Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 6: EL QUE LEE
Gael lee como si estuviera descifrando un código.
No en voz alta. En silencio, moviendo los labios un poquito. Frunce el ceño. Se muerde el labio de abajo. Ayer me quitó la libreta y no me la devolvió hasta hoy en la mañana.
Me desperté y ya estaba en mi porche. Con mi libreta abierta, mi café de olla y una cara de...
¿Qué? — le dije. Todavía con lagañas, con el pelo rojo por todos lados. Hecho un desastre.
¿Esto soy yo? — me dijo, señalando la frase "Gael no me deja esconderme".
Sí.
— ¿Y esto? — Señaló otra, la que escribí en la madrugada sin pensar: "Tiene una cicatriz en el hombro que quiero besar".
Se me subió todo lo rojo que no tengo en vitíligo a la cara. Hasta las orejas.
Gael, no tenías que leer eso.
¿Por qué no? Si lo escribiste de mí, es mío también, ¿no?
Me senté a su lado. En la hamaca. Esa hamaca que rechina y que parece que se va a romper pero aguanta todo.
¿Te molesta?
— No. Me da... no sé. Nadie había escrito de mí. Mi ex decía que yo era aburrido. Que solo hablaba de peces.
Ahí estaba. Su ex. Por fin.
— ¿Tuviste novio antes?
— Tuve. Uno. De Mérida. Vino a Holbox de vacaciones, dijo que le gustaba la vida simple. Le gustó como por tres meses. Luego dijo que la vida simple era muy simple para él. Se fue.
Lo dijo sin drama. Como quien te dice que se le perdió un anzuelo.
— ¿Lo quisiste?
— Sí. Pero no como... — se paró, buscó la palabra — No como me gusta estar contigo. Contigo no tengo que fingir que soy interesante. Tú me ves tejiendo red y ya.
Me quedé callado. Porque entendía perfecto. Yo me la viví fingiendo que era misterioso, que era E.C. Vane, el escritor inalcanzable. Y aquí, con él, era solo Eiden. El que no sabe clavar un clavo derecho.
— ¿Puedo contarte algo de mi piel? — le dije de la nada.
— Ya me contaste.
— No, algo más. Cuando era morro, mi mamá me llevaba a un doctor que me ponía una luz. Decía que se me iba a quitar. Me ardía horrible. Y yo me aguantaba porque pensaba que si se me quitaba, iba a ser normal. Y ya no.
Gael dejó la libreta. Me miró el cuello. Esa mancha grande que siempre trato de tapar con el pelo.
¿Y ahora quieres ser normal?
No. Ahora quiero que no me dé pena.
Me pasó la mano por el pelo. Me lo quitó de la nuca, con cuidado. Me desenredó un nudo que tenía ahí desde la tormenta.
— A mí me gusta. Te ves como si te hubieran pintado a mano. ¿Sabes? Como esas lanchas que pinta mi papá.
Nadie me había dicho algo así. Nunca. Todos me decían "ay, qué bonito, qué inclusivo". Él me dijo que parecía lancha pintada a mano por su papá.
Me reí. Y me salieron lágrimas. De esas que no avisas.
Gael no dijo "no llores". Me dejó llorar en su hombro. Olía a café y a sal. Me abrazó fuerte, con sus brazos de pescador que sí saben abrazar.
Cuando me calmé, me dijo:
Hoy no vas a escribir de mí. Hoy voy a escribir yo de ti.
— ¿Tú? ¿Escribir?
— Sí. Pero no con letras. Ven.
Me llevó al patio. Había agarrado cal del bote de pintura y con el dedo había dibujado en la madera vieja de la casa un mapa. Un mapa feo, chueco, con una X.
Esta eres tú — dijo, señalando una mancha blanca que había pintado. — Y esta es la casa. Y esta soy yo, viniendo.
Era el dibujo más culero y más bonito que me habían hecho en la vida.
Está horrible — le dije.
Ya sé. Pero es nuestro.
Y nos quedamos ahí, los dos, viendo su mapa chueco en la pared, con mi libreta tirada en la hamaca y con la sensación de que por primera vez alguien no quería leer mi piel para curarla. La quería leer para quedarse.
Esa noche le dejé la libreta en su cuartito. Abierta en la página donde decía "Quiero que se quede".
A ver si entendía.