Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
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El Guardaespaldas...
...14...
La mansión se extendía a sus pies como un barco de piedra y cristal sobre un mar de jardines meticulosamente cuidados. Ophelia se movía por sus pasillos con la gracia de quien conoce cada centímetro de aquel espacio, sus dedos rozando ligeramente las paredes cubiertas de tapices antiguos como si saludara a viejos amigos. El vestido de seda azul que llevaba caía en pliegues suaves alrededor de sus piernas, el color profundizando con cada paso que daba hacia la luz de la terraza.
—Hija —la voz de su padre, Marcus Montgomery, la detuvo en el umbral. El hombre, alto y corpulento, con el cabello ya canoso en las sienes, la saludó con una sonrisa reservada—. Llegaste temprano del viaje.
—El vuelo tuvo buen tiempo, papá —respondió Ophelia, acercándose para besarle la mejilla. Su rostro se iluminó cuando divisó a su abuelo en la mesa del centro de la terraza, envuelto en la luz dorada de la tarde—. Abuelo Matthew.
El anciano levantó la vista, y sus ojos grises, tan parecidos a los suyos pero cargados de décadas de experiencia, brillaron con afecto.
—Ven, mi niña —lo invitó, señalando el asiento frente a él—. He estado esperando escuchar de ese proyecto en Florencia. ¿Cómo fue la exposición?
Ophelia se sentó con elegancia, jugando con los bordes de la servilleta de lino blanco mientras comenzaba a hablar. Su voz, suave pero clara, se mezclaba con el murmullo de las fuentes y el canto de los pájaros en los árboles.
—Fue todo un éxito, abuelo. La galería italiana quedó encantada con la colección de esculturas contemporáneas que seleccionamos. Incluso recibimos una oferta para llevar la exposición a Milán en el próximo semestre.
Matthew asintió, tomando un sorbo de su whisky con satisfacción.
—Siempre supe que habías heredado el ojo del arte de tu bisabuela. Ese don no se pierde en nuestra familia. ¿Y tus artistas? ¿Cómo les fue con las críticas?
—Muy bien —sonrió Ophelia, sus ojos ámbar brillando con entusiasmo—. La crítica especializada destacó especialmente el trabajo de Elena Valli. Su pieza sobre la memoria y el tiempo… la gente no podía dejar de mirarla.
Mientras su abuelo hablaba de las posibilidades de expandir la fundación cultural de la familia, Ophelia sintió cómo su vista se desviaba hacia el extremo de la terraza. Allí, en la sombra de un gran laurel, se encontraba él.
El hombre que había sido asignado como su nueva protección proyectaba una presencia sobria y contenida, como si fuera parte del propio paisaje pero con una elegancia silenciosa que no podía pasar desapercibida. Su rostro alargado, de líneas definidas y armoniosas, mostraba pómulos discretos y una mandíbula firme que hablaba de carácter y autocontrol. No había un solo gesto fuera de lugar en él.
Se mantenía de pie con la postura recta y firme de quien conoce el valor del orden, su traje formal negro ajustándose a su figura con precisión quirúrgica. La camisa blanca parecía estar tejida a medida, la corbata oscura anudada con un nudo impecable.
Su expresión era serena, casi imperturbable, pero en sus ojos oscuros y ligeramente entornados había un matiz de profundidad que Ophelia encontró fascinante. Parecía observar todo a su alrededor, pero sin fijarse en nada en particular, manteniendo una calma que rozaba lo distante. Como si estuviera acostumbrado a vivir en el borde de las situaciones, presente pero nunca intrusivo.
Su cabello oscuro estaba bien peinado hacia atrás, despejando su frente y acentuando la limpieza de sus rasgos. No había un solo mechón fuera de lugar; todo en él hablaba de disciplina y precisión. ¿Cómo puede alguien ser tan serio y tan llamativo a la vez? se preguntó Ophelia internamente, sintiendo cómo un cosquilleo ligero recorría su espalda. Intentó volver la atención a la conversación de su abuelo, pero sus ojos parecían tener una voluntad propia, regresando una y otra vez a aquel punto en la sombra donde Luke Easton permanecía inmóvil.
—…y creo que sería una excelente oportunidad para posicionar la fundación en el mercado europeo —concluía Matthew, pero Ophelia apenas captó las últimas palabras.
—Claro que sí, abuelo —respondió, sonriendo para disimular su distracción—. Sería maravilloso.
Mientras tanto, Luke mantenía su posición con la mesura que lo caracterizaba. Sus ojos escaneaban el perímetro con eficiencia, registrando cada movimiento, cada sombra que se movía en el jardín. Pero en un instante, su mirada se cruzó con la de Ophelia.
No hubo cambio en su expresión, no un solo músculo se movió en su rostro sereno. Pero en la profundidad de sus ojos oscuros, Ophelia sintió como si hubiera sido alcanzada por una corriente invisible. Un contacto silencioso que duró apenas un parpadeo, pero que dejó en el aire una carga eléctrica que ella no podía explicar.
Se volvió hacia su abuelo con una sonrisa más amplia, sintiendo cómo sus mejillas adquirían un ligero tono rosado. Matthew la observó con una mirada perceptiva, como si adivinara los pensamientos que intentaba ocultar.
—Tu nuevo guardaespaldas parece competente —comentó el anciano, siguiendo la dirección de la mirada de su nieta sin hacer alarde de ello—. Alex me aseguró de que es el mejor de su clase.
—Sí —asintió Ophelia, jugando con el borde de su vaso de té—. Parece muy… profesional.
Matthew sonrió con una complicidad que solo los abuelos pueden tener.
—La profesionalidad es una cualidad valiosa, hija. Pero recuerda que incluso los hombres más contenidos guardan secretos en sus sombras.
Ophelia asintió, pero sus pensamientos ya estaban volviendo hacia él. Luke seguía en su puesto, impasible, su presencia silenciosa pero imposible de ignorar. Cada vez que ella levantaba la vista, allí estaba, como un faro en medio de la oscuridad, serio, seguro y profundamente misterioso.
El aire se había vuelto más denso, cargado de posibilidades no dichas y emociones contenidas. Ophelia sabía que su vida nunca volvería a ser la misma desde que aquel hombre con la mirada oscura y la seriedad cautivadora había cruzado su camino. Y aunque tratara de ocultarlo, una parte de ella esperaba con impaciencia descubrir qué secretos guardaba bajo esa armadura de disciplina y control.