Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 4: Cirugía clandestina y delirio
El olor a hierro caliente y antiséptico saturó la cocina.
Aleksandra cargó la aguja con lidocaína y la introdujo con pulso firme alrededor del borde desgarrado de la herida en el abdomen. La anestesia local apenas mitigaría el dolor en la superficie; ninguna infiltración superficial alcanzaba los planos profundos de la fascia muscular ni el peritoneo lacerado. Dante apretó los dientes contra el paño de cocina limpio que ella le había cruzado entre las mandíbulas. Los músculos de su cuello se tensaron como cuerdas de acero, y las venas de sus sienes se dilataron hasta parecer a punto de estallar, pero no soltó un solo quejido. Solo un gruñido sordo, gutural, vibró en su garganta mientras sus dedos se clavaban en los bordes de la mesa de madera hasta dejar los nudillos completamente blancos.
—No te muevas —murmuró ella con voz serena, una melodía gélida diseñada para domar el pánico ajeno—. Si te sacudes, la pinza rasgará la ilíaca y te desangrarás antes de que pueda clavar el primer punto.
Con la mano izquierda separó los bordes de la carne viva con un separador improvisado; con la derecha introdujo una pinza hemostática curva. La sangre brotaba oscura, a borbotones rítmicos que delataban la rotura de una rama colateral importante.
Aleksandra cerró los ojos un milisegundo para visualizar la anatomía en tres dimensiones. Cada milímetro de tejido estaba memorizado en su cerebro. Guió el instrumento a ciegas por tacto y resistencia. Al fondo de la cavidad, el extremo metálico de la pinza rozó una superficie rígida y deformada.
Clack.
El choque del metal contra el plomo.
—Lo tengo —dijo.
Con una maniobra de muñeca suave pero inquebrantable, Aleksandra aprisionó la bala deformada de nueve milímetros y tiró hacia arriba siguiendo la trayectoria del proyectil para no seccionar vasos adyacentes. El plomo salió envuelto en tejido deshecho y cayó con un repique seco dentro de un cuenco de acero inoxidable.
El chorro de sangre aumentó al liberarse el taponamiento natural que ejercía el proyectil. Sin perder una fracción de segundo, Aleksandra tomó el portaagujas armado con sutura vascular de polipropileno 5-0. Sus dedos volaron con la velocidad hipnótica de quien realiza microcirugías cerebrales a diario: tres puntos en ocho, tracción continua, nudo de cirujano asegurado con precisión microscópica.
El sangrado masivo cedió. El campo quedó limpio tras una irrigación abundante con solución fisiológica tibia.
—Listo el abdomen —soltó Aleksandra, exhalando por fin el aire contenido—. Ahora el hombro.
La herida superior fue más sencilla: el proyectil había atravesado el deltoides limpio, rompiendo fibras pero respetando la arteria axilar. Limpió los bordes, desbridó los restos de pólvora y tejido muerto, colocó un drenaje laminar fino y cerró la piel con puntos simples de sutura intradérmica.
Cuando terminó de vendar el torso vendado con gasas estériles y fajas elásticas, el reloj de la cocina marcaba las 02:40 de la madrugada.
Dante estaba bañado en sudor. El paño en su boca había caído hacia un lado; sus ojos estaban semiabiertos, vidriosos, fijos en el techo blanco. La adrenalina que lo había mantenido despierto durante la carnicería comenzaba a desplomarse en una fatiga demoledora.
—Agua... —alcanzó a articular con la garganta reseca.
Aleksandra le acercó un vaso con una bombilla corta, permitiéndole apenas dos sorbos para no provocarle un vómito que pudiera reventar las suturas abdominales recién hechas.
—Despacio. No puedes beber más por ahora.
Con un esfuerzo descomunal, combinando la técnica de traslado que conocía a la perfección con la escasa colaboración que el cuerpo de Dante aún podía brindar, logró moverlo desde la cocina hasta el pequeño sofá cama de su sala. Al tocar el colchón, el hombre cerró los ojos y se hundió en una inconsciencia profunda.
Fue entonces cuando la verdadera batalla comenzó.
Hacia las cuatro de la mañana, el cuerpo de Dante entró en una tormenta térmica. La pérdida masiva de volemia, combinada con la reacción inflamatoria por el trauma balístico, disparó su temperatura corporal por encima de los treinta y nueve grados y medio. El hombre temblaba de forma incontrolable, con los dientes castañeteando en sacudidas violentas mientras su piel quemaba como carbón encendido.
