Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.
Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.
Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.
Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.
Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.
Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.
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Bab 7
Capítulo 7
En el pequeño jardín del hospital, la brisa matutina soplaba suavemente arrastrando el aroma de las flores que crecían a lo largo del sendero. Sergio estaba de pie junto a un macizo de flores, observando a Santiago con fijeza. No había respondido a su pregunta. Sus ojos redondos parpadearon varias veces, como si estuviera examinando algo con absoluta seriedad.
Santiago, al notarlo, alzó una ceja.
—¿Por qué me miras así?
Sergio no respondió de inmediato. El niño esbozó una pequeña sonrisa antes de acercarse un paso. Luego, sin vacilar, sus manitas tocaron el rostro de Santiago.
Aquel contacto pequeño y cálido hizo que Santiago se quedara en silencio por un instante.
—Mamá me dijo una vez... —comenzó Sergio con su vocecita— que la cala de papá ela muy guapo.
El corazón de Santiago pareció detenerse por un segundo. Sergio siguió hablando con total inocencia, sin percatarse de que cada palabra golpeaba el pecho del hombre frente a él.
—Mamá dice que papá tiene la naliz afilada... y que ela un poco tlavieso y levoltoso.
Santiago se quedó inmóvil. La expresión de sus ojos cambió poco a poco.
—Y dice... —Sergio soltó una risita— que papá se palece a Selgio.
Por primera vez, Santiago se quedó verdaderamente sin palabras. El pecho se le llenó de algo que irrumpió de golpe, con una fuerza brutal. Sin darse cuenta, los ojos empezaron a arderle. Giró la cara ligeramente, pero una lágrima se le escapó de todas formas.
Sergio lo miró confundido al instante.
—¿Doctol está llolanda?
Santiago se apresuró a secarse la esquina del ojo con suavidad.
—No —respondió en voz baja, con una sonrisa apenas dibujada—. Solo fue el viento.
Sergio asintió, creyéndole sin más. Luego volvió a hablar con total naturalidad, como si lo de antes no hubiera sido nada importante.
—Selgio no le tiene miedo a no tenel papá.
Santiago lo miró de nuevo.
—¿Por qué?
—Polque Selgio tiene a papá Lenato —respondió con total inocencia. Aquel nombre hizo que Santiago se tensara levemente. Sin embargo, Sergio no lo notó en absoluto.
—Papá Lenato es bueno —continuó alegremente—. Siemple le compla lobots a Selgio.
Santiago trató de mantener la calma a pesar de que algo extraño empezaba a crecerle en el pecho.
—¿Papá Renato? —repitió en voz baja.
—Sí... —Sergio asintió con entusiasmo—. Aunque tlabaja muy lejos.
El niño levantó entonces la cabeza para mirar a Santiago de nuevo, lleno de curiosidad.
—¿Doctol ya tiene hijos?
Santiago sonrió levemente y negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Pol qué?
—No he encontrado a la persona indicada.
—Ah... —Sergio pareció reflexionar con seriedad durante unos segundos antes de soltar con desparpajo—: Pelo si Doctol es guapo.
Santiago dejó escapar una risa breve.
—¿Tú crees?
—Sí —respondió Sergio con aplomo—. Doctol guapo segulo tiene muchas chicas bonitas que le gustan.
Y luego, sin el menor reparo, el niño añadió:
—Como mamá.
Santiago se quedó callado de golpe.
—Todos los días llega algún señol colqueto a la tienda de floles pala coqueteal con mamá —dijo Sergio con una expresión de seriedad cómica—. Unos le llevan chocolates, otlos se hacen los que compla floles pelo en lealidad quielen invitalla a comel.
Santiago contuvo la respiración sin querer. Por alguna razón, una incomodidad repentina le brotó en el pecho. Pero Sergio se echó a reír a carcajadas.
—¡Pelo a mamá no le gustan! —proclamó con orgullo.
Santiago terminó por sonreír también, mientras le acariciaba el pelo al niño con suavidad.
—¿Te gusta el helado? —preguntó de pronto.
Los ojos de Sergio se iluminaron al instante.
—¡Sí!
—¿De qué sabor?
—¡De flesa mezclado con mata!
Santiago frunció el ceño, confundido.
—¿Mata?
Sergio asintió con entusiasmo.
—Sí... eso velde velde como el pasto del vecino.
Santiago tardó unos segundos en comprender antes de caer en cuenta.
—¿Matcha? —adivinó.
—¡Eso! —Sergio soltó una carcajada—. ¡Mata!
La risa inocente del niño le arrancó a Santiago una sonrisa suave. Pero detrás de esa sonrisa, sus pensamientos se volvían cada vez más caóticos. Las palabras de Sergio seguían resonándole en la cabeza.
—Vamos a comprar helado.
La invitación hizo que los ojos de Sergio se abrieran enormes de emoción.
—¿De veldad? —preguntó entusiasmado.
Santiago asintió.
—Sí. Pero después nos regresamos. No puedes andar paseando demasiado rato.
—¡Sí! —respondió Sergio tan emocionado que dio un pequeño salto.
