Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
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Capítulo 2
Capítulo 2: No le digas a nadie
El taxi olía a aromatizante de pino y café viejo.
Valentina iba en el asiento trasero con el bolso sobre las rodillas, el vestido negro arrugado bajo el saco que el conductor le había ofrecido sin preguntar demasiado. Agradeció ese silencio más que cualquier frase amable. Si alguien le decía "¿está bien?", iba a romperse ahí mismo, entre el tráfico de bajada del Hotel Sierra Verde y los primeros camiones rumbo a San Valero.
El celular se encendió al cinco por ciento cuando por fin logró conectarlo al cargador del taxi.
Diecisiete llamadas perdidas de Luciana.
Tres mensajes de Abuela Carmen.
Uno de un número desconocido.
Valentina abrió primero el de su abuela.
`Mija, ¿ya llegaste?`
`No te desveles. Mañana vienes a desayunar.`
`Te guardé pan dulce.`
El pecho le hizo un ruido feo. No lloró. Apretó el celular hasta que la pantalla se le clavó en la palma y escribió con cuidado:
`Ya voy para mi departamento, abue. Todo bien. Te llamo más tarde.`
La mentira se envió con una palomita gris.
Luego abrió el chat de Luciana.
`¿Dónde estás?`
`Vale, contéstame.`
`Rodrigo dijo que te fuiste porque te sentiste mal.`
`No me gusta esto. Llámame.`
Valentina tragó saliva. La palabra Rodrigo le dejó un sabor metálico en la boca.
Marcó.
Luciana contestó al primer tono.
—¡Valentina! ¿Dónde demonios estás?
—En un taxi.
—¿Sola?
Valentina miró por la ventana. Los árboles de la carretera pasaban como manchas verdes.
—Sí.
—¿Qué pasó anoche? Rodrigo dijo que te acompañó a tomar aire y luego desapareciste. Lo vi raro. Más raro de lo normal.
Valentina cerró los ojos.
—No le digas a nadie que hablé contigo.
El silencio de Luciana cambió de temperatura.
—Vale.
—La copa que me dio... tenía algo.
—Hijo de—
—No grites. Por favor.
Luciana respiró fuerte, como si hubiera mordido algo.
—Voy por ti. Dime dónde estás.
—No. Estoy llegando a mi departamento.
—Tenemos que ir a un hospital.
Valentina se tocó la muñeca. Le temblaba.
—Ya pasaron horas.
—Por eso mismo.
—Me bañé en el hotel.
Luciana no respondió.
Esa pausa dolió más que un reproche.
—No pensé —susurró Valentina—. Solo quería quitarme... todo.
—No es tu culpa.
Valentina soltó una risa sin aire.
—Eso no importa si no puedo probarlo.
—Sí importa.
—Rodrigo va a decir que bebí porque quise. Que me fui sola. Que soy una profesora joven buscando atención en un evento de empresarios. Y si alguien averigua en qué suite terminé...
No pudo decir el nombre.
Montero.
El apellido seguía ahí, detrás de los ojos, grabado en oro oscuro.
—¿En qué suite terminaste? —preguntó Luciana, más bajo.
—No puedo hablar de eso.
—Vale.
—En serio. No le digas a nadie.
—No voy a decir nada —prometió Luciana—. Pero tú vas a abrirme la puerta cuando llegue. Si no quieres hospital, por lo menos me dejas verte.
Valentina quiso negarse. Luego imaginó su departamento, la ducha, la cama limpia, el silencio tragándosela entera.
—Está bien.
Cuando llegó, pagó con manos torpes y subió los tres pisos sin esperar el elevador. Su departamento estaba como lo había dejado: libros sobre la mesa, una taza de café lavada boca abajo, las plantas de albahaca junto a la ventana. Todo normal. Todo ofensivamente normal.
Se quitó el vestido y lo metió en una bolsa de basura.
Después se quedó sentada en el piso del baño, envuelta en una toalla, hasta que Luciana tocó la puerta.
No hubo preguntas al principio. Luciana entró, la vio, dejó una bolsa de farmacia sobre el lavabo y se arrodilló frente a ella.
—Te traje suero, analgésico y un cambio de ropa. También traje mi furia, pero esa la guardo hasta que me digas.
Valentina casi sonrió. Casi.
—No quiero denunciar.
—No te voy a obligar.
—No hay evidencia.
—Hay cámaras.
—Hay apellidos.
Luciana apretó la mandíbula.
—También tienes el tuyo.
Valentina bajó la vista a sus dedos arrugados por el agua.
—Mi apellido no compra silencio, Lu.
Luciana no discutió. Le ayudó a levantarse, le dio ropa limpia y se quedó en la sala mientras Valentina se vestía. Después le preparó café, aunque ninguna de las dos lo tocó.
—¿Rodrigo te escribió? —preguntó Luciana.
