Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas
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La hora del cuervo.
La hora del cuervo
La caravana salió de Moscú pasada la medianoche, cuando la ciudad aún ardía en rumores sobre el ataque al salón Zolotaya Kletka. Dimitri Volkov viajaba en el primer blindado, una Mercedes negra con vidrios polarizados, repasando mentalmente cada detalle del plan. Detrás, tres furgonetas más transportaban a veinte hombres de confianza, todos con chalecos antibalas y fusiles de asalto de fabricación checa. Alexander Lombardi iba en el segundo vehículo, con una computadora portátil abierta sobre las rodillas, monitorizando en tiempo real las comunicaciones policiales y las cámaras de seguridad de la carretera M10 hacia San Petersburgo.
El viaje de siete horas se hizo en silencio, roto solo por el rugido de los motores y algún crujido de radio. Al amanecer, cruzaron los límites de la antigua capital imperial, una ciudad de canales y cúpulas barrocas que escondía en sus muelles el nido del clan enemigo. Alexander activó el bloqueador de señales y desactivó las cámaras del puerto con tres comandos. "Zona limpia", susurró. Dimitri asintió y dio la orden por el intercomunicador: "Armas listas,no dejamos testigos". Los vehículos se detuvieron a doscientos metros del almacén número catorce, y los hombres descendieron en formación de combate, moviéndose como sombras entre contenedores oxidados y grúas dormidas.
El asalto fue una coreografía perfecta. Mientras cuatro hombres cubrían las salidas traseras, Dimitri lideró el ataque frontal con una granada de aturdimiento que estalló dentro del almacén con un fogonazo cegador. Los sicarios de San Petersburgo, sorprendidos en plena borrachera y partida de naipes, apenas tuvieron tiempo de alcanzar sus armas. Los hombres de Dimitri dispararon en ráfagas cortas y controladas, derribando a los enemigos como si fueran bolos.
Alexander, desde una posición elevada en la pasarela de mantenimiento, cubría a su aliado con un rifle de precisión, abatiendo a tres sicarios que intentaban flanquear la entrada. El plan se cumplía como un reloj suizo: cada movimiento estaba cronometrado, cada hombre sabía su lugar. En menos de cuatro minutos, diecisiete enemigos yacían en el suelo manchado de gasoil y sangre. Solo uno quedaba con vida: el lugarteniente de confianza del clan, un hombre tatuado con un cuervo en el cuello llamado Viktor Krasimirov, el mismo que había planeado el ataque al salón por orden del viejo enemigo de Gean Carlo.
Dimitri lo inmovilizó con una patada en la rodilla y lo arrastró hasta el centro del almacén. "Este es tuyo", le dijo a Alexander, entregándole un alicate y un cuchillo de caza. El hijo de los Lombardi aceptó las herramientas sin una palabra, con una expresión que heló hasta a los hombres de Dimitri. Alexander ató a Viktor a una silla metálica y comenzó el interrogatorio que pronto se convirtió en ejecución. Quería saber quién había dado la orden final, pero sobre todo quería que el sicario sintiera cada fracción del dolor que su madre había sufrido.
No hubo preguntas inútiles: el hacker convertido en verdugo aplicó las torturas más crueles con una precisión quirúrgica, arrancando uñas, rompiendo falanges y aplicando descargas eléctricas en los genitales. Viktor gritó hasta quedarse afónico, luego confesó todo: el nombre del patriarca enemigo, los escondites alternativos, los contactos en la policía. Cuando no quedó nada más que extraer, Alexander tomó el cuchillo de caza y lo enterró lentamente en el cuello del prisionero, girando la hoja para asegurar una muerte lenta. La sangre brotó en un chorro caliente que le salpicó la cara y la camisa blanca. Dimitri observaba desde la puerta, con los brazos cruzados, sintiendo una punzada de respeto mezclada con inquietud. Alexander soltó el cuchillo y se incorporó, respirando con dificultad.
Pero no sintió nada. Ni satisfacción, ni alivio, ni justicia. El cadáver de Viktor Krasimirov se deslizó de la silla y cayó al suelo con un golpe sordo, y Alexander Lombardi, el hijo primogénito, el Lobo Solitario, solo pudo pensar en el rostro de su madre conectada a los monitores del hospital. Recordó sus ojos azules nublados por el alcohol, sus manos temblorosas, sus silencios más largos que cualquier discurso.
La venganza no le devolvería los años que ella había llorado a solas, ni las noches en que él niño escuchaba los sollozos tras la puña del dormitorio principal. Se limpió las manos ensangrentadas en el pantalón del muerto y salió al aire frío del puerto. Dimitri le puso una mano en el hombro, pero Alexander se apartó. "Quemad el almacén", ordenó con voz rota. Mientras las llamas devoraban las pruebas, él se sentó en el borde del muelle y miró el agua negra del Báltico. El recuerdo de su madre seguía allí, más vivo que nunca, y supo que nada de lo que matara podría borrarlo.