Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 23
La mañana en la residencia de campo transcurría en un silencio pacífico, roto únicamente por el murmullo del viento entre los árboles. Camil descansaba sobre el amplio sofá del salón, con una manta ligera cubriéndole las piernas y una taza de té tibio entre las manos.
El sonido de un automóvil deteniéndose en la entrada rompió la calma. Minutos después, la puerta principal se abrió y la figura de Diana Rothschild apareció en el recibidor. Llevaba su maletín médico en la mano y un rostro cansado por las largas jornadas en la clínica.
Camil se incorporó despacio, dejando la taza sobre la mesa de centro.
—Diana... —saludó Camil, dibujando una sonrisa tenue—. No esperaba su visita hoy.
Diana avanzó hacia el salón, dejando el maletín sobre una silla y sentándose frente a ella. Observó con detenimiento el semblante de la joven, notando el color saludable en sus mejillas y la ligera prominencia en su vientre que delataba el avance del embarazo.
— Vine a verte porque necesito pedirte algo importante, Camil —comenzó Diana, con un tono directo pero empático—. Algo que tiene que ver con la evolución de Damián.
Camil enderezó la espalda de inmediato, y la preocupación se reflejó en sus ojos.
—¿Cómo está él? ¿Ha mejorado?
Diana suspiró suavemente, cruzando las manos sobre su regazo.
—Físicamente está estable, pero su mente sigue atrapada en un pozo de culpa del que se niega a salir. Cree firmemente que te destruyó la vida, que perdiste al bebé por su culpa y que el divorcio fue la única forma de liberar al mundo de su presencia. Está convencido de que la muerte es la única vía para encontrar paz.
El corazón de Camil dio un vuelco doloroso. Bajó la mirada hacia su vientre, apretando las manos en un gesto instintivo de protección.
—Damián recibe una sesión semanal de sedación profunda como parte de su tratamiento neuroterapéutico —explicó Diana, inclinándose hacia adelante—. En ese estado, el consciente se apaga, pero el subconsciente permanece sumamente receptivo a los estímulos auditivos. Quiero pedirte que me acompañes a la clínica durante su próxima sesión y entres a su habitación.
Camil alzó la vista, sorprendida.
—¿Que entre mientras duerme?
—Sí —asintió con firmeza—. Quiero que le hables al oído. Quiero que le digas que su hijo está a salvo, que está creciendo sano dentro de ti. Dile que no lo odias, que jamás lo has odiado y que no está solo en este mundo. Su subconsciente necesita escuchar tu voz para registrar que la vida sigue, que no necesita morir para encontrar descanso.
Las lágrimas brotaron de inmediato en los ojos de Camil. El peso del dolor que Damián cargaba en soledad le oprimía el pecho con una fuerza desgarradora.
—Lo haré —respondió Camil sin dudar un solo segundo, secándose una lágrima rebelde—. Iré a la clínica las veces que sea necesario. Haré lo que sea para ayudarlo a sanar.
Una mueca de profundo alivio se dibujó en el rostro de Diana. La mujer se levantó y se acercó a Camil, colocando una mano firme y cálida sobre su hombro.
—Gracias, Camil —dijo Diana con la voz quebrada por la emoción—. Te doy las gracias no solo como su médica, sino como alguien que lo quiere. Damián es un hombre noble... de una forma inconsciente, él también me salvó a mí hace años cuando mi propia vida se desmoronaba. Y jure estudiar para ayudarlo y a mí tío.
Camil asintió en silencio, apretando la mano de ella con verdadero afecto.
Diana recogió sus cosas y se despidió con la promesa de coordinar el traslado discreto para la tarde del día siguiente.
Cuando la puerta se cerró y el silencio regresó a la casa de campo, Camil se reclinó contra el respaldo del sofá, mirando fijamente la ventana que daba al jardín. La conversación dejó un eco denso en su mente, arrastrándola inevitablemente hacia sus propios recuerdos.
—Pensar que nadie te quiere solo por no tener nada... —reflexionó Camil en la soledad de la estancia, sintiendo una punzada de amarga comprensión por la mente de Damián.
Ella sabía perfectamente lo que era crecer en el vacío emocional. Guillermo Fontán jamás la había mirado como a una hija, sino como a una inversión o un trofeo que exhibir ante la alta sociedad. Su infancia y juventud habían transcurrido en una mansión fría donde el afecto no existía.
Sin embargo, Camil entendía la diferencia abismal entre su pasado y el de Damián. Ella, a pesar de la frialdad de sus padres, había tenido amigos en la escuela y la universidad; personas sencillas que la escuchaban, la consolaban en sus momentos de tristeza y le recordaban que su valor no dependía del apellido Fontán. Tenía una red de calor humano, por pequeña que fuera, que le enseñó a no perder la fe en los demás.
Damián, en cambio, no había tenido a nadie.
Creció en la orfandad y la miseria, golpeado por la pobreza y el desprecio de una sociedad elitista. Y cuando finalmente creyó haber encontrado el amor verdadero en la universidad, la trampa cruel de Guillermo le hizo creer que la única persona que lo miraba con ternura lo había desechado por no tener dinero. En la mente golpeada por Damián, la falta de bienes materiales era la razón directa por la cual el mundo entero lo rechazaba y lo humillaba.
—Pobre Damián..., pensó Camil, sintiendo cómo el amor por su esposo se sobreponía a cualquier rastro de amargura—. Pensaste que estabas completamente solo en el universo, que nadie en el mundo te quería sin un peso en el bolsillo.
Se llevó ambas manos al vientre, acariciando la suave curva donde la vida de su hijo se abría paso.
—Pero ya no estás solo —musitó en un susurro cargado de promesa hacia la penumbra del salón—. Tu hijo y yo te vamos a enseñar que te amamos por quien eres, no por lo que tienes. Te vamos a traer de vuelta.
Con la firmeza de un propósito renovado, Camil cerró los ojos y respiró hondo. Mañana volvería a ver al hombre que amaba, lista para sembrar en su mente la semilla de la verdad que los liberaría a todos.
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