Santiago tuvo que sujetarle los hombros para que no se agitara de más, considerando que apenas se estaba recuperando. Finalmente caminaron juntos fuera del pequeño jardín del hospital hacia la tienda del vestíbulo de la planta baja.
A lo largo del camino, Sergio no paró de parlotear con su vocecita, arrancándoles sonrisas enternecidas a varias enfermeras que los veían pasar.
Mientras tanto, en la habitación, la puerta se abrió de golpe.
Sara entró con la respiración entrecortada, recién llegada de la florería. Pero sus pasos se frenaron en seco: la habitación estaba vacía. La cama de Sergio estaba tendida y no había ni rastro del niño.
El rostro de Sara palideció de inmediato.
—S... ¿Sergio? —El corazón empezó a latirle con violencia.
Las manos le temblaban mientras sus ojos recorrían desesperadamente cada rincón de la habitación. En un instante, todo tipo de posibilidades terribles le inundaron la mente.
¿Y si Sergio se cayó? ¿Y si alguien se lo llevó? ¿Y si...?
—No... —susurró presa del pánico. Las lágrimas le brotaron sin que pudiera evitarlo. Se dio la vuelta para salir corriendo de la habitación cuando una enfermera se acercó a ella.
—¿Señora Sara?
Sara le agarró el brazo a la enfermera, desesperada.
—¿Dónde está mi hijo? ¿A dónde se fue Sergio?
La enfermera se sobresaltó levemente al ver el rostro lívido de Sara.
—Tranquila, señora —dijo rápidamente—. Sergio está con el doctor Santiago.
—¿El doctor... Santiago?
La enfermera asintió.
—Sergio dijo que estaba aburrido en la habitación, así que el doctor Santiago lo llevó a pasear al jardín.
El cuerpo de Sara se relajó poco a poco con el alivio. Su respiración, que se le había cerrado en el pecho, empezó a normalizarse. Pero después de ese alivio, surgió otro sentimiento que fue apoderándose de ella y que le devolvió la inquietud. Miedo de que Santiago pasara demasiado tiempo cerca de Sergio. Miedo de que aquel hombre empezara a darse cuenta de algo. Sara se dirigió de inmediato al jardín del hospital. Buscó con la mirada en cada rincón, pero no encontró a nadie.
—¿Dónde están...? —murmuró. Se dio la vuelta para buscar en otra dirección, y entonces se detuvo en seco. A lo lejos, vio a Santiago caminando hacia ella.
Llevaba a Sergio cargado en un brazo, mientras que en la manita del niño había un vasito de helado de fresa con matcha.
Sergio se reía bajito, entretenido con su helado, mientras Santiago le sujetaba el cuerpecito de vez en cuando para que no se moviera demasiado.
Aquella escena tan simple hizo que el corazón de Sara latiera más fuerte de lo normal.
Santiago, al ver a Sara de pie no muy lejos, se detuvo. Sus miradas se cruzaron. Luego bajó a Sergio con cuidado.
En cuanto vio a su mamá, Sergio corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Sara se agachó instintivamente y abrazó a su hijo con fuerza.
—Me asustaste mucho... —le susurró mientras le besaba el pelo.
—¡Fui con el doctol Santiago a compla helado! —exclamó Sergio entusiasmado, mostrándole el vasito que sostenía en la mano.
Sara se esforzó por esbozar una pequeña sonrisa.
—Sí, ya veo.
Poco después, una enfermera se acercó con una carpeta en las manos.
—Señora Sara —la llamó con amabilidad—. El estado de Sergio ya mejoró y le autorizan el alta para hoy.
Sara asintió con alivio.
—Gracias a Dios...
—Puede esperar los medicamentos en la farmacia.
—Muy bien, gracias.
La enfermera sonrió y se retiró. Sara se incorporó lentamente, tomando a Sergio de la mano. Tenía la intención de irse de inmediato, antes de que la situación se complicara aún más.
Pero apenas había dado unos pasos cuando escuchó:
—Sara.
Se detuvo en seco. Aquella voz que antes siempre le había sonado cálida, ahora le pesaba en los oídos. Poco a poco se dio la vuelta. Santiago se acercó con una expresión difícil de descifrar. La mirada fija en ella. Cargada de algo que llevaba mucho tiempo contenido.
—Quiero preguntarte algo.
Sara guardó silencio. El corazón volvió a agitársele.
Santiago se detuvo justo frente a ella.
—¿Quién es el papá de Sergio?
Sara se tensó por completo.
Santiago siguió mirándola sin apartar los ojos ni un segundo.
—O... —continuó en voz baja, pero cada palabra cortaba como un filo— ¿todo este tiempo estuviste jugando a dos bandas, y no solo con Renato?
A Sara se le cortó la respiración.
—¿Acaso tenías a otro hombre además de mí y de Renato?
Aquellas palabras golpearon con una fuerza brutal. Pero Sara no se defendió. Solo miró a Santiago con los ojos que, poco a poco, se iban llenando de lágrimas.
Mientras tanto, junto a ellos, Sergio permanecía de pie con su helado en las manos, sin entender por qué de pronto todo se había vuelto tan asfixiante.