La Chica que Compró al Príncipe Esclavo
Elena Valmont solo quería entregar un paquete, cobrar unas monedas y volver a casa.
Pero una noche terminó en una subasta clandestina… y compró a un esclavo condenado a morir al amanecer.
Lo que no sabía era que aquel hombre herido, silencioso y cubierto de cadenas no era un esclavo cualquiera, sino Adrien Asteria, el heredero perdido del imperio más poderoso del continente.
Desde ese momento, Elena queda atrapada en una guerra por el trono, perseguida por asesinos, nobles traidores y secretos enterrados durante años.
Salvarlo fue un acto de compasión.
Amarlo podría costarle la vida.
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CAPÍTULO 2 Los ojos del condenado
El martillo no llegó a golpear la madera.
—¡Trescientas monedas por tercera...!
La voz del subastador quedó suspendida en el aire mientras todos los presentes esperaban el sonido que decidiría el destino del último esclavo de la noche.
Elena permanecía inmóvil.
Sentía el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que apenas podía escuchar otra cosa. Sus dedos temblaban alrededor de la pequeña bolsa donde guardaba los ahorros de varios años de trabajo.
No era suficiente.
Ni de cerca.
Aun así, una parte de ella seguía preguntándose si existía alguna forma de impedir aquella ejecución.
«¿Por qué me importa tanto un desconocido?»
La pregunta se repetía una y otra vez en su cabeza.
No conocía su nombre.
No sabía de dónde venía.
No sabía si realmente era el asesino del que todos hablaban.
Pero cada vez que levantaba la vista y encontraba aquellos ojos azules, una extraña sensación recorría su pecho.
No había miedo en ellos.
Tampoco resignación.
Era algo diferente.
Como si aquel hombre hubiera perdido todo... excepto su dignidad.
El subastador sonrió con satisfacción.
—Parece que nuestro invitado ya tiene dueño.
Los asistentes comenzaron a comentar entre ellos.
—Dicen que intentó escapar dos veces.
—Tres.
—Escuché que mató a un capitán.
—Por ese precio espero que al menos sepa usar una espada.
Las carcajadas llenaron nuevamente la sala.
Elena sintió un nudo en la garganta.
Para todos ellos, aquel hombre no era una persona.
Era una inversión.
Un trofeo.
Una diversión.
El comprador dio unos pasos hacia la plataforma.
Era un hombre corpulento, vestido con un lujoso abrigo de piel negra. Llevaba varios anillos de oro en las manos y una sonrisa arrogante que hizo que Elena sintiera un escalofrío.
—Llévenlo a mi carruaje cuando termine la subasta.
El subastador hizo una reverencia exagerada.
—Será un placer hacer negocios con usted, lord Varek.
Dos guardias sujetaron con fuerza las cadenas del esclavo para obligarlo a levantarse.
Él obedeció lentamente.
Su cuerpo mostraba el cansancio de innumerables golpes, pero seguía caminando con la espalda recta.
Uno de los guardias perdió la paciencia y le dio un fuerte empujón.
El joven tropezó, aunque logró recuperar el equilibrio antes de caer.
Lord Varek soltó una carcajada.
—Vaya... todavía conserva algo de orgullo.
Sin previo aviso, levantó su bastón y golpeó al esclavo en el abdomen.
El impacto resonó por toda la sala.
Varias personas rieron.
Otras simplemente observaron con indiferencia.
El joven apretó los dientes.
No emitió un solo quejido.
No les daría esa satisfacción.
Elena sintió que la rabia comenzaba a reemplazar el miedo.
«¿Cómo pueden disfrutar esto...?»
El comerciante volvió a levantar el bastón.
—Quiero que aprenda quién manda antes de llegar a mi casa.
El golpe nunca llegó.
El esclavo levantó la mano encadenada y detuvo el bastón en el aire.
Durante un segundo, toda la sala quedó completamente en silencio.
Los ojos de ambos hombres se encontraron.
El comerciante sonrió con desprecio.
—¿Te atreves a desafiarme?
El joven respondió con una voz ronca, áspera por el cansancio, pero firme.
—Prefiero morir... antes que inclinar la cabeza ante alguien como tú.
El silencio se hizo todavía más pesado.
Aquellas fueron las primeras palabras que Elena escuchó salir de sus labios.
Y bastaron para comprender que aquel hombre no era como los demás.
Había algo en su forma de hablar.
En su manera de sostener la mirada.
En la elegancia de sus palabras, incluso cubierto de sangre y cadenas.
No sonaba como un criminal.
Sonaba...
Como alguien que alguna vez había nacido para mandar.
Lord Varek perdió la sonrisa.
Su rostro se volvió rojo de furia.
—¡Maldito perro!
Le arrebató el látigo a uno de los guardias y lo hizo chasquear en el aire.
El cuero descendió con violencia.
El golpe dejó una marca roja sobre la espalda del joven.
Pero él no gritó.
Ni siquiera cerró los ojos.
Solo siguió observándolo con aquel desprecio helado que parecía enfurecer aún más a sus enemigos.
Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.
No podía seguir mirando.
No podía fingir que aquello no estaba ocurriendo.
Y, sin darse cuenta, dio un paso al frente.
Un solo paso.
Lo suficiente para llamar la atención del anciano que había estado observándola desde el principio.
El hombre arqueó una ceja.
—Ten cuidado, muchacha... Hay decisiones que cambian una vida para siempre.
Elena no respondió.
Porque, por primera vez desde que había entrado en aquella sala, comenzaba a temer que ya fuera demasiado tarde para dar marcha atrás.