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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4: Sus propias reglas

Valentina despertó a medianoche con la garganta seca y el corazón acelerado.

No recordaba qué había soñado. Solo quedaba una imagen suelta: un jardín, pasto húmedo, y la sensación de correr detrás de alguien más grande que ella. No sabía si era un recuerdo o una invención de su cerebro insomne, pero le dejó la boca pastosa y un cosquilleo incómodo en los dedos.

Se levantó sin encender la luz. La casa estaba en un silencio completo — el tipo de silencio caro que solo existía en fraccionamientos con bardas de tres metros y sin vecinos ruidosos. Caminó descalza por el pasillo hasta la cocina.

La luz de la cocina ya estaba encendida.

Santiago estaba sentado en la isla de mármol con un tazón de ramen instantáneo frente a él, el tenedor detenido a medio camino de la boca. Chamarra negra sobre los hombros, cabello revuelto, ojeras que no tenía durante el día — o que disimulaba mejor.

Se miraron.

—No cenaste —dijo Valentina, señalando el ramen con la barbilla.

—La comida estaba muy simple.

—La comida estaba bien. Tú eres el que tiene problema con los sazones normales.

Él la miró con una ceja alzada, como si le sorprendiera que le contestara. Valentina le sostuvo la mirada. No iba a ser la que bajara los ojos primero. No después de lo del chofer.

Se acercó a la alacena buscando un vaso. La cocina era tan grande que tardó quince segundos en encontrar dónde estaban. Los vasos estaban en el tercer estante — demasiado alto para ella.

Antes de que pudiera buscar un banco, Santiago se paró, sacó un vaso y lo dejó sobre la barra. Valentina extendió la mano para tomarlo. Él no lo soltó.

—¿Agua de limón o agua simple?

—Simple.

Él no le hizo caso. Abrió el refrigerador, sacó dos limones, los cortó sobre la tabla con movimientos rápidos y precisos, exprimió el jugo en el vaso, añadió agua fría y una cucharada de miel. Lo revolvió con una cuchara de madera, lo probó con el meñique, le puso medio limón más, y se lo puso enfrente.

Todo el proceso duró menos de un minuto.

Valentina miró el vaso con desconfianza.

—¿Le pusiste algo?

Él la miró con una expresión que decía "¿en serio?" sin necesidad de palabras.

—Si quisiera envenenarte, usaría algo más sutil que un limón.

Valentina tomó un trago. El agua estaba perfecta — dulce con un toque ácido, exactamente como le gustaba, exactamente como la preparaba Nana Lupe. La temperatura era la justa. Hasta la proporción de miel estaba bien.

Bajó el vaso despacio.

—¿Cómo supiste que me gusta así?

Santiago volvió a sentarse y metió el tenedor en el ramen.

—Suposición.

No era una suposición. Lo sabía. Sabía que ella tomaba agua de limón con miel desde que tenía dos años, porque él se la preparaba. Cada tarde, en el jardín de la casa de los Reyes, mientras ella se sentaba en sus piernas y le jalaba el cabello y le pedía "ota vez, ota vez" con una voz que todavía le resonaba en algún rincón de la memoria que se negaba a borrarse.

Pero eso no iba a decírselo.

Valentina se recargó en la barra, dándole vueltas al vaso entre las manos. El silencio de la cocina era diferente al silencio de su cuarto — aquí se oía el zumbido del refrigerador, el roce del tenedor, y la respiración de alguien que no era ella.

—¿Siempre cenas ramen a medianoche?

—No siempre.

—¿Te gusta cocinar?

—A veces.

—¿A veces sí o a veces no?

—A veces.

Valentina resopló.

—Eres un pésimo conversador.

—No te invité a conversar.

—Tampoco me invitaste a mudarme, pero aquí estoy.

Él la miró. Algo cambió en sus ojos — no era diversión, no era fastidio. Era algo más parecido a la sorpresa de quien encuentra un objeto que creía perdido en el fondo de un cajón.

Desvió la vista. Terminó el ramen, dejó el tazón en el fregadero, y pasó a su lado rumbo a la salida. Al pasar, le dio un toquecito con el dedo índice en la frente. Suave, rápido, como quien toca una tecla de piano que no debería tocar.

Valentina se quedó inmóvil un segundo. Luego le agarró la mano y le mordió el dedo.

No fuerte. No como agresión. Fue un reflejo instintivo, como un gato que muerde la mano que lo molesta — sin maldad, sin cálculo, con la naturalidad de una acción que su cuerpo recordaba pero su mente no.

Santiago no se inmutó. No retiró la mano. La miró con una quietud extraña, como si estuviera conteniendo algo que ella no podía ver.

Luego bajó los ojos a su mano izquierda. Al dorso. A la cicatriz blanca que Valentina había visto en el auto esa mañana, la que parecía una mordida vieja. La miró un segundo, cerró el puño, y lo guardó en el bolsillo de la chamarra.

Valentina se limpió la boca con el dorso de la mano, entre avergonzada y desafiante.

—No me toques la frente.

—Anotado.

—Y ya que estamos —Valentina se cruzó de brazos—, tú pusiste tus tres reglas. Ahora yo pongo las mías. Primera: no te me acerques a menos de tres metros. Segunda: no me hables si no es necesario. Tercera: no me toques.

Santiago la miró. La comisura de su boca subió un milímetro.

—¿Y cómo sellamos el acuerdo?

—¿Cómo que cómo?

Él extendió la mano con el meñique levantado.

Valentina lo miró como si estuviera loco. Pero algo en el gesto — la mano extendida, el meñique, la solemnidad ridícula de un hombre de chamarra negra y ojeras de medianoche ofreciendo un juramento de meñique — la hizo soltar el aire.

Enganchó su meñique con el de él.

Y en el instante en que sus dedos se tocaron, algo le cruzó el cuerpo como una corriente eléctrica suave. No era atracción. No era miedo. Era un déjà vu tan claro que casi podía escucharlo: una risa de niña, un jardín, y una promesa de meñiques bajo un limonero.

Valentina soltó la mano.

—Trato hecho —dijo, demasiado rápido.

Se fue a su cuarto sin voltear. Se metió bajo las cobijas, se tapó hasta la nariz y se quedó mirando la oscuridad con el corazón latiendo demasiado fuerte para un simple juramento de meñiques.

¿De dónde conocía ese gesto?

Solo en la cocina, Santiago abrió el puño. Miró la cicatriz del dorso de la mano — la marca de una mordida de hace catorce años, de una niña de cuatro años que lloraba porque él se iba y no quería soltarlo.

Cerró los ojos.

Había esperado que no lo reconociera. Eso estaba bien. Había esperado que fuera distinta — más tranquila, más tímida, más fácil de ignorar. Eso no estaba bien.

Porque era exactamente igual. La misma sonrisa descarada. La misma forma de mirarlo sin pestañear. La misma mordida. Y esa manera de engancharse de su meñique, con los dedos tibios y la presión justa, como si estuviera sellando algo que no podía nombrar.

Exactamente como a los cuatro años.

Se lavó el tazón del ramen, apagó la luz, y subió al tercer piso.

No iba a dormir esa noche.

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Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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