Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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La entrevista equivocada
Buenos Aires, 2026. Una ciudad que nunca duerme, que vive a su ritmo y donde muchas mujeres se sienten empoderadas y buscan todo tipo de diversión. Pero, a no todas les va bien.
Claudia subió la persiana del bar con el mismo gesto cansado de todas las mañanas: tirando fuerte del cordón, esquivando el chirrido que hacía años prometía aceitar. La luz entró de a poco, iluminando las mesas vacías, las sillas apiladas y ese olor a cerveza vieja mezclado con desinfectante que ya no notaba, pero que sabía que ahuyentaba a más de un cliente nuevo. El lugar necesitaba reinventarse, cambiar de formato, convocar a más gente, o cerrar.
Miró el reloj. Las once de la mañana. Todavía faltaban horas para la única franja del día en que el lugar se llenaba un poco —si es que se podía llamar "lleno" a seis mesas ocupadas—, y ya se sentía agotada, sin energías para cumplir con su rutina.
Muy a su pesar, no era solo el bar...
La noche anterior, mientras Fabián dormía a su lado dándole la espalda como hacía desde hacía meses, ella había tomado su teléfono sin pensarlo demasiado. Una tontería, se dijo. Una paranoia. Hasta que vio el nombre en la pantalla de bloqueo, ese mensaje que alcanzó a leer antes de que la pantalla se apagara: "te extraño, contame cuándo podés escaparte un rato." ¿Será una amiga? Pensó en un primer momento, hasta que se dio cuenta de la cruda verdad, de la cual no tenía certeza absoluta, pero tampoco muchas dudas.
Claudia no necesitó despertarlo ni desbloquear nada. Con eso alcanzó para que algo se le rompiera adentro, silencioso, sin gritos ni portazos, porque a esa altura ya ni siquiera le quedaban fuerzas para armar una escena.
Obviamente, no tenían intimidad. Hacía meses que dormían como dos desconocidos que compartían colchón por costumbre.
—¿Otra vez con esa cara? —La voz de Melina la sacó de sus pensamientos. Su socia pelirroja, entró contoneándose con dos cafés, treinta años, minifalda y tacos y esa seguridad que a Claudia siempre le había dado un poco de envidia—. Te digo una cosa, si seguís así de amargada el bar se nos va a la quiebra antes de fin de mes.
—Estoy bien —mintió Claudia, agarrando el café.
—Ya, claro. —Melina se sentó en la barra, cruzando las piernas—. Bueno, mirá, hoy tenemos las entrevistas para mozo. Se anotaron cuatro. Yo tengo que salir temprano así que las hacés vos, ¿te parece?
Claudia asintió, agradecida en el fondo de tener algo, lo que fuera, para no pensar. Ordenó las cuatro carpetas sobre la mesa del fondo, la que usaban de "oficina" cuando no había clientes, y se dispuso a esperar al primer candidato.
El primero llegó diez minutos tarde y con aliento a cigarrillo, literalmente un asco. El segundo no sabía ni sostener una bandeja, poca experiencia y mal trato. El tercero canceló por mensaje, cero responsabilidad.
Y entonces, cuando ya estaba por cerrar la libreta y resignarse a que el cuarto tampoco iba a presentarse, la puerta del bar se abrió con ese chirrido eterno.
Entró un joven. Alto, con una campera de cuero gastada y el pelo revuelto como si hubiera venido corriendo. Se veía muy guapo, quizás demasiado para un bar de mala muerte como el de ella. Pero lo primero que Claudia notó, antes que nada, fueron sus ojos. Color celeste claro, eran preciosos.
—Hola, perdón la demora —dijo él, un poco agitado—. ¿Sos vos la que hace las entrevistas?
—Sí, sentate por favor. —Claudia señaló la silla enfrente, tratando de recomponer la compostura—. Contame, ¿tenés experiencia como mozo?
El chico —Eric, decía la ficha que Melina le había dejado— sonrió de una manera que a Claudia se le hizo, por algún motivo, más nerviosa que profesional.
—Mirá, la verdad prefiero mostrarte directamente. Se entiende mejor así.
—¿Mostrarme...?
Antes de que pudiera terminar la pregunta, Eric ya se estaba sacando la campera. La tiró sobre la silla vacía con un movimiento que parecía ensayado, y empezó a desabrocharse la camisa botón por botón, mirándola fijo, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas de que él creía estar haciendo exactamente lo que correspondía. Se veía seguro, confiado, seductor.
—Esperá, esperá —atinó a decir Claudia, pero la voz le salió más floja de lo que hubiera querido.
Él no esperó. La camisa cayó al piso. Después un movimiento de cadera nada casual, coordinado, como sacado de un ensayo de meses. Su cuerpo era musculoso, pero no a extremo, más bien tonificado, sobre todo en su abdomen que parecía ser de piedra.
Claudia se quedó paralizada, con la libreta apretada contra el pecho, viendo cómo ese desconocido de ojos claros, se agachaba, se pasaba las manos por el torso al ritmo de una música que solo él parecía escuchar, hasta quedar frente a ella en boxer, transpirado, exultante, esperando algún tipo de aplauso.
Ella abrió la boca, pero para babear, estaba agitada. No le salió una sola palabra, porque lo que había visto la había dejado un poco menos que en shock. Y no podía quitar los ojos de encima de ese cuerpo joven y vigoroso.