Y los príncipes nunca han visto el mar. Sería una pena que se fueran sin presenciar el mayor espectáculo de Aurelia.
Uno de los nobles, un hombre mayor de barba cana, soltó una carcajada.
—¡El mayor espectáculo! El príncipe tiene razón. No hay nada como ver a los gigantes del mar en invierno.
Valerius miró a Lyra y Eryndor, evaluando sus reacciones. La emoción apenas contenida en los ojos de la niña, la curiosidad en los del niño.
—Muy bien —concedió—. Pero con escolta. Y con capitán Theron al mando. No quiero incidentes.
Adrián asintió, satisfecho.
—Por supuesto, padre.
El desayuno continuó con normalidad, aunque Lyra apenas podía concentrarse. Las ballenas. Animales más grandes que el palacio, según Adrián. Que saltaban fuera del agua. Que cantaban. Tenía que verlo.
Eryndor, a su lado, compartía su entusiasmo, aunque su lobo interior gruñía con emoción contenida.
"¿Crees que podré verlas bien?", preguntó a su hermana a través del vínculo.
"Adrián dijo que sí. Y si Adrián dice algo, puedes confiar."
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Hacia los Acantilados
Una hora después, una pequeña comitiva salía del palacio. Capitán Theron iba al frente, con media docena de caballeros de Aurelia protegiendo los flancos. Detrás, tres caballos: Adrián montaba uno con la soltura de quien ha nacido sobre una silla de montar; Eryndor, otro, adaptándose rápidamente al animal desconocido; y Lyra, la más pequeña, compartía caballo con un escudero que la sujetaba con cuidado.
—¿Nunca has montado? —preguntó Adrián, acercándose.
—Sí, pero en ponis —respondió Lyra—. Y en mi hermano cuando es lobo.
Adrián rió, una risa genuina que pocos le conocían.
—Eso debe ser divertido.
—Mucho. Pero no tan rápido como un caballo.
El camino hacia los acantilados bordeaba la costa, ofreciendo vistas cada vez más impresionantes del mar. El viento soplaba con fuerza, trayendo olor a sal y a algas, y las gaviotas volaban en círculos sobre sus cabezas, lanzando graznidos que se mezclaban con el rumor de las olas.
Tras media hora de camino, llegaron a un promontorio que se adentraba en el mar como un dedo de piedra. Allí, Theron ordenó detenerse y desmontar.
—Desde aquí se ven mejor —explicó, señalando el horizonte—. Los acantilados son peligrosos, pero este lugar es seguro. Hay una barrera natural.
Los niños se acercaron al borde, con la debida precaución, y miraron hacia abajo.
El acantilado caía a pico sobre el mar, una pared de roca blanca de cientos de metros. Las olas rompían abajo con una furia blanca, espumosa, pero a lo lejos el agua era azul oscuro, casi negra, infinita.
—¿Dónde están las ballenas? —preguntó Eryndor, escudriñando el horizonte.
—Paciencia —dijo Adrián—. A veces hay que esperar. Pero vienen. Siempre vienen.
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La Espera
Pasaron diez minutos. Veinte. Lyra comenzaba a pensar que tal vez no tendrían suerte, que las ballenas habían decidido no aparecer, cuando algo cambió.
Fue un sonido. Un sonido profundo, grave, que parecía venir de todas partes a la vez. No era el mar, no era el viento. Era algo más.
—¿Qué es eso? —preguntó Lyra, con los ojos muy abiertos.
Adrián sonrió.
—Escucha. Es su canto.
El sonido se repitió, más claro esta vez. Un lamento profundo, hermoso y triste a la vez, que vibraba en el pecho y hacía temblar el alma.
Y entonces, las vieron.
A lo lejos, donde el mar se encontraba con el cielo, algo enorme emergió del agua. Primero fue un chorro de vapor, alto como una torre. Luego, una masa oscura y brillante, una montaña viviente que se elevó, se elevó, mostrando su lomo inmenso cubierto de cicatrices y percebes.
Y luego, el salto.
La ballena entera salió del agua, un cuerpo colosal de al menos treinta metros, lanzándose hacia el cielo en un arco perfecto. Por un instante, pareció volar, suspendida entre el mar y el sol, desafiando todas las leyes de la naturaleza.
Luego cayó, y el impacto levantó una ola gigante que sacudió todo el acantilado.
Lyra no podía respirar. No podía hablar. Solo miraba, con los ojos tan abiertos que dolían, mientras otra ballena, más pequeña, repetía la hazaña. Y otra. Y otra.
—Son una familia —explicó Adrián en voz baja, como si temiera romper el hechizo—. Vienen cada invierno a estas aguas. Nadie sabe por qué. Pero vienen.
Eryndor, a su lado, tenía lágrimas en los ojos. Su lobo interior aullaba en silencio, reconociendo algo primitivo, algo que trascendía las palabras.
—Son... hermosas —susurró.
Lyra asintió, incapaz de articular palabra.
El espectáculo duró casi una hora. Las ballenas saltaron, jugaron, cantaron sus canciones profundas. A veces se acercaban lo suficiente para que pudieran ver sus ojos, enormes y sabios, que parecían mirarlos directamente. Otras veces se alejaban, danzando en el horizonte como sueños imposibles.
Cuando finalmente se fueron, sumergiéndose en las profundidades, el silencio que dejaron fue casi tan impresionante como su presencia.
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El Regreso
De vuelta al palacio, ninguno de los niños habló mucho. Estaban demasiado llenos de lo que habían visto, demasiado ocupados procesando la maravilla.
Pero esa noche, cuando Lyra se sentó a escribir en su diario, las palabras fluyeron.
"Hoy vi algo que nunca imaginé posible. Ballenas. Animales más grandes que cualquier cosa que haya visto. Saltaban fuera del agua como si volaran, y cantaban con una voz que llegaba al alma."
"Adrián tenía razón. Merecía la pena esperar."
"A veces pienso que Selene me envió de vuelta no solo para salvar a mi familia. Sino también para ver cosas como esta. Para recordarme que el mundo es hermoso, que vale la pena luchar por él."
"En unos días volveremos al palacio. A los planes, a las estrategias, a la lucha. Pero hoy... hoy solo fui una niña viendo ballenas."
"Y fue suficiente."
Cerró el diario y miró por la ventana.
El mar estaba tranquilo, plateado bajo la luna. Y en algún lugar, allá en las profundidades, las ballenas cantaban.
Lyra sonrió y se durmió con ese canto en el corazón.