Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Píxeles, peligros y el guardián de la sombra
Diego Sosa no dormía bien cuando Sandra estaba en peligro. Y aunque ella le había dicho que el caso iba bien, su instinto le gritaba que algo andaba mal.
Eran las 2:00 a. m. del viernes. Sandra ya se había ido a su habitación, agotada por el caso. Diego estaba en la sala, con su laptop encendida, la luz azul iluminando su rostro tenso.
Como diseñador gráfico, Diego pasaba horas navegando por la web, buscando inspiración, entendiendo la arquitectura de la información. Pero Diego tenía un don adicional: era un experto en OSINT (Inteligencia de Fuentes Abiertas). Sabía cómo rastrear huellas digitales, cómo conectar puntos que los motores de búsqueda normales ocultaban.
Esa noche, había tecleado el nombre del licenciado Rivas en foros de ciberseguridad, bases de datos públicas y registros corporativos ocultos. Lo que encontró le heló la sangre.
Rivas no era solo un socio corporativo corrupto. En la superficie, Construcciones Rivas lavaba dinero. Pero en las capas profundas de la red, en foros encriptados que Diego había logrado descifrar usando credenciales de un viejo contacto hacker, el nombre de Rivas aparecía vinculado a "El Cártel del Pacífico". No como abogado, sino como el encargado de comprar propiedades para ocultar cargamentos.
Y lo peor: había un mensaje en un foro de seguridad privada, fechado hace dos días. "La abogada del bufete Galvis está husmeando en la casa de Méndez. Si encuentra la libreta, hay que silenciarla. Tienen su dirección."
Diego sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Tienen su dirección. Miró hacia el pasillo oscuro que llevaba a la habitación de Sandra.
No. No iba a permitirlo. No mientras él respirara.
A la mañana siguiente, Sandra salió de su habitación bostezando, con el cabello rojo hecho un nido y una camiseta oversize. Se detuvo en seco al ver la cocina.
Diego estaba de pie junto a la isla, con los brazos cruzados. No había café. No había desayuno. Su rostro estaba pálido, con ojeras profundas, y sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de furia y terror que Sandra nunca le había visto.
—Diego... ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —preguntó ella, acercándose con el ceño fruncido.
—Siéntate, Sandra —dijo él. Su voz no era la de su amigo gracioso. Era la voz de un hombre que estaba a punto de perder el control.
Sandra se sentó, alarmada.
—¿Qué pasó? ¿Te despidieron? ¿Te pasó algo?
Diego giró su laptop y la puso frente a ella. En la pantalla había documentos, capturas de foros encriptados y un mapa con una ruta marcada.
—Anoche investigué a Rivas —dijo él, sin rodeos—. No es solo un lavador de dinero, San. Está vinculado al cártel del Pacífico. Compra propiedades para ellos. Y Sandra... —Su voz se quebró un milímetro—, hay un mensaje en un foro de seguridad privada. Alguien sabe que tú tienes la libreta. Y tienen la dirección de este departamento.
Sandra sintió que el mundo se le venía encima. Miró la pantalla, luego a Diego.
—¿Cómo... cómo sabes esto? Diego, esto es ilegal, esto es...
—¡Me importa una mierda si es ilegal! —explotó Diego, golpeando la mesa con la mano abierta. El sonido resonó como un disparo en la cocina—. ¡Van a lastimarte, Sandra! ¡Van a venir por ti!
Sandra se quedó en silencio, temblando. La realidad de su caso, que hasta ayer parecía un rompecabezas intelectual en el bufete, de repente se volvió mortal.
Diego se pasó las manos por el cabello, respirando con dificultad. Cuando volvió a hablar, su voz era un susurro desesperado.
—No puedes ir al bufete hoy. Tienes que irte. Podemos irnos a la casa de mi tía en Cuernavaca, o...
—Diego, no —lo interrumpió Sandra, recuperando un poco de su voz—. Si me escondo, pierdo el caso. Lucía se pudre en la cárcel. Rivas se sale con la suya. No puedo huir.
—¡No me importa, Lucía! —gritó Diego, y las palabras salieron antes de que pudiera frenarlas. Se quedó congelado, con los ojos muy abiertos, dándose cuenta de lo que acababa de confesar.
El silencio en la cocina fue absoluto.
Sandra lo miró, con el corazón latiéndole en las orejas. No me importa, Lucía.
Diego tragó saliva, bajando la mirada, visiblemente derrotado.
—Perdón —murmuró él, con la voz rota—. Perdón, San. No debí decir eso. Es que... es que me aterra perderte. Me aterra que te pase algo y yo no pueda hacer nada. Eres lo único que me importa en este mundo.
Sandra se levantó de la silla. Caminó hacia él. No pensó en la inseguridad, no pensó en Julián, no pensó en las reglas no escritas de su amistad. Solo vio a Diego, al hombre que había pasado la noche en vela rastreando a un criminal para protegerla, al hombre que acababa de gritar que ella era lo único que le importaba.
Lo abrazó.
Lo abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón contra su mejilla. Diego se quedó rígido un segundo, sorprendido, y luego la rodeó con sus brazos, apretándola contra él como si fuera la única tabla de salvación en un océano en llamas.
—No me voy a esconder, Diego —susurró ella contra su camisa—. Pero no voy a ir sola al bufete.
Diego bajó la cabeza, apoyando su barbilla en el cabello rojo de ella. Cerró los ojos, respirando su aroma.
—Te llevo yo —dijo él, con la voz firme, recuperando su papel de guardián—. Y me quedo en el bufete todo el día. En la recepción. En el estacionamiento. Donde sea. Pero no te quito la vista de encima.
Sandra asintió, aferrándose a su espalda. En ese abrazo, no había dudas. No había "logística de oficina". Solo había dos personas que se necesitaban, enfrentando el mundo juntas. Y mientras Diego la sostenía, Sandra supo que, sin importar lo que pasara con el caso, o con Julián, ella ya no estaba sola.
Se quedaron así un largo rato, en el silencio de la cocina, hasta que el reloj de la pared marcó las siete de la mañana. Diego fue el primero en separarse, aunque sus manos permanecieron en la cintura de Sandra un segundo más de lo necesario, como si le costara físicamente soltarla.
—Vete a ducharte —le dijo él, con la voz firme, recuperando el control—. Yo empaco una mochila con lo esencial por si tenemos que salir rápido. Y Sandra...
—¿Sí? —preguntó ella, con la voz aún temblorosa, mirándolo a los ojos.
—No te separes de mí ni un metro hoy. Ni en el baño, ni en el elevador. Si algo pasa, tú corres hacia la salida, no hacia mí. ¿Entendido?
Sandra asintió, sintiendo un escalofrío. Ya no era el Diego de las camisetas grises y los chistes malos sobre tiendas de mascotas. Era un hombre asustado, sí, pero era un hombre dispuesto a enfrentarse a lo que fuera con tal de verla respirar.
—Entendido —susurró ella.
Mientras Diego caminaba hacia su habitación para buscar su mochila, Sandra se quedó en la cocina, mirando la pantalla de la laptop donde brillaba la amenaza digital. El miedo seguía ahí, frío y afilado, pero por primera vez en toda la mañana, no la paralizaba. Porque sabía que, pasara lo que pasara, el león melancólico estaba listo para pelear.