nigfc hftuj yij bbjb
NovelToon tiene autorización de mirle hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CUMPLEAÑOS
A las cinco de la tarde, como de costumbre, Yan Marcos llegó de la empresa. Apenas entró a la casa, buscó a su hijo con la mirada.
Lo encontró en la sala, entretenido armando un rompecabezas. Sin embargo, había algo diferente, ya no tenía aquella expresión seria y apagada que lo acompañaba todos los días. Ahora se veía tranquilo, sonreía de vez en cuando e incluso tarareaba una canción que había aprendido en clase.
Yan Marcos frunció ligeramente el ceño, sorprendido por el cambio y dijo cerca de su hijo.
YAN MARCOS: Buenas tardes, hijo.
Gael levantó la vista y respondió con una sonrisa.
GAEL: Buenas tardes, papá.
Aquella respuesta llena de ánimo llamó aún más la atención de Yan Marcos, era un cambio tan evidente que no pudo ignorar, la niñera, que había presenciado la escena, se acercó y comentó:
—Señor Yan Marcos, desde que llegó la nueva profesora, Gael ha cambiado mucho. Regresa de la escuela contento, habla un poco más y hasta juega con más entusiasmo.
Yan Marcos volvió a mirar a su hijo. Por primera vez en mucho tiempo, lo veía feliz de verdad. Yan Marcos permaneció unos segundos observando a Gael, aquel niño alegre y expresivo parecía otro. Era la primera vez que lo veía regresar de la escuela con una sonrisa tan natural.
Sin darse cuenta, un sentimiento de culpa comenzó a invadirlo y se cuestionó "¿Cuándo fue la última vez que me senté a escucharlo? ¿Cuándo jugué con él sin mirar el reloj o el celular?".
Comprendió que, durante mucho tiempo, había intentado compensar su ausencia con juguetes, ropa y todo lo que el dinero podía comprar. Sin embargo, ahora entendía que eso no era lo que más necesitaba su hijo, Gael necesitaba ser escuchado, necesitaba sentirse importante, necesitaba cariño y la seguridad de que su padre estaba ahí para él.
Yan Marcos bajó la mirada, sabía que había fallado en ese aspecto. No porque no amara a su hijo, sino porque había dejado que el trabajo ocupara casi todo el espacio de su vida.
Desde que enviudó, se había refugiado en la empresa, trabajaba desde muy temprano hasta el final de la tarde, y cuando estaba en casa también trabajaba, convencido de que el mayor acto de amor era asegurarle a Gael un futuro sin necesidades.
Pero esa tarde comprendió una verdad que le dolió aceptar, había estado construyendo un gran patrimonio para su hijo, mientras, sin querer, descuidaba los momentos que nunca podrían recuperarse.
Miró nuevamente a Gael, que seguía jugando con una sonrisa, y sintió el deseo de cambiar. Sabía que no sería fácil, porque las responsabilidades de la empresa exigían gran parte de su tiempo. Aun así, prometió en silencio hacer un esfuerzo por estar más presente, porque entendió que ningún éxito profesional podría reemplazar el abrazo, la atención y el amor que un niño necesita de su padre, pero no sabía por dónde empezar, y pensó que debía empezar por el cumpleaños numero 6 que era el fin de semana, el sábado.
El año escolar estaba entrando en su etapa final. Faltaban apenas tres meses para que concluyera, y los niños de preescolar ya comenzaban a prepararse para una fecha muy especial, su ceremonia de graduación, entre ellos estaba Gael.
Después de un año de esfuerzo y aprendizaje, estaba listo para culminar esa importante etapa de su infancia y ser promovido a primer grado.
Nathaly observaba con orgullo los avances de cada uno de sus estudiantes durante el corto tiempo con ellos, sabía que no solo habían aprendido a reconocer letras, números y colores; también habían aprendido sobre la amistad y confianza.
En el caso de Gael, el cambio era aún más evidente. El niño que al principio permanecía en silencio, evitaba jugar y mantenía la mirada perdida, ahora participaba en las actividades, sonreía con frecuencia y compartía con sus compañeros.
Para Nathaly, ese era uno de los logros más valiosos que habia conseguido como maestra. Sin embargo, todavía quedaban tres meses por delante, y uno de los estudiantes no se imaginaba que ese tiempo traería momentos que cambiarían su vida para siempre.
Al día siguiente al terminar la jornada escolar, Nathaly regresó a su casa con el corazón lleno de satisfacción. Al llegar, encontró a su madre, María, y a su hermana, Yeidi, esperándola para almorzar Como era costumbre, las tres conversaban sobre cómo había transcurrido el día de cada una. Entre risas y anécdotas, Nathaly les contó algunas historias divertidas de sus alumnos, también escuchó con atención lo que su madre y su hermana también tenían para decir.
Mientras tanto, en la mansión, Gael esperaba con impaciencia la llegada de su padre. Miraba la puerta principal una y otra vez. Había algo muy importante que quería pedirle, cuando Yan Marcos entró en la casa, Gael se acercó de inmediato.
GAEL: Papá, quiero pedirte algo.
YAN MARCOS: Claro, hijo. ¿Qué sucede?
GAEL: Quiero pasar el día de mi cumpleaños con mi maestra aquí, en la casa.
Yan Marcos lo miró sorprendido por la petición, lo pensó por un momento, siempre había mantenido una clara separación entre la escuela y la vida privada de su familia y dijo con duda.
YAN MARCOS: ¿No quieres pasar tu cumpleaños conmigo? ¿Prefieres a tu maestra?
Gael bajó un poco la cabeza antes de responder con sinceridad.
GAEL: Solo pensé que ibas a estar ocupado, como siempre. Por eso quería estar con ella aquí en la casa.
Aquellas palabras fueron como un golpe al corazón de Yan Marcos, no había reproche en la voz de su hijo, solo la inocente certeza de un niño que se había acostumbrado a la ausencia de su padre.
Sintió un profundo remordimiento, comprendió que Gael ya daba por hecho que el trabajo siempre ocuparía el primer lugar. Después de unos segundos de silencio, se arrodilló frente a él y le acarició el cabello.
YAN MARCOS: No, hijo. Este año quiero estar contigo, tu cumpleaños es importante para mí.
Gael sonrió con timidez, aunque en su mirada aún había una pequeña duda.
Esa noche, mientras permanecía solo en su habitación, Yan Marcos no dejaba de pensar en la conversación con su hijo. Estaba decidido a recuperar el tiempo perdido, pero no sabía por dónde empezar.
Entonces recordó algo que le había dicho la niñera, desde la llegada de la nueva maestra, Gael había cambiado por completo.
Tal vez ella pueda orientarme", pensó.
Si había logrado que su hijo volviera a sonreír en tan poco tiempo, quizá también pudiera ayudarlo a entender cómo acercarse a él.
Lo que Yan Marcos no sabía era que aquella maestra no era una mujer de mucha edad, como había imaginado. Nunca se había interesado por conocer quién enseñaba a su hijo, y desconocía que Nathaly era una joven llena de entusiasmo, vocación y un inmenso amor por los niños.