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Status: En proceso
Genre:Aventura / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: FuKagaku

Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.

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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 5

El desvanecimiento no concedió tregua; fue únicamente el portal hacia un suplicio de otra escala. Lo que sobrevino en el espacio mental no fue la nada, sino un colapso inverso: un Big Bang negativo, la antítesis absoluta de la expansión primigenia que dio origen al cosmos. Si la creación del universo se gestó mediante una explosión de materia y energía hacia afuera, este fenómeno operaba bajo un principio de implosión destructiva, contrayendo la realidad desde su núcleo y devorando la arquitectura de la existencia con una violencia sorda que despojaba a la materia de toda estabilidad, reduciéndola a un vacío estéril y aniquilador.

Cuando la tormenta de antimateria mental amainó en la penumbra, la esfera reapareció suspendida ante su consciencia, irradiando un fulgor rojo y verde que latía con un pulso asesino. La detonación de esa energía irradió hacia el plano físico con una contundencia implacable. En su habitación, recostado sobre el colchón después de que los sirvientes lo hubieran llevado y dejado reposar allí como cada noche, el cuerpo de seis años recibió el impacto de lleno.

Abajo, en el pasillo de piedra del dominio, los criados se retiraban en completo silencio tras cumplir sus labores, cerrando la puerta de madera pesada y asegurándose de dejar la estancia a oscuras. Para ellos, el niño no era más que un infante vencido por la fiebre común, un cuerpo frágil que debía descansar hasta la mañana siguiente. Ninguno de ellos imaginaba el cataclismo que estaba a punto de desatar la carne.

Dentro de la alcoba, las costillas de Daniel crujieron bajo una presión invisible y una espesa bocanada de sangre caliente brotó de sus labios, empapando las sábanas mientras sus vísceras cedían al colapso interno.

En ese instante comenzó la verdadera demolición de la carne.

Las lágrimas brotaban a raudales, surcando un rostro demacrado por el sudor frío mientras el cuerpo infantil se encorvaba en espasmos violentos. No se trataba de un desmayo misericordioso; era una reescritura biológica sistemática gobernada por las leyes inversas de aquel Big Bang microscópico. Los tejidos musculares eran desgarrados desde la fibra más íntima y recompuestos con una velocidad antinatural, mientras cada hueso se astillaba y se soldaba de nuevo en un ciclo cerrado de dolor insoportable. Los quejidos ahogados que lograban escapar de su garganta apenas eran un hilo rasgado por el ahogo y la fiebre.

En el estrato celular, la aniquilación respondía a la misma lógica de contracción cósmica. El ADN, el ARN, las cadenas de proteínas y cada componente orgánico de su sangre eran desintegrados y reconstruidos de manera milimétrica una y otra vez. La mente de Daniel —la consciencia madura que cargaba con el peso inútil de los manuscritos rechazados por las grandes editoriales científicas de su vida pasada, el eco punzante de las negativas institucionales y el esfuerzo desatendido de años de investigación archivados en repositorios digitales— permanecía lúcida a la fuerza. Su cerebro biológico era destruido y devuelto a la vida de forma perpetua, obligado a procesar el tormento exacto de su propia disolución sin perder un ápice de raciocinio.

La desproporción era absoluta. Un organismo de seis años, inmaduro y frágil, carecía por completo de la estructura necesaria para contener semejante cataclismo energético. La anomalía estaba hackeando su biología, reduciendo su anatomía a cenizas para rediseñarla bajo la pauta de ese universo inverso, convirtiendo cada segundo en una eternidad de carne desgarrada y resistencia obligatoria.

Y lo más aterrador era que aquello constituía apenas el inicio.

El proceso de calibración biológica requería de una semana entera. Siete jornadas consecutivas de destrucción y regeneración celular sin descanso. Al otro lado de los gruesos muros de piedra, la servidumbre transcurría sus días con total normalidad, ignorando por completo el infierno silencioso que consumía al niño bajo las sábanas, sin percatarse de que el lecho se había convertido en un calabozo de carne rota. Daniel quedó sumergido en ciento sesenta y ocho horas de agonía ininterrumpida, obligado a renacer miles de veces por segundo en una lucha desesperada contra una energía que se negaba a dejarlo morir.

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FuKagaku
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