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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: Puerto Madero

El restaurante Ceniza estaba en el piso 34, todo vidrio y mármol negro. Desde afuera parecía un acuario para gente rica. Desde adentro, con las luces tan bajas, la ciudad era una alfombra de luciérnagas.

Lía bajó del auto con el vestido rojo. No por Malphas. Por ella. Si iba a ser cebo, iba a ser el que elige cómo brilla.

Damián le abrió la puerta sin tocarla. Traje negro, camisa sin corbata, lentes de contacto grises que no engañaban a nadie de cerca. Cuando le ofreció el brazo, el anillo de Lía se calentó un grado.

—Señora Blackwell —dijo, y sonó medio burla, medio verdad.

—Si me volvés a decir así, te piso.

—Hacelo.

Entraron. El maître los llevó a la mesa del fondo sin preguntar. Ya estaba ocupada.

Ruiz/Malphas. Traje gris claro, copa de vino, el diente faltante brillando cuando sonrió.

—Llegaron. Y ella vino de rojo. Me gusta cumplir promesas.

Damián no le dio la mano. Le corrió la silla a Lía y se sentó tan cerca que las rodillas se tocaron bajo el mantel. El anillo vibró bajito. Estoy acá.

—Cinco minutos —dijo Damián—. Después te vas de mi mesa y de mi ciudad.

—Qué ansioso, hermano. Ni pedimos.

Trajeron el vino. Damián tapó la copa de Lía con la palma antes de que cayera una gota.

—Agua.

—Controlador —dijo Malphas.

—Precavido —contestó Damián sin mirarlo. Miraba a Lía—. ¿Comés?

Ella negó. Tenía el estómago cerrado.

—Entonces bailamos —dijo Damián, y se levantó ofreciéndole la mano—. Si vamos a escuchar veneno, que sea bailando.

Lía dudó medio segundo. Malphas levantó la copa, divertido.

—Qué romántico. ¿El contrato te obligó o fue idea tuya?

Damián no contestó. Esperó con la mano extendida.

Lía la tomó.

La pista estaba casi vacía. Un cuarteto de cuerdas tocaba algo lento que no era vals pero servía.

Damián la llevó al centro sin apretar. Una mano en la cintura, justo donde el vestido dejaba la piel al aire. La otra sosteniendo sus dedos. Distancia correcta para público. Distancia incorrecta para el sello, que empezó a latir al ritmo de los pasos.

Pum. Pum.

—Respirá —murmuró él cerca de su oído—. Si estás rígida, el sello compensa.

—¿Compensa cómo?

—Así.

La acercó un centímetro más. Ahora el pecho de él rozaba el suyo cada vez que giraban. Estaba frío. No como muerto. Como mármol al sol. Y abajo de eso, calor.

Lía sintió el anillo ponerse tibio. No quemaba. Reconocía.

—Dejá de pensar en él —dijo Damián.

—Está mirando.

—Que mire. —La giró despacio, la espalda de Lía quedó al aire un segundo y el aire del salón le erizó la piel—. Pensá en tu hermano vivo. En que hoy nadie se muere.

Ella cerró los ojos. Un segundo.

Cuando los abrió, Damián la estaba mirando de verdad. No al vestido, no al sello. A ella.

—¿Qué? —preguntó Lía.

—Te queda el rojo. —No fue cumplido. Fue constatación.

Lía quiso contestar algo ácido y no le salió. Porque la mano de él subió apenas por la espalda, no para bajar el vestido, para sostenerla cuando el pie se le trabó un segundo con el taco.

—Tengo una pregunta —dijo ella.

—Hacela.

—¿Mi mamá te quería?

Damián se tensó. Solo un segundo. El sello saltó.

—No como preguntás. Me tenía respeto y miedo en partes iguales. Yo la dejé elegir mal. —La giró otra vez, más cerca—. No me tengas eso.

—Te tengo otras cosas.

—¿Como qué?

—Bronca. —Lo miró a los ojos grises falsos—. Y no sé qué más.

Damián sonrió. Apenas. Torcido. Real.

—Eso me alcanza.

El contrato no esperó a que decidieran. El anillo y la cicatriz en la muñeca de Damián se encendieron al mismo tiempo, luz roja un segundo bajo la tela. Lía sintió lo que él sentía: alivio porque estaba ahí, y pánico porque eso lo hacía débil. Y Damián sintió lo de ella: furia, sí, pero debajo una curiosidad que le quemaba más que el sello —cómo sería si él no fuera lo que es.