Valentina revisó el número desconocido.
`No armes un drama. Anoche estabas tomada. Mejor dejemos las cosas así.`
No había firma.
No hacía falta.
Luciana leyó el mensaje sobre su hombro y se puso de pie.
—Ahora sí voy a matarlo.
—No.
—Lo digo en sentido legalmente simbólico.
—Luciana.
—Está bien. Me siento.
Valentina borró el mensaje.
Luciana abrió la boca para protestar, pero Valentina la detuvo con una mirada.
—Si lo dejo, voy a leerlo cien veces.
—Era evidencia.
—Era una amenaza disfrazada de consejo. Ya sé lo que decía.
Luciana se sentó otra vez, furiosa y triste.
—¿Qué vas a hacer?
Valentina miró la bolsa negra donde estaba el vestido.
—Ir a trabajar mañana.
—¿Perdón?
—Si falto, van a preguntar. Si me escondo, Rodrigo gana.
—Vale, no tienes que demostrar nada.
—No estoy demostrando. Estoy sobreviviendo.
Dos kilómetros más arriba, en una suite privada del Hotel Sierra Verde, Sebastián Montero despertó con la cama vacía y un dolor sordo detrás de los ojos.
Durante diez segundos no entendió la ausencia.
Luego vio la silla sin el vestido, la puerta cerrada, el espacio frío junto a su cuerpo.
Se incorporó de golpe.
—Maldición.
Su celular estaba en la mesa, sin batería. Lo conectó, esperó lo suficiente para que encendiera y marcó a Marcos Peña.
—Señor Montero —contestó Marcos, con la voz demasiado despierta para ser tan temprano—. Llevo llamándolo desde anoche.
—Necesito el registro completo de huéspedes y cámaras del piso ejecutivo.
—¿Hubo un incidente?
Sebastián miró la cama desordenada. La memoria regresó en fragmentos: Valentina pálida, Rodrigo golpeando la puerta, la palabra "vino".
—Sí.
—¿Policía?
—Todavía no. Primero quiero saber quién la subió a este piso, quién la siguió y qué le sirvieron en el salón.
Marcos no pidió aclaraciones.
—En veinte minutos tengo al gerente.
—Diez.
Colgó.
Se duchó con agua fría, se vistió con la misma ropa de la noche anterior y bajó al salón privado sin desayunar. El gerente del hotel llegó pálido, con una carpeta entre las manos y el miedo correcto en la cara.
Sebastián no levantó la voz ni una sola vez.
Eso fue peor.
—Quiero las grabaciones sin cortes —dijo—. Del salón, pasillo de servicio, elevadores y piso ejecutivo. También la lista del personal que tocó esa mesa.
—Director Montero, por supuesto, pero por política de privacidad—
Sebastián lo miró.
El gerente cerró la boca.
Marcos apareció a su lado con una tableta. En la pantalla, Valentina aceptaba una copa de Rodrigo Serna. La cámara no captaba el interior del vaso, pero sí captaba la mano de Rodrigo entrando y saliendo de su saco antes de acercarse a ella.
Otra toma mostró a Rodrigo siguiéndola al pasillo.
Otra, golpeando la puerta de la suite.
Sebastián apoyó dos dedos sobre la mesa.
—Encuéntrame el vaso.
—El servicio ya levantó—
—Entonces encuentren la basura.
Marcos asintió.
Tres días después, Rodrigo Serna fue detenido al salir de su oficina.
La noticia no mencionó a Valentina. Dijo "presunto suministro de sustancias prohibidas y tentativa de agresión contra una asistente a evento privado". Dijo "investigación en curso". Dijo "fuentes cercanas al Hotel Sierra Verde confirmaron cooperación total".
En la Facultad de Lenguas, todos hablaron del caso durante el descanso.
Valentina escuchó desde su escritorio, corrigiendo exámenes con tinta azul.
—Qué miedo —dijo una profesora—. Una ya no puede aceptar ni agua.
—Dicen que fue alguien de una empresa patrocinadora —añadió otro.
Luciana, sentada frente a Valentina, no la miró. Solo empujó hacia ella una bolsita de pan dulce.
—Come.
Valentina obedeció por pura costumbre.
Por la tarde, salió de la universidad con los hombros rígidos y el celular lleno de mensajes de su abuela preguntando si iría a cenar. Pidió un taxi por aplicación. No quería caminar hasta la avenida principal. No quería encontrarse con nadie.
El carro avanzó lento entre el tráfico de las seis. En un semáforo, Valentina giró la cabeza para mirar cualquier cosa que no fuera su reflejo en la ventana.
Una camioneta negra se detuvo junto al taxi, con vidrios demasiado oscuros.
Valentina sintió que la cicatriz invisible de la noche en Sierra Verde se abría otra vez.
Entonces el vidrio trasero bajó.