Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 18
Adriano
El hangar estaba a la vista.
Desde nuestra posición, ocultos entre la maleza, podía ver el movimiento. Mis hombres habían limpiado la zona por donde entramos; no quedaba nadie en pie… pero había desplazamientos hacia las áreas boscosas.
Dos posibilidades.
Nos habían detectado…
O alguien había escapado.
Y yo sabía quién.
Ajusté los lentes de visión nocturna.
Entonces la vi.
La ventana rota.
El tamaño.
La trayectoria.
Alina.
Antes de poder dar la orden, escuché su grito.
Un sonido que me atravesó el pecho.
La vi segundos después.
Manolo la tenía del cabello.
Algo dentro de mí se quebró… y al mismo tiempo se volvió hielo.
—Opción B —dije sin apartar la mirada.
Lorenzo, a mi lado, asintió.
—Cuando esté contigo, la sacas. Cobertura total en maleza.
—Sí, señor.
No necesitaba decir más.
Di un paso al frente.
Luego otro.
Y salí de las sombras.
---------
Alina
Me obligó a enderezarme tirando de mi cabello.
El dolor era constante, punzante.
—Tienes un cabello hermoso… —dijo con voz baja—. Sería una lástima arruinarlo.
No respondí.
No pensaba darle nada.
Sus dedos volvieron a moverse hacia mi cuerpo… pero se detuvo.
Lo sentí.
Antes de verlo.
Esa presencia.
Esa calma peligrosa.
Levanté la mirada.
Adriano.
Manolo me soltó de inmediato.
—Vaya, vaya… —sonrió—. El monstruo Vassari.
Adriano no reaccionó.
Su rostro estaba… tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—Suéltala —dijo con voz firme—. Por las buenas.
Manolo ladeó la cabeza.
—Ahora entiendo por qué todos te temen.
Sacó un arma.
La apoyó en mi cabeza.
Sentí el frío del metal.
Las lágrimas salieron sin control.
No quería morir.
—Sabes cómo funciona esto, Adriano —susurró.
Adriano levantó las manos.
—Ve con él —ordenó Manolo, empujándome.
Mis piernas reaccionaron solas.
Corrí.
Corrí como nunca en mi vida.
Y cuando llegué a él…
Me estrellé contra su pecho.
—Por favor… —susurré—. No lo hagas…
Sus brazos me rodearon de inmediato.
Firmes. Seguros.
—Shhh… —susurró contra mi cabello.
Me cubrió con su chaqueta.
—Vas a caminar recto. No mires atrás.
Negué con desesperación.
—No…
Besó mi frente.
Me entregó su arma.
—Confía en mí.
Su voz.
Su calma.
Era más fuerte que mi miedo.
—Nos vemos después, amor.
Se alejó.
Y yo obedecí.
Caminé.
Cada paso era una lucha.
Cada segundo sentía que algo iba a salir mal.
Cuando crucé la maleza, unas manos me sujetaron.
Grité, pero me cubrieron la boca.
—Silencio, señora Vassari.
Lorenzo.
—La sacamos de aquí ya.
Y por primera vez… me permití respirar.
----------
Adriano
Caminé hacia él sin prisa.
—Un día vas a morir por amor —dijo Manolo.
No respondí.
No valía la pena.
—Tu esposa me entretuvo bastante…
Me detuve.
Lo miré.
Si las miradas mataran… él ya estaría muerto.
—No le hice nada —añadió, sonriendo—. Aún.
Seguí caminando.
Mis hombres ya estaban posicionados.
Lo sabía.
—Libera a mi padre.
—¿Tienes la marca?
Desabotoné mi camisa.
Se la mostré.
Sus ojos brillaron.
—Debió doler.
Me la abotoné.
—Libéralo.
Nos movimos.
Entramos a la habitación.
Ahí estaba.
Mi padre.
—No, Adriano… —dijo con desesperación—. No hagas esto.
No lo miré.
—Sáquenlo.
Dos hombres lo llevaron fuera.
Esperé.
Conté mentalmente.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuando supe que estaba a salvo… me senté.
—Pon la mano —ordenó Manolo.
Lo miré con aburrimiento.
—¿Tan rápido?
Apoyé la mano.
El cuchillo atravesó mi palma hasta la mesa.
El dolor fue inmediato.
Intenso.
Pero no suficiente.
—Eso es nuevo —dije.
Él sonrió, emocionado.
—He mejorado mis métodos.
Lo escuchaba… pero no realmente.
Esperaba.
El momento exacto.
Entonces…
Oscuridad.
Las luces se apagaron.
Sonreí levemente.
—Por fin.
Tomé el cuchillo con la otra mano.
Lo saqué.
La sangre empezó a caer.
—¿Listo para pelear? —dijo.
—Siempre.
Me moví.
Rápido.
Preciso.
Uno.
Dos.
Tres.
Cada hombre que se acercaba caía.
Sin esfuerzo.
Sin duda.
Cuando las luces volvieron…
Manolo huía.
Lo seguí.
Sin correr.
Arrastrando el cuchillo contra la pared.
El sonido metálico llenaba el aire.
Lo alcancé en el centro del hangar.
El caos alrededor no importaba.
Solo él.
El primer golpe fue directo al rostro.
El segundo… más fuerte.
El tercero… con todo lo que llevaba dentro.
Cada golpe tenía un nombre.
Alina.
No paré.
Hasta que dejó de parecer humano.
Escuché la voz de mi padre.
Me detuve.
Manolo respiraba… apenas.
Y aun así…
Sonrió.
—Bien hecho…
No respondí.
Lorenzo se acercó.
—Zona asegurada.
—¿Alina?
—A salvo. En camino a la mansión.
Cerré los ojos un segundo.
Solo uno.
—Llama al cirujano. Necesito puntos.
—Sí, señor.
Salí del hangar.
Mi padre me seguía.
En silencio.
Subimos al helicóptero.
Un enfermero tomó mi mano.
Desinfectó.
Vendó.
Presionó.
El dolor seguía ahí.
Pero ya no importaba.
—Gracias —dijo mi padre.
Lo miré.
Y asentí.
Porque lo único que realmente importaba…
Era que ella estaba a salvo.