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LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Apoyo mutuo / Amor de la infancia / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 2. EL LENGUAJE DEL SILENCIO

Las primeras semanas de Tom en el orfanato de Santa María transcurrieron bajo una niebla de absoluto aislamiento. El centro era un hervidero de risas infantiles, gritos en el patio y el constante repicar de los platos en el comedor, pero el niño se movía entre la multitud como un fantasma. La noticia del fallecimiento de su padre llegó a los pocos días de su ingreso, confirmando los peores pronósticos de los médicos del hospital general. Cuando Sor Elena le dio la noticia en la intimidad de su despacho, esperando un torrente de lágrimas o una crisis de angustia, Tom simplemente asintió, dio las gracias y regresó a su dormitorio con el rostro completamente rígido.

El dolor no se manifestaba en él a través del llanto, sino del rechazo. Se negaba a participar en los partidos de fútbol que los chicos mayores organizaban por las tardes y apenas probaba bocado en las cenas. Su mente, dotada de una agudeza que aún nadie en el centro había aprendido a medir, se dedicaba a procesar la pérdida de manera milimétrica, analizando la culpa y el abandono en un bucle destructivo.

Para la pequeña Alesandra, el recién llegado se convirtió en una especie de enigma viviente. Desde su rincón habitual bajo el viejo sauce del jardín, la niña observaba cómo Tom buscaba siempre el rincón más alejado del patio, apoyando la espalda contra la tapia de piedra mientras clavaba sus intensos ojos verdes en el horizonte, inmóvil como una estatua.

Una tarde de finales de primavera, impulsada por esa audacia natural que la caracterizaba, Alesandra decidió que el silencio de Tom ya había durado suficiente. Esperó a que las cuidadoras se entretuvieran repartiendo la merienda y cruzó el patio con paso decidido. En sus manos llevaba su tesoro más preciado: un cuaderno de dibujo con las cubiertas desgastadas y un par de lápices de colores gastados que Sor Elena le había regalado en su último cumpleaños.

Al notar que una sombra se proyectaba sobre sus pies, Tom levantó la cabeza. Su entrecejo se frunció de inmediato al reconocer a la niña de los ojos azules que no dejaba de mirarlo desde el primer día.

—Vete —dijo el chico con una voz ronca, endurecida por la falta de uso—. No quiero jugar.

Alesandra no se inmutó por la aspereza de sus palabras. En lugar de dar media vuelta, se sentó directamente sobre la tierra húmeda, a escasos centímetros de él, y extendió el cuaderno sobre sus rodillas.

—Yo tampoco quiero jugar —replicó ella con una serenidad pasmosa—. Quiero dibujar. Pero este lado del patio tiene mejor luz y en el sauce hay demasiadas hormigas.

Tom resopló y desvió la mirada hacia el muro, ignorándola deliberadamente. Sin embargo, Alesandra comenzó a trazar líneas sobre el papel con un entusiasmo contagioso. El sonido del lápiz deslizándose sobre la hoja texturizada se convirtió en la única banda sonora entre los dos. Pasaron diez minutos, luego veinte, y la curiosidad innata de Tom comenzó a jugarle una mala pasada. De reojo, el niño bajó la vista hacia el papel.

El dibujo no era el típico garabato infantil. Alesandra estaba retratando la fachada trasera del convento, con sus ventanas ojivales y las enredaderas que trepaban por los muros de piedra, capturando las proporciones con una intuición asombrosa para sus seis años.

—La ventana de la izquierda está mal —soltó Tom de repente, rompiendo la tregua—. No es un cuadrado perfecto. El arco superior tiene una inclinación de unos quince grados hacia el centro. Si lo haces recto, parece que el edificio se va a caer.

Alesandra detuvo el lápiz en el aire y lo miró, parpadeando con sorpresa. Luego, observó la ventana real y volvió a mirar su cuaderno. El chico tenía toda la razón.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó ella, genuinamente fascinada.

—Los números y las formas no mienten. Todo tiene una proporción —respondió él, encogiéndose de hombros con desdén, arrepintiéndose de inmediato de haber hablado—. Mi madre me enseñaba geometría antes de... de ponerse mal. Dice que si aprendes a mirar las líneas de las cosas, el mundo deja de parecer un caos.

Fue la frase más larga que Tom había pronunciado desde que pisó el orfanato. Alesandra sonrió levemente, una sonrisa pequeña y cálida que pareció derretir una fracción de la escarcha que protegía el corazón del niño. Le tendió el lápiz de grafito.

—Arréglalo tú. A mí las líneas rectas siempre me salen un poco torcidas.

