Ella renace en otra época, conoce su futuro y está decidida a cambiarlo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Academia 2
El semestre pasó más rápido de lo que Rebecca había imaginado.
No porque fuera fácil.
Sino porque estaba llena de actividades..
Llena de contenido, de exigencias, de horas de estudio que se acumulaban sin que ella realmente las sintiera como una carga.
Pero inevitablemente… llegaron los exámenes.
Y con ellos, ese ambiente denso que se apoderaba de la academia. Los pasillos se llenaron de susurros, de repasos de último momento, de estudiantes caminando con libros abiertos, intentando retener una idea más antes de entrar.
Rebecca no estaba entre ellos.
No porque no le importara.
Sino porque ya había hecho lo necesario.
Días antes, incluso semanas antes, había organizado su tiempo, repasado cada tema, reforzado lo que le costaba más. No dejó nada para el último momento.
Así que cuando llegó el primer examen… entró con calma.
Se sentó.
Respiró.
Y respondió.
Uno tras otro.
Cada evaluación fue similar.. exigente, detallada… pero dentro de lo que ella esperaba. No hubo sorpresas reales, solo la necesidad de demostrar lo aprendido.
Y lo hizo.
Con la misma concentración.
Con la misma seguridad.
Sin distracciones.
Cuando el último examen terminó, Rebecca no sintió alivio exagerado.
Sintió… cierre.
Había cumplido.
Y cuando los resultados llegaron… confirmaron lo que ya intuía.
Había destacado.
Otra vez.
No solo aprobó.
Estuvo entre los mejores.
Su nombre volvió a aparecer en una posición alta, acompañado esta vez por miradas menos sorprendidas… y más conscientes.
Porque ya no era una desconocida.
Ahora sabían quién era.
Y lo que podía hacer.
Pero Rebecca no se detuvo en eso.
No celebró.
No buscó reconocimiento.
Simplemente… siguió.
Porque para ella, ese resultado no era el final.
Era parte del proceso.
Cuando el receso de invierno llegó, regresó a casa.
El ambiente era distinto.
Más tranquilo.
Más familiar.
Pero también… más expectante.
Su madre la recibió con una emoción que no intentó ocultar.
—Rebecca… —dijo, tomándola de las manos apenas la vio
—Sabía que lo lograrías.
Había orgullo en su voz.
Un orgullo limpio, sincero.
Rebecca sonrió levemente.
—Me fue bien.
No necesitaba decir más.
Su madre lo entendió.
Y eso fue suficiente para que sus ojos volvieran a brillar.
Lord Sallow también estaba ahí.
Como en ocasiones anteriores.
Presente.
Observando.
Rebecca lo miró un momento.
Esperando… no palabras, sino reacción.
Y la encontró.
No en su voz.
Sino en su expresión.
No sonrió.
No la felicitó.
Pero su mirada… era distinta.
Más atenta.
Más… conforme.
Como si hubiera confirmado algo.
Como si, por primera vez, Rebecca hubiera dejado de ser una responsabilidad… y comenzara a ser una inversión que valía la pena.
Para muchos, eso no sería suficiente.
Pero para Rebecca… lo era.
No porque lo necesitara.
Sino porque lo entendía.
—Gracias —dijo simplemente, no por aprobación… sino por reconocimiento del momento.
Se sentó.
La casa volvió a llenarse de esa calma conocida.
Su madre hablaba, comentaba, celebraba a su manera.
Y Rebecca escuchaba.
Pero por dentro… seguía avanzando.
Porque sabía que eso no era un logro aislado.
Era la prueba de que estaba en el camino correcto.
Y mientras el invierno comenzaba a instalarse afuera…
Rebecca Sallow ya estaba pensando en lo siguiente.
En lo que aún quedaba por aprender.
En lo que aún podía mejorar.
Porque ahora no estudiaba para pasar.
Estudiaba para ser mejor.
Y eso… no tenía descanso.
Cuando Rebecca regresó a la academia tras el receso, el ambiente había cambiado.
No en apariencia.
Las clases seguían igual, los pasillos tenían el mismo ritmo, los profesores mantenían la misma exigencia… pero en los detalles, en las miradas, en los murmullos… había algo distinto.
Y no tardó en notarlo.
Fue en una de las primeras clases del nuevo periodo. Mientras organizaba sus apuntes, escuchó su nombre en voz baja, acompañado de una risa contenida.
No levantó la vista de inmediato.
No reaccionó.
Pero escuchó. “La becada”
La palabra se deslizó con ese tono ambiguo, entre burla y desprecio, lo suficientemente bajo como para no ser un problema… pero lo bastante alto como para ser escuchado.
Rebecca supo de inmediato de dónde venía.
Su compañera.
La otra señorita en la clase.
Aquella que desde el inicio había mantenido distancia, pero que ahora… tenía algo más.
Frustración.
Sus bajas calificaciones comenzaban a notarse, y en lugar de volcar esa incomodidad en mejorar… la dirigía hacia alguien más.
Hacia ella.
Rebecca levantó la mirada con calma.
No directamente hacia la joven.
Sino al frente.
Como si no hubiera escuchado nada.
Pero sí lo había hecho.
Y lo procesó rápido. “La becada”…
Repitió mentalmente.
Y, contra lo que muchos habrían esperado… no le dolió.
No la ofendió.
No la hizo dudar.
De hecho… le pareció casi irrelevante.
Porque, en su mente, había considerado algo peor.
Mucho peor.
Había pensado que, tarde o temprano, alguien sacaría a relucir su origen. Que la señalarían por no ser hija de matrimonio, por no pertenecer realmente a ese mundo.
Eso… sí habría sido más delicado.
Más personal.
Pero esto…
Esto era distinto.
No es un insulto…
Pensó, volviendo la vista a sus apuntes.
Era un hecho.
Sí, tenía una beca.
Y gracias a eso estaba ahí.
No había vergüenza en eso.
Había mérito.
Y además… entendía algo que la otra joven no.
Si reaccionaba… si mostraba que le afectaba… si daba cualquier señal de incomodidad… entonces les daría exactamente lo que buscaban.
Poder.
Así que no lo hizo.
No respondió.
No miró.
No cambió su expresión.
Simplemente… siguió.
Tomó la pluma.
Continuó escribiendo.
Como si nada.
Pero no era indiferencia vacía.
Era una decisión consciente.
Elegida.
Porque sabía lo que estaba en juego.
No iba a distraerse.
No iba a desviarse.
No por comentarios.
No por miradas.
No por alguien que, en lugar de avanzar, prefería quedarse atrás buscando a quién culpar.
Con el paso de los días, los murmullos continuaron.
A veces más evidentes.
A veces apenas susurrados.
Pero Rebecca ya había tomado su postura.
Y no la cambió.
Se sentaba.
Escuchaba.
Aprendía.
Estudiaba.
Cada vez más.
Cada vez mejor.
Porque si algo había aprendido… era que no necesitaba defenderse con palabras.
Su trabajo lo hacía por ella.
Y mientras otros perdían tiempo en comentarios…
Rebecca Sallow lo invertía en algo mucho más importante.. Superarse.
Porque sabía que, al final… no serían las voces las que definirían su lugar.
Sino sus resultados.