En un pequeño estudio, bajo el sudor y la luz tenue, comienza la historia de un grupo destinado a brillar con fuerza inigualable.
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Capítulo 10
El aire de Los Ángeles era distinto al de Seúl. Era seco, olía a asfalto caliente y a una libertad que se sentía casi agresiva. Para los ocho miembros de KQ Fellaz, la ciudad no era un paraíso de palmeras, sino un campo de batalla de cemento y espejos.
Llevaban dos semanas en Estados Unidos. El entrenamiento en Millennium Dance Complex había sido una cura de humildad. Habían bailado junto a los mejores del mundo, sintiéndose a veces pequeños, pero absorbiendo cada movimiento como esponjas sedientas. Sin embargo, el verdadero desafío llegó el último día: una actuación en una plaza pública de Santa Mónica, frente a extraños que no sabían quiénes eran y que no tenían ninguna obligación de detenerse a mirar.
—Esto es real —dijo Yunho, mirando por la ventana de la furgoneta mientras se acercaban al muelle—. No hay muros. No hay espejos que nos devuelvan nuestra propia imagen. Solo nosotros y ellos.
Backstage —o lo que ellos llamaban así, que no era más que un espacio entre dos furgonetas—, el caos era total. Seonghwa ayudaba a San a ajustar sus tirantes, mientras Hongjoong repasaba mentalmente las posiciones de la coreografía para adaptarlas al suelo irregular de la plaza.
—Recuerden —dijo Hongjoong, reuniéndolos en un círculo estrecho. El ruido del océano y el bullicio de los turistas de fondo le obligaban a levantar la voz—. Estas personas no nos conocen. No saben cuánto hemos ensayado. No saben que nos duele el cuerpo. Lo único que verán es lo que les entreguemos en los próximos tres minutos. Si bailamos como si tuviéramos miedo, nos ignorarán. Si bailamos como si el mundo fuera nuestro... nos recordarán.
San cerró los ojos y respiró hondo. En ese momento, algo cambió en él. Fue como si un interruptor se activara. Su timidez habitual desapareció, siendo reemplazada por una mirada depredadora, intensa, casi aterradora.
—Vamos a romperlo —susurró San, y su voz no sonaba como la de él.
La música de "From" comenzó a sonar a través de unos altavoces portátiles que se sentían demasiado pequeños para la magnitud de su ambición. Al principio, solo unos pocos turistas se detuvieron, movidos por la curiosidad de ver a ocho chicos asiáticos con ropa urbana y miradas decididas.
Pero entonces, ocurrió el milagro del escenario.
Cuando la base rítmica estalló, ATEEZ dejó de ser un grupo de aprendices cansados. Se convirtieron en una tormenta. Los movimientos eran tan precisos que el sonido de sus zapatillas contra el suelo creaba un ritmo adicional. Wooyoung se deslizaba con una confianza que desafiaba la gravedad, mientras que el rap de Hongjoong y Mingi cortaba el aire con la autoridad de dos veteranos.
—¡Miren eso! —gritó una chica entre el público, señalando a San.
San estaba en su elemento. No estaba bailando; estaba poseído por la música. Su cuello se movía con una fuerza que parecía que podría romperse en cualquier momento, y su expresión cambiaba de una sonrisa burlona a una mueca de dolor puro en milisegundos. Era el "estilo ATEEZ" naciendo frente a los ojos del mundo: crudo, visceral y desesperado.
Jongho lanzó su nota alta, una que resonó por encima del ruido de las olas y los gritos de los niños cercanos. La gente empezó a agolparse. Lo que empezó como un círculo de diez personas se convirtió en cien, luego en doscientas. Los turistas grababan con sus teléfonos, sus caras pasaban de la indiferencia al asombro.
Por un segundo, mientras ejecutaban la formación final, el sol de la tarde golpeó directamente sus rostros sudorosos. Fue un destello. Un momento de claridad absoluta donde el dolor de los años de entrenamiento, el hambre, las dudas y las peleas nocturnas desaparecieron.
La música se detuvo. El silencio duró apenas medio segundo antes de que la plaza estallara en aplausos. Eran aplausos reales. De personas que no habían sido pagadas para estar allí, de personas que no eran fans, sino extraños que habían sido conmovidos por su energía.
—¡Thank you! ¡We are KQ Fellaz! —gritó Hongjoong, con el pecho subiendo y bajando violentamente mientras intentaba recuperar el aliento.
Caminaron de regreso a la furgoneta, escoltados por el personal de la empresa. Estaban empapados en sudor, les temblaban las piernas y Yeosang tenía un raspón en el brazo, pero sus rostros brillaban más que las luces del muelle.
—¿Vieron eso? —preguntó Wooyoung, casi saltando de emoción dentro del vehículo—. ¡Ese hombre de la primera fila tenía la boca abierta! ¡Literalmente abierta!
—Lo hicimos —murmuró Seonghwa, sentándose y dejando caer la cabeza hacia atrás. Sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Realmente lo hicimos. No nos ignoraron.
—Fue solo el principio —dijo Mingi, chocando los puños con Yunho—. Si esto es lo que podemos hacer en una plaza, imaginen lo que haremos cuando tengamos nuestro propio escenario.
Hongjoong miraba por la ventana, viendo cómo la plaza se alejaba. Sabía que el camino que les esperaba sería infinitamente más duro que ese pequeño show callejero. Vendrían las críticas, la competencia feroz, el agotamiento extremo de las giras. Pero ese destello en el escenario de Santa Mónica le había dado la prueba que necesitaba.
Ya no eran sombras. Eran luz. Y la luz, una vez que empieza a brillar, es imposible de ignorar. Esa noche, en el camino de regreso al hotel, no hubo miedos compartidos. Solo hubo un silencio cargado de una nueva certeza: el mundo era muy grande, pero ellos eran ocho, y estaban listos para conquistarlo todo.
Simplemente es perfecto la manera en que estos chicos se apoyan.
Solo puedo decir que el comienzo siempre resulta difícil y doloroso, aunque el mañana podría ser mejor...no conozco al grupo, pero creo que todo resulta bastante realista.
Seguir un sueño que no sabes si se hará real es bastante inquietante y a la vez perturbador.