De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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Capítulo 2: La sombra que coincide
Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre ellos, mezclándose con el aroma de café recién hecho y pan dulce que llenaba el pequeño local. Damián sintió que el corazón se le aceleraba hasta dolerle contra las costillas. Esa frase exacta: “las cosas se ven mejor cuando dejas que la luz entre de verdad”, se la había leído él apenas unas horas antes en la bandeja de mensajes privados de su cuenta secreta. Nadie más conocía esa frase, nadie más la había escuchado o leído. Solo él y… Gael.
—¿Te ocurre algo? —preguntó Gael con suavidad, dándose cuenta de que Damián había dejado de respirar por un instante—. ¿Dije algo fuera de lugar?
—No… no, para nada —alcanzó a responder Damián, esforzándose por recuperar la compostura que siempre cuidaba con tanto esmero—. Es solo que… me suena mucho esa frase, eso es todo.
Gael sonrió con esa calma que parecía tener siempre consigo, y apartó un mechón de cabello que le caía sobre la frente.
—Es algo que siempre me digo a mí mismo cuando me cuesta ver las cosas claras. Trabajar con imágenes, ver lo que la mayoría ignora, te enseña que muchas veces lo único que hace falta es cambiar el ángulo o encender una luz nueva.
Damián asintió, pero por dentro sentía que todo su mundo se estaba desequilibrando. Si Gael era realmente LenteClara, entonces la persona en la que más confiaba en todo el mundo estaba justo delante de él, sin saber que él también buscaba desesperadamente saber quién era. Pero ¿cómo podía estar tan seguro? Podía ser una coincidencia, aunque fuera de las más extrañas. Sin embargo, al observarlo con más atención, cada detalle empezó a encajar como piezas de un rompecabezas que llevaba mucho tiempo incompleto: la forma de elegir siempre las palabras justas, esa manera de escuchar sin interrumpir nunca, esa calma que lograba transmitir incluso a través de una pantalla.
—Oye… si no tienes prisa, ¿te gustaría sentarte un rato conmigo? —le propuso Gael, señalando con la mano una mesa libre cerca de la ventana—. Me gustaría saber más cosas de ti, Damián. De verdad.
No supo decir que no. Ni siquiera quiso. Aceptó sin pensarlo demasiado y juntos se sentaron allí, uno frente al otro. Durante más de una hora hablaron sin detenerse: Gael le contó cómo había empezado en la fotografía, primero como un pasatiempo que le regaló su abuelo, y luego como profesión, hasta llegar a especializarse en fotografía forense; le explicó que su trabajo consistía en mirar más allá de lo obvio, en buscar las huellas que nadie más lograba distinguir. Damián, por su parte, se encontró contándole cosas que jamás le decía a nadie: lo agotador que resultaba vivir siempre a la altura de las expectativas de su padre, cómo sentía que poco a poco se iba perdiendo a sí mismo entre tanta perfección obligada, cómo a veces deseaba simplemente desaparecer de todas las miradas.
Por primera vez en su vida, habló sin miedo a ser juzgado. Y la razón era simple: Gael ya conocía esa parte de él, la había leído, la había comprendido mucho antes de saber quién se escondía detrás de todo.
Cuando se despidieron fuera del local, el sol ya empezaba a ocultarse detrás de los edificios, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. Gael le pidió permiso para volver a verlo, y Damián asintió con una sonrisa que esta vez no tuvo que fingir. Caminó de regreso a casa con la mente dando mil vueltas: cada paso que daba le confirmaba que no podía seguir escondiéndose, pero al mismo tiempo el miedo a que todo se desmoronara era más fuerte que nunca. Si se lo decía, ¿Gael se sentiría engañado? ¿Dejaría de hablarle al descubrir que había estado ocultando su identidad durante todo este tiempo? ¿O por fin todo tendría sentido?
Al entrar a su habitación, cerró la puerta con llave y se dejó caer sentado en el borde de la cama. Del fondo del cajón volvió a sacar la máscara, y la sostuvo entre sus manos con mucho cuidado. Durante años había sido su refugio, su única forma de ser libre. Pero ahora empezaba a parecerle más una prisión que un escudo: cuanto más tiempo pasaba detrás de ella, más lejos quedaba la posibilidad de ser amado tal cual era.
—¿Qué voy a hacer? —susurró al vacío, mientras acariciaba con el dedo los bordes dorados.
Horas después, cuando llegó el momento habitual de su transmisión, dudó mucho si siquiera abrir el ordenador. Al final lo hizo, pero no dio clic en el botón de iniciar emisión. En su lugar, entró directamente a sus mensajes privados y escribió a la única persona que siempre tenía la respuesta:
Nox: Hoy pasó algo muy extraño. Creo que he conocido a alguien que podría ser tú. O quizás solo estoy tan desesperado por saber quién eres que lo imagino todo.
No esperaba respuesta tan pronto, pero al cabo de apenas dos minutos apareció la contestación:
Gael: ¿Qué te hizo pensarlo?
Damián se quedó helado. Acababa de salir de hablar con él, sabía dónde estaba, cómo era, y aun así le respondía con esa misma calma de siempre. Entonces escribió:
Nox: Dijo exactamente la misma frase que me enviaste la semana pasada. Y muchas otras cosas coinciden. ¿Eres tú, Gael? Por favor, dime la verdad.
Pasaron cinco minutos que parecieron una eternidad. Hasta que la respuesta llegó acompañada de una pequeña fotografía adjunta: una vista desde su escritorio, y sobre él, la misma cámara fotográfica profesional que Damián había visto apoyada en la silla frente a él en la cafetería esa tarde. El mensaje decía:
Gael: Lo sospeché desde hace tiempo, pero quería esperar a que tú tuvieras el valor de decírmelo. Sí soy yo. Y llevo mucho tiempo queriendo saber cuándo te atreverías a encender la luz para mí.
Damián llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo que no esperaba soltar. Todo lo que había temido se desvaneció de golpe, reemplazado por una emoción tan grande que apenas podía contener. No era una coincidencia. No se lo estaba imaginando. La persona que buscaba, la que lo entendía mejor que nadie, había estado ahí todo el tiempo, caminando a su lado sin que él terminara de verlo.
Gael: Mañana a las cinco en el mismo lugar. Sin máscaras, sin pantallas. Solo nosotros dos, Damián y Gael. ¿Te parece bien?
Nox: Sí. Perfecto. Allí estaré.
Apagó la pantalla un instante y luego volvió a encenderla, mirando una y otra vez los dos nombres uno junto al otro: al fin, ambos mundos empezaban a unirse.