Se frenaron en medio de la pista. La música seguía.

—Tres segundos —murmuró Lilith pasando al lado con una copa, sin mirarlos—. Si lo mirás más de eso, el contrato empuja.

Lía no bajó la vista.

—Que empuje.

Damián la besó primero. No desesperado como la vez del corte. Lento. La mano en la nuca, el pulgar en la mandíbula, el cuerpo inclinado lo justo para que nadie más entrara en ese espacio.

El beso no fue show. Fue reconocimiento. Labios, respiración, el sabor a nada y a todo que tenía él. Lía le devolvió el beso sin cerrar los ojos hasta el final. Y cuando los cerró, no vio recuerdos ajenos. Vio el reflejo de los dos en el ventanal: ella de rojo, él de negro, y entre los dos una línea de luz roja que iba del anillo a la cicatriz.

Se separaron porque la música terminó, no porque quisieran.

Aplausos. La gente pensó que era parte de la cena.

Malphas, en la mesa, aplaudió también. Despacio.

—Precioso —dijo cuando volvieron—. Casi me lo creo. —Sirvió vino—. Bueno, a lo que vine: tengo una oferta. Una noche con ella. Sin tocarla. Solo le muestro un recuerdo real de Elena. A cambio, te digo quién empujó el auto.

Lía sintió el frío en la espalda.

Damián dejó la servilleta sobre la mesa sin hacer ruido.

—No.

—No te pregunté a vos —dijo Malphas, mirando a Lía—. ¿Querés saber la verdad o querés seguir creyendo la versión de él?

El anillo se puso helado. No por el contrato. Por miedo.

Lía miró a Damián. Tenía la mandíbula apretada, los ojos todavía negros bajo los lentes.

—¿Es verdad? —preguntó ella—. ¿Hay alguien más?

—Sí —dijo Damián—. Y no vas a ir.

—Damián.

—Lía. —Le agarró la mano por debajo de la mesa. No romántico. Ancla—. Si te toca la cabeza, te abre. Y lo que veas no podés des-verlo.

Malphas se rió.

—Qué protector. ¿Le contaste que Elena firmó con mi padre por amor y después corrió a firmar con el mío por culpa? ¿Que vos estabas en los dos contratos desde el día que naciste?

Lía retiró la mano.

El sello ardió.

Damián se levantó. Calmo. Demasiado calmo. Las copas de la mesa se empañaron.

—Nos vamos.

—Todavía no pedimos postre —dijo Malphas.

Damián se inclinó sobre la mesa, apoyando las dos manos. Cuando habló, la voz tenía ese eco doble que Lía ya conocía.

—Si la volvés a mirar, te arranco los ojos y se los doy a Lilith de aperitivo.

Malphas no se achicó. Sonrió más.

—Qué lindo cuando te quitás la correa.

Lía se levantó también. El anillo latía fuerte.

—Me voy yo. Vos venís conmigo. —Miró a Malphas—. Y vos te vas de mi ciudad.

Salieron. En el ascensor, solos, Damián se apoyó contra el espejo y se quitó los lentes. Los tiró al piso. Los ojos negros con el rojo encendido la miraron sin máscara.

—Te tocó —dijo. No era pregunta.

—Solo con palabras.

—No es solo. —Se acercó. No la tocó—. Si aceptás lo que te ofrece, me quedo sin forma de protegerte sin matarlo. Y si lo mato en un cascarón, vuelve en otro. —Levantó la mano y le acomodó un mechón detrás de la oreja—. Decime que no vas a ir.

Lía tenía la foto de Elena en la cartera. No se la mostró.

—Todavía no.

El ascensor se abrió en el 66.

En el living, sobre la mesa, había tres plumas negras formando un círculo. En el centro, escrito con algo rojo que no era tinta:

Mañana. 21:00. Sin él.

Damián las quemó con la mano sin tocarlas. Cuando se hicieron ceniza, el olor no fue azufre.

Fue perfume de Elena.

Lía se sentó en el sillón porque las piernas no le dieron más. Damián se arrodilló delante, no por sumisión. Para estar a su altura.

—Mañana no vas —repitió.

—Mañana voy —dijo ella—. Pero vas conmigo.

El anillo y la cicatriz brillaron al mismo tiempo y se apagaron.

Contrato conforme.

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