Aleksandra no durmió. Cambiaba compresas de agua fría sobre su frente, su pecho y sus axilas cada diez minutos, administrándole antipiréticos por vía intramuscular. Pero el delirio fue más fuerte que los fármacos.
—Valerio... —empezó a murmurar Dante en italiano, su voz rota cobrando un matiz desesperado, casi trágico—. No mires atrás... Las puertas de Milán están cerradas... Fuego... Todo arde...
Sus manos, calientes como brasas, se agitaban en el aire buscando un enemigo invisible, rompiendo casi el vendaje del hombro. Aleksandra se inclinó sobre él, tomándole las manos con firmeza para inmovilizarlo y evitar que se desgarrara la sutura ilíaca.
—Tranquilo. Estás a salvo. No hay nadie aquí —le susurró en el oído, usando ese tono bajo y protector con el que solía calmar a sus pacientes al despertar de una craneotomía—. Mírame. Estás en un lugar seguro.
Dante abrió los ojos de golpe.
La fiebre había borrado cualquier rastro de su frialdad calculadora. Lo que quedaba era el núcleo primario de un hombre que se negaba a morir en la oscuridad. Sus pupilas dilatadas se clavaron en el rostro de Aleksandra: en sus ojos verdes iluminados por la luz tenue de la lámpara de pie, en los mechones sueltos de su cabello que rozaban su pecho desnudo, en la suavidad de sus manos que lo sostenían con una fuerza imposible para su tamaño.
—Un ángel... —balbuceó él en un suspiro ronco, casi inaudible—. O la muerte... que viene vestida de blanco.
—Soy médica, nada más —respondió ella, intentando apartarse para mojar otra toalla.
Pero Dante no la dejó ir.
Su brazo sano, rápido y pesado a pesar de la debilidad, subió hasta rodearle la nuca. Con un tirón suave pero implacable, obligó a Aleksandra a descender hasta que sus respiraciones se mezclaron. El calor que emanaba de su piel era sofocante, embriagador.
—No te vayas —suplicó él. Ya no era una orden de Don; era la súplica salvaje de alguien que colgaba sobre un abismo y encontraba en ella el único ancla a la existencia—. Siento el frío... Me estoy congelando por dentro. Quédate...
—Dante, no... tienes fiebre, estás delirando —intentó advertir ella, con el corazón golpeándole la caja torácica con violencia repentina.
Por primera vez en su vida, el férreo autocontrol de Aleksandra titubeó. Había pasado años aislada del mundo exterior, volcada exclusivamente a los libros, al quirófano y al peso solitario de un pasado que no comprendía. Nunca nadie la había mirado con esa intensidad voraz, con esa vulnerabilidad cruda y peligrosa. La mezcla de la adrenalina residual de la cirugía, el cansancio extremo y la cercanía de aquel hombre que desafiaba a la muerte quebró la barrera de su lógica médica.
Dante acortó la distancia final.
Sus labios, calientes y agrietados, buscaron los de ella con una desesperación hambrienta. El beso no fue dulce: sabía a sal, a dolor contenido y a una urgencia febril que exigía vida a cambio de la sangre perdida.
Aleksandra soltó un jadeo ahogado contra su boca. Quiso resistir, quiso apoyarse en su formación y apartarlo para proteger sus heridas, pero cuando las manos grandes y ásperas de él se enredaron en su cabello suelto, atrayéndola con una reverencia casi dolorosa, el instinto barrió a la razón.
El peligro se transformó en entrega.
Entre las sombras del pequeño departamento, sobre las sábanas blancas que olían a limpio y a sudor, el contacto fue lento, guiado por la necesidad de comprobar que ambos seguían respirando. Aleksandra cuidó cada movimiento de su cuerpo, consciente de las heridas del hombre, mientras Dante la envolvía en un fuego delirante, aferrándose a su cintura como si cada roce de su piel fuera el único aire respirable en medio del caos. Fue una noche suspendida en el tiempo, visceral y silenciosa, donde las palabras sobraron y los latidos de sus pechos sellaron un pacto ciego en la penumbra.
Hacia el amanecer, cuando la fiebre por fin se quebró, el agotamiento reclamó a Aleksandra, quien cayó rendida con la cabeza apoyada sobre el hombro intacto del desconocido.