Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.
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Capítulo 2: El Magnate Obsesivo
El Lincoln Continental blindado cortaba el tráfico matutino de la Quinta Avenida con la silenciosa prepotencia de una fragata de guerra. En el asiento trasero, aislado del rugido de Manhattan por tres capas de cristal reforzado, Bastian Thorne ni siquiera se molestó en mirar los rascacielos. Sus ojos, del color del acero templado bajo una tormenta, estaban clavados en una carpeta de cuero negra marcada con el sello carmesí de Confidencial.
—¿Y esto es todo? —la voz de Bastian cortó el aire acondicionado con la suavidad de una navaja de afeitar—. ¿Seis meses de honorarios astronómicos, acceso ilimitado a bases de datos europeas y lo mejor que me traes es que el rastro se enfrió en los Alpes?
Frente a él, sentado en el asiento plegable con la corbata visiblemente apretada, Klaus Vane, su jefe de seguridad privada e inteligencia, tragó saliva antes de responder. Pocos hombres en Europa podían sostenerle la mirada a Bastian Thorne cuando bajaba la voz a ese registro peligroso.
—La clínica Saint-Luc de Ginebra fue liquidada hace tres años por fraude fiscal, señor Thorne. El director médico murió de un infarto y los registros físicos del ala criogénica sufrieron un incendio deliberado antes de que pudiéramos confiscar los discos duros. El error no fue un simple extravío administrativo. Fue encubrimiento.
Bastian cerró la carpeta con un chasquido seco que sonó como un disparo en la cabina del vehículo.
—A mí no me interesan las cenizas de un anciano incompetente, Klaus. Me interesa saber qué mujer lleva en su vientre, o en su casa, a un hijo con mi sangre.
Habían pasado casi siete años desde el incidente. Bastian Thorne, entonces a punto de someterse a una intervención quirúrgica de alto riesgo tras un sabotaje en uno de sus astilleros en Róterdam, había tomado la precaución más lógica para un hombre que controlaba un imperio marítimo de doce ceros: preservar su linaje en la clínica de fertilidad más segura y exclusiva del continente. Sin esposa, sin herederos y sin la menor intención de enredarse en un matrimonio por conveniencia, el depósito criogénico era un seguro corporativo. Un respaldo biológico.
Pero cuando despertó de la cirugía, sano, indemne y listo para recuperar el mando de sus flotas, la clínica le entregó un documento vergonzoso: una ruptura en la cadena de custodia. Una confusión de etiquetas con donantes anónimos internacionales. Una muestra "perdida".
Para cualquier otro multimillonario, habría sido un fastidio resuelto con una demanda multimillonaria y un acuerdo de confidencialidad. Para Bastian, fue una declaración de guerra. La idea de que su material genético, su legado y la continuidad de su estirpe estuvieran en manos de una extraña en algún rincón del planeta no lo dejaba dormir. No por ternura paternal —un concepto que Bastian consideraba una debilidad biológica—, sino por una necesidad visceral, casi territorial, de control absoluto.
—Nuestros analistas filtraron las transferencias bancarias internacionales de esa semana específica de 2019 en Ginebra —continuó Klaus con cautela, entregándole una tableta—. Trece mujeres recibieron implantes durante la ventana horaria en la que su vial fue retirado de la bóveda. Descartamos a once: siete no lograron el embarazo, cuatro tuvieron hijas biológicas comprobadas con ADN paterno conocido. Nos quedan dos candidatas. Una diplomática británica retirada en Escocia... y una ciudadana estadounidense que pagó en efectivo a través de una corporación fantasma con sede en Delaware.
Bastian deslizó el dedo por la pantalla. Sus facciones, esculpidas con ángulos afilados que a menudo intimidaban a sus adversarios antes de que abrieran la boca, se endurecieron.
—Consigue la identidad detrás de esa corporación fantasma en Delaware. Me da igual si tienes que intervenir los servidores del registro mercantil o sobornar a medio Senado. Quiero el nombre, la dirección y una muestra de cabello de cualquier criatura que camine a su lado.
—Señor, con el debido respeto... han pasado más de seis años. Si esa mujer tuvo éxito, ese niño o niña no sabe quién es usted. Legalmente, un donante anónimo no tiene derechos de patria potestad en la mayoría de las jurisdicciones internacionales.
Bastian levantó la vista. La frialdad en sus pupilas hizo que el veterano investigador se enderezara en el asiento.
—Ningún tribunal decide lo que me pertenece, Klaus. Si hay un hijo mío respirando en este planeta, no va a ser educado por un extraño ni vivirá con las sobras de nadie. Yo decido su futuro. Y si esa mujer cree que puede esconderse detrás de un contrato de confidencialidad suizo, descubrirá que mis abogados compran leyes enteras para el desayuno.
El vehículo desaceleró suavemente, deteniéndose frente a la imponente torre de cristal y granito de Sterling Global Enterprises, en el corazón de Midtown. Doce hombres con trajes oscuros y auriculares ya custodiaban el perímetro de la entrada privada.
A su lado, su asistente ejecutivo, un joven suizo impecable con un cronómetro mental incrustado en el cerebro, consultó su reloj.
—Señor Thorne, el comité ejecutivo de los Sterling nos espera en el piso cincuenta y cuatro. El patriarca, Richard Sterling, está listo para firmar la cesión del cuarenta por ciento de los muelles de Nueva Jersey. Sin embargo, su hija mayor, la directora de operaciones, revisó nuestro borrador anoche y envió una contraoferta exigiendo un ajuste del cuatro por ciento en los fletes.
Bastian arqueó una ceja con desdén mientras se abotonaba el saco de su traje a medida de corte británico.
—¿La hija? ¿La que los tabloides llaman la reina de hielo de Wall Street?
—Valeria Sterling. Treinta y dos años. Se graduó con honores en Yale, reestructuró la división logística de la familia en dos años y prácticamente duplicó el margen neto de la compañía sin ayuda de sus hermanos. Dicen que es implacable en la mesa de negociaciones.
Una sonrisa gélida, casi imperceptible, curvó los labios de Bastian. Le gustaban los rivales arrogantes; hacía que aplastarlos fuera infinitamente más entretenido.
—Las mujeres que se creen invulnerables suelen cometer errores cuando el precio es lo bastante alto —sentenció Bastian, ajustando los gemelos de platino en sus puños—. Vamos a recordarle a la señorita Sterling que en el océano abierto no mandan los diplomas de Yale, sino el tamaño de la flota.
Las puertas del vehículo se abrieron al unísono. Bastian bajó con la zancada firme y elegante de un monarca que no pide permiso para pisar la tierra, ignorando los flashes de los periodistas financieros apostados tras el cordón de seguridad.
Subió al vestíbulo privado escoltado por el silencio reverente que su presencia siempre exigía. Lo que Bastian Thorne no sospechaba, mientras el ascensor de alta velocidad se disparaba hacia las alturas de Manhattan, era que la mujer a la que se disponía a desmantelar financieramente ya le había arrebatado, hacía seis años, la única posesión que su dinero jamás había podido recuperar.