Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 22
El sonido de la pesada puerta de piedra al cerrarse tras los pasos del Gran Patriarca y la Gran Maestra resonó con un eco sordo en la bóveda del Pabellón del Loto Negro. Con su partida, la abrumadora densidad de Qi que amenazaba con aplastar el recinto se disipó gradualmente, dejando un silencio repentino interrumpiendo la tensión.
En la sala solo quedaron tres figuras: Meili, Lin y el pequeño Daniel, quien continuaba sentado en el borde de la camilla de jade helado.
Daniel soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros mientras la migraña continuaba martillándole las sienes.
—Madre mía... —murmuró Daniel para sí mismo en un hilo de voz, pasándose la mano por la cara con pura resignación—. Me querían ejecutar. Esto es literalmente igual a lo que le pasó a cierto Yuji Itadori... Solo que él tenía a un tipo con los ojos vendados protegiéndolo y yo estoy rodeado de ancianos que parecen querer disecarme.
Alzó la mirada hacia Meili y Lin, quienes aún lo observaban con una mezcla de cautela y alivio contenido.
—A ver, una pregunta —dijo Daniel, tratando de ordenar sus ideas mientras el dolor de cabeza cedía ligeramente—. ¿Cómo exactamente evitaron que esos dos me ejecutaran ahí mismo? Y segundo... ¿qué pasó con el asunto de la Secta Demoniaca y Hanyang en la frontera? Tengo más dudas que certezas sobre qué se supone que haga ahora con esto de la Ciencia Negativa.
Meili cruzó los brazos dentro de las anchas mangas de su túnica y dio un paso al frente.
—La cúpula del clan no puede darse el lujo de matarte —explicó Meili con voz calmada pero firme—. El cráter que dejaste en la frontera eliminó a la patrulla de Hanyang por completo, pero también dejó una firma energética que no pueden clasificar. Si admiten que un niño de seis años causó semejante desastre sin usar un ápice de Qi tradicional, las otras ramas del clan entrarán en pánico y Hanyang declarará la guerra abierta creyendo que poseemos un arte prohibido de la Era Antigua. Lin y yo convencimos al Patriarca de que eres más útil vivo y contenido bajo la tutela de la Primera Rama.
—Básicamente, tu existencia ahora es un secreto de estado del clan —añadió Lin, ajustando la vaina de su espada corta—. Para el resto del mundo, eres simplemente un huérfano con talento para la botánica que fue acogido por el pabellón médico. La alquimia de venenos será tu tapadera perfecta.
Mientras las escuchaba, el esfuerzo de procesar la información provocó un chispazo de dolor en la memoria de Daniel.
Por un microsegundo, la realidad del pabellón pareció borrarse. La imagen mental de la fisura dimensional volvió a golpear su consciencia con la violencia de un rayo: el vacío absoluto del espacio nulo, la radiación cósmica abrasadora y aquellas sombras colosales e informes de humo negro y violeta que lo observaban con ojos blancos desprovistos de párpados. Y en medio de esa pesadilla atómica, la condensación física de su propia teoría: las dos katanas gemelas que flotaban en la nada, una corroída por finas vetas de fuego rojo y dorado, y la otra refulgiendo en destellos de naranja, blanco e incandescencia pura.
El recuerdo le provocó un punzaje tan agudo detrás de las órbitas oculares que Daniel tuvo que cerrar los ojos con fuerza y apretarse la cabeza.
La esfera, las figuras... las katanas, pensó con acelerada curiosidad científica. Si esa manifestación en el espacio nulo no fue una simple alucinación provocada por la falta de oxígeno y la reconstrucción celular... ¿dónde están físicamente esas dos espadas ahora? ¿Siguen ancladas a la anomalía o están ocultas en alguna coordenada de mi propia alma?
Daniel abrió los ojos, respirando de manera pausada mientras el dolor se disipaba. Miró a ambas mujeres con una expresión de desconcierto sincero.
—Oigan... ¿y qué se supone que hagamos ahora con todo esto? —preguntó Daniel, frotándose la nuca.
