Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17: La fuga de Pelé
La tranquilidad nunca duraba demasiado en la casa de los Rojas.
Era una regla no escrita.
Podían pasar algunas horas sin que nada extraño ocurriera.
Incluso podían pasar días.
Pero tarde o temprano algo sucedía.
Un ruido extraño.
Una puerta abierta.
Un animal escondido en un lugar imposible.
O simplemente Pelé mirando fijamente a alguien con esa expresión que todos conocían.
La expresión de:
"Estoy a punto de hacer algo que nadie aprobaría."
Después de la tormenta, muchas cosas habían cambiado.
Emma seguía extrañando a su mamá.
Eso nunca cambiaría.
Pero ahora podía hablar de ella sin sentir que el mundo se detenía.
Podía recordar sus risas.
Sus consejos.
Sus abrazos.
Y podía aceptar que otras personas también podían quererla sin intentar reemplazarla.
Era un cambio pequeño.
Pero enorme.
La mañana comenzó con algo extraño.
Demasiado extraño.
Tomás despertó antes que todos.
Algo que casi nunca ocurría.
Normalmente Pelé era el encargado de despertar a la familia con su canto.
Pero esa mañana no había escuchado nada.
Ni un solo:
"Quiquiriquí".
Tomás abrió los ojos preocupado.
Miró el reloj.
Era temprano.
Demasiado temprano.
Se levantó lentamente.
—Pelé...
No había respuesta.
Eso era preocupante.
Porque aunque todos se quejaban del gallo, cuando no estaba haciendo ruido significaba que algo estaba pasando.
Tomás salió al patio.
Revisó el corral.
Nada.
Las gallinas estaban allí.
Los perros estaban dormidos.
Los gatos estaban en sus lugares favoritos.
Pero faltaba alguien.
Alguien importante.
Alguien problemático.
Alguien con plumas.
—No puede ser.
Tomás se pasó una mano por el cabello.
—Pelé se escapó.
Unos minutos después, toda la casa estaba despierta.
Emma apareció corriendo.
—¿Qué pasó?
Tomás la miró.
Y no necesitó decir mucho.
La niña entendió.
—¿Pelé?
Él asintió.
Emma salió rápidamente al patio.
Miró alrededor.
Como si esperara encontrarlo escondido detrás de una planta.
—Pelé.
Nada.
—Vamos, esto no es gracioso.
Silencio.
Emma sintió algo extraño.
Aunque Pelé era un desastre.
Aunque muchas veces quería lanzarle una almohada cuando la despertaba temprano...
Era parte de su familia.
Y que no estuviera ahí la preocupaba.
Mateo llegó justo en ese momento.
Al ver las caras de todos preguntó:
—¿Qué pasó?
Emma respondió:
—Pelé desapareció.
Mateo abrió los ojos.
—¿El gallo?
—Sí.
—¿Se fue solo?
Emma cruzó los brazos.
—Conociéndolo, probablemente tenía un plan.
Lucía apareció detrás.
—¿Crees que se escapó?
Emma miró hacia la calle.
—No.
Todos la miraron.
—Creo que fue a hacer algo.
Y Emma tenía razón.
Porque Pelé no era un gallo cualquiera.
Pelé tenía una misión.
Una misión que solo él entendía.
Mientras la familia comenzaba la búsqueda, nadie imaginaba dónde estaba.
Pelé había recorrido varias calles.
Caminaba con seguridad.
Como si conociera exactamente el camino.
Algunas personas del barrio lo miraban sorprendidas.
—¿Ese gallo está caminando solo?
—Creo que sí.
—¿Y nadie lo detiene?
Pero Pelé seguía avanzando.
No tenía miedo.
Porque él sabía algo.
Había algo que debía hacer.
La primera persona en encontrar una pista fue Mateo.
Estaba caminando con Emma cuando vio unas plumas en el suelo.
—Mira.
Emma se agachó.
Las recogió.
—Son de Pelé.
Mateo sonrió.
—Está dejando pistas.
Emma suspiró.
—Claro que sí.
—¿Lo hace a propósito?
La niña pensó.
—Con Pelé nunca se sabe.
Siguieron el camino.
Pasaron por la tienda del barrio.
Por el parque.
Por una pequeña calle donde vivían algunos vecinos.
Y finalmente llegaron a un lugar inesperado.
La vieja plaza.
Allí estaba Pelé.
Pero no estaba solo.
Emma se quedó quieta.
El gallo estaba rodeado de niños.
Todos lo estaban acariciando.
Uno le daba semillas.
Otro le hablaba.
Y Pelé estaba sentado orgullosamente como si fuera una celebridad.
Mateo comenzó a reír.
—¿Pelé tiene fans?
Emma no podía creerlo.
—Parece que sí.
Cuando Pelé vio a Emma, se levantó inmediatamente.
Caminó hacia ella.