Tom dudó. Observó el lápiz y luego las manos pequeñas de la niña, que permanecían extendidas de manera insistente. Finalmente, con un suspiro de resignación, se deslizó por el muro hasta sentarse a su lado. Tomó el lápiz con dedos firmes y, con un par de trazos limpios y milimétricos, corrigió la perspectiva del ventanal, devolviendo la armonía a la estructura del dibujo.

—Me llamo Alesandra —dijo ella, observando el resultado con admiración—. Pero puedes llamarme Alie si quieres. Así me llamaba Sor Elena cuando era un bebé.

El chico guardó silencio un instante, contemplando el grafito en sus dedos antes de devolvérselo.

—Tom —articuló despacio, como si pronunciar su propio nombre le resultara extraño—. Solo Tom.

A partir de esa tarde, el muro invisible que el muchacho había construido a su alrededor comenzó a agrietarse. No se hicieron amigos íntimos de la noche a la mañana; el proceso fue lento y sutil, cimentado en tardes enteras de silencios compartidos que poco a poco se transformaron en confidencias.

Alesandra descubrió que Tom poseía una mente extraordinaria. Cuando las monjas les daban las clases elementales de aritmética, el niño resolvía las operaciones en su cabeza mucho antes de que la profesora terminara de escribirlas en la pizarra de tiza. Sin embargo, esa misma inteligencia lo convertía en un blanco fácil para las burlas de los chicos más grandes del pabellón, quienes no soportaban su arrogancia silenciosa ni el hecho de que los profesores lo miraran con asombro.

Un mes después de aquel primer encuentro en el patio, el conflicto estalló. Dos muchachos de catorce años arrinconaron a Tom en los pasillos tras el almuerzo, acusándolo de creerse superior por no hablar con nadie y pretendiendo quitarle el único recuerdo físico que conservaba de su madre: un viejo reloj de pulsera con la correa de cuero gastada que guardaba en el bolsillo.

Tom se defendió con uñas y dientes, pero la diferencia de edad y tamaño era insalvable. Justo cuando uno de los agresores lo empujó contra los casilleros de madera, una pequeña figura se interpuso en el camino.

Alesandra, con los ojos azules encendidos por una furia ciega y los puños cerrados, se plantó delante de Tom, mordiendo con fuerza el brazo del chico más grande. El alboroto atrajo de inmediato los pasos apresurados de Sor Elena, provocando la huida de los agresores antes de que la situación pasara a mayores.

Aquella noche, mientras el orfanato dormía, Tom se escabulló por el pasillo del pabellón de las niñas hasta llegar a la cama de Alesandra. Se sentó en el borde del colchón, observando cómo la pequeña se frotaba el hombro, dolorido por el empujón del altercado de la tarde.

—Eres tonta —susurró Tom, aunque su voz carecía de cualquier rastro de malicia. Había una vibración nueva en sus palabras, una mezcla de culpa y un agradecimiento profundo que no sabía cómo expresar—. Eran mucho más grandes que tú. Te podrían haber hecho mucho daño por mi culpa.

Alesandra se incorporó, acomodándose la manta gris sobre las piernas. Sus ojos brillaron en la penumbra del dormitorio comunal.

—No me importa —respondió con firmeza—. Tú me ayudaste con mi dibujo y eres mi amigo. Los amigos se cuidan. Además, nadie tiene derecho a tocar tus cosas.

Tom bajó la mirada hacia sus propias manos, apretándolas con fuerza. Por primera vez en meses, sintió que el nudo asfixiante que llevaba en la garganta comenzaba a aflojarse. Aquella niña de seis años, que apenas le llegaba al pecho, se había convertido en el único ser humano dispuesto a plantarle cara al mundo para protegerlo.

—Mi padre no siempre fue un monstruo, ¿sabes? —confesó Tom en un hilo de voz, sintiendo cómo las lágrimas, tantas veces retenidas, amenazaban con desbordarse—. Antes de que mamá muriera, él solía llevarme al parque los sábados y me enseñaba a construir cometas. Pero cuando ella se fue... el dolor lo volvió loco. Se olvidó de cómo ser padre. Se olvidó de mí.

Alesandra se estiró hacia delante y posó su pequeña mano sobre la de Tom. No dijo nada, porque sabía que las palabras no podían arreglar un corazón roto, pero su tacto cálido fue suficiente. Tom se inclinó hacia delante, apoyando la frente contra el hombro de la niña, y dejó que las primeras lágrimas de su duelo fluyeran en el absoluto secreto de la noche.

Aquella madrugada, en la penumbra de un dormitorio compartido, el hilo del destino terminó de anudarse entre ellos. Ya no eran dos niños desamparados sobreviviendo a la tragedia; eran Tom y Alesandra, un frente unido contra la hostilidad del mundo.

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