Sin embargo, antes de que Meili o Lin pudieran articular una respuesta sobre el plan de entrenamiento o la logística de vigilancia, el estómago del niño de seis años emitió un crujido estruendoso y prolongado que retumbó por todo el silencioso pabellón de jade.
Daniel se congeló por un segundo, se miró el vientre y luego alzó la vista hacia las dos cultivadoras, rompiendo por completo la solemnidad y la seriedad del momento.
—Eh... bueno —dijo Daniel con la cara totalmente seria y la voz plana—. Resulta que tengo un hambre terrible. ¿Hay algo de comer aquí o la reestructuración celular también viene con ayuno obligatorio?
El contraste entre la tensión mortal de hace unos segundos y la petición tan terrenal de un niño de seis años dejó el ambiente en un silencio sepulcral.
Meili y Lin se quedaron petrificadas en su lugar, mirándolo fijamente sin parpadear. A ambas les brotó una enorme y cómica gota de sudor por la sien, incapaces de procesar la velocidad con la que Daniel podía pasar de discutir la Ciencia Negativa y las ejecuciones de la cúpula del clan a pedir comida con absoluta frialdad.
—Tú... —Lin parpadeó dos veces, frotándose el puente de la nariz con un suspiro de profunda resignación—. Acabas de sobrevivir a un colapso pulmonar, encaraste al Gran Patriarca del Clan Dok-Gag sin pestañear, ¡¿y tu primera preocupación real es tu estómago?!
—Reordenar la materia biológica a nivel celular consume una cantidad abrumadora de glucosa y energía —respondió Daniel con toda la naturalidad del mundo, encogiéndose de hombros mientras se daba un leve masaje en el vientre—. Mi cuerpo de seis años no vive de la energía del aire como ustedes los cultivadores. Si no meto calorías pronto, la próxima vez que la anomalía intente reparar un capilar me voy a desmayar, pero de pura inanición.
Meili no pudo evitar que la comisura de sus labios se curvara ligeramente, dejando escapar una risita ahogada ante la soltura con la que el niño desmontaba cualquier intento de mantener la solemnidad.
—Supongo que la ciencia y la fisiología tienen sus prioridades —dijo Meili, sacudiendo la cabeza con una sonrisa amplia—. Lin, avisa a los sirvientes del pabellón inferior. Que traigan caldo concentrado de ginseng de montaña, carne frita de ciervo espiritual y cuencos dobles de arroz al vapor. Sin elixires pesados por ahora; su estómago no resistirá venenos ni tónicos concentrados hasta que digiera comida real.
—En seguida —asintió Lin, aún sacudiéndose la sorpresa mientras caminaba hacia el pasillo exterior para dar las órdenes.
Meili caminó hacia una pequeña mesa de palo de rosa en el centro del pabellón, tomó una jarra de cerámica y sirvió un vaso de agua tibia con miel, acercándoselo a Daniel.
—Bebe esto despacio mientras llega la comida —le dijo Meili, observándolo con una mirada mucho más tibia y analítica—. Mañana a primera hora se acaba el descanso. Vas a tener que memorizar más de tres mil especies de plantas tóxicas, hongos de sombra y compuestos minerales si quieres que el entrenamiento en la Primera Rama parezca real ante los ojos de los ancianos espías.
Daniel tomó el vaso con ambas manos, sintiendo el calor del agua en sus dedos fríos. Dio un sorbo largo, apreciando la dulzura de la miel mientras su mente comenzaba a trazar el siguiente movimiento.
—Tres mil plantas no son nada —murmuró Daniel antes de dar otro trago—. Si la botánica de este mundo sigue reglas químicas y moleculares lógicas, las voy a memorizar en una tarde.
Meili alzó una ceja, divertida por la confianza ciega del pequeño, sin sospechar que para una mente acostumbrada a las ecuaciones de la física cuántica y la topología atómica, clasificar simples compuestos orgánicos no era más que un juego de niños.
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