Pero no parecía arrepentido.
Parecía orgulloso.
Emma puso las manos en la cintura.
—¿Me puedes explicar qué haces?
Pelé respondió:
—Quiquiriquí.
Mateo sonrió.
—Creo que dice que estaba ocupado.
Emma negó.
—Eres imposible.
Pero no pudo evitar sonreír.
Entonces una señora mayor se acercó.
—¿Este gallo es tuyo?
Emma asintió.
—Sí.
La mujer sonrió.
—Es un animal muy especial.
Tomás, que acababa de llegar, escuchó eso.
Miró a Pelé.
Luego miró a Emma.
—Especial no sé.
Todos rieron.
Pero entonces Emma notó algo.
La señora estaba mirando una caja pequeña.
Dentro había varios animales de juguete hechos a mano.
—¿Qué es eso?
La mujer sonrió.
—Los vendo para ayudar al refugio de animales del barrio.
Emma miró a Pelé.
Luego miró a los perros.
A los gatos.
A todos sus animales.
Y entendió algo.
Quizás Pelé no se había escapado solo por hacer travesuras.
Quizás había encontrado una forma de ayudar.
La señora explicó:
—Hace unos días encontraron varios animales abandonados.
Emma sintió tristeza.
—¿Animales solos?
La mujer asintió.
—Sí.
La niña miró a Max.
A Luna.
A Misha.
A Copito.
Pensó en cómo ellos habían cambiado su vida.
Entonces tuvo una idea.
Una idea muy de Emma.
Y eso significaba que probablemente terminaría en un desastre.
—Papá.
Tomás ya sabía esa voz.
Esa voz siempre significaba problemas.
—¿Qué estás pensando?
Emma sonrió.
—Podemos ayudar.
Tomás suspiró.
—Esa sonrisa nunca anuncia algo sencillo.
Y tenía razón.
Porque Emma decidió organizar una pequeña campaña para ayudar al refugio.
Pero claro...
Cuando Emma organizaba algo, nunca era pequeño.
En menos de dos días, la casa se convirtió en un centro de preparación.
Había carteles.
Cajas.
Dibujos.
Comida para animales.
Y muchas ideas.
Demasiadas ideas.
Mateo estaba emocionado.
—Esto será increíble.
Lucía sonrió.
—O será un desastre.
Ambos tenían razón.
El problema comenzó cuando Pelé decidió participar.
Porque nadie había invitado oficialmente al gallo.
Pero él se consideraba el líder.
Así que tomó una caja pequeña.
La empujó.
Y comenzó a mover cosas.
Los gatos lo siguieron.
Las gallinas también.
Los perros comenzaron a correr.
Y en menos de diez minutos...
La casa era un caos.
Tomás entró y se quedó congelado.
Había carteles por todas partes.
Max tenía una cinta alrededor del cuello.
Luna llevaba una pequeña etiqueta.
Los gatos estaban encima de una mesa.
Y Pelé estaba sobre una silla como un director dando órdenes.
Tomás cerró los ojos.
Respiró.
—Necesito recordar que esta familia es feliz.
Lucía comenzó a reír.
El día del evento llegó.
Y contra todo pronóstico...
Fue un éxito.
Muchas personas llegaron.
Llevaron comida.
Donaron cosas.
Ayudaron al refugio.
Y Emma se sintió orgullosa.
Porque no estaba causando problemas.
Estaba haciendo algo bueno.
Al final del día, Emma se sentó junto a Pelé.
El gallo estaba cansado.
Algo extraño.
Porque normalmente parecía tener energía infinita.
—Sabes...
Pelé la miró.
—Creo que hice mal en pensar que siempre querías causar problemas.
El gallo inclinó la cabeza.
—A veces eres un desastre.
Pausa.
—Pero también ayudas.
Pelé cerró los ojos.
Como si aceptara el cumplido.
Tomás se acercó.
Se sentó junto a su hija.
—Hoy tu mamá estaría orgullosa.
Emma sonrió.
Esa frase antes habría dolido.
Pero ahora no.
Ahora era bonita.
—¿Crees?
Tomás asintió.
—Estoy seguro.
Esa noche, Emma escribió en su cuaderno:
"Hoy Pelé se escapó."
"Pensé que había causado otro problema."
"Pero descubrí que incluso sus locuras pueden tener un buen motivo."
"Quizás todos somos más complicados de lo que parece."
Cerró el cuaderno.
Miró a Pelé dormir.
Y sonrió.
Porque aunque ese gallo era una fuente constante de problemas...
También era una de las razones por las que su casa seguía llena de vida.
Pero Emma todavía no sabía algo.
La llegada de Valeria y Mateo estaba cambiando su familia poco a poco.
Y pronto tendría que enfrentar una nueva situación.
Porque mientras ella aprendía a aceptar una nueva familia...
Alguien más tendría miedo